Palabra a palabra

Sentada en el salón de su casa, una tarde de 1952 María Moliner empezó a escribir un diccionario. ¡Un diccionario! En un audio que he recuperado de la web de Radiotelevisión Española se la oye explicar que aquel día cogió “un lápiz y una cuartilla” y comenzó a “esbozar un programa de diccionario”. Y se la escucha reír. “Y el diccionario que salió no tiene nada que ver porque yo proyectaba uno breve, unos seis meses de trabajo. Bueno, bien, no está mal…”. Pero esta erudita de las palabras no hizo buen cálculo, “…y la cosa se ha convertido en quince años de trabajo hasta la publicación de la primera edición”.

María Moliner era bibliotecaria. A pesar de sufrir las consecuencias de la ausencia de un padre que se marchó y no regresó, le acompañó la suerte de poder estudiar. Se licenció en Filosofía y Letras y se convirtió en una de las pioneras universitarias del siglo XX. Fue una enamorada de los libros, que para ella eran “ventanas maravillosas por las que asomarse al mundo”. Luego, parece que se sumergiera aún más en ese idilio al adentrarse en las palabras una por una. Sentada en la mesa de aquel salón en su casa se embarca en la costosa elaboración de un diccionario. Primero a mano y después ayudándose de su “Olivetti pluma 22”, comenzó a escribir miles de fichas de palabras que catalogaba y almacenaba en cajas de zapatos. Y en ellas, “muchísimos signos gráficos para indicar lo que quería transmitir de cada vocablo”. Sabía cómo hacerlo, tenía oficio. Y así, palabra a palabra y durante quince años, escribió el libro de los libros.

Dámaso Alonso fue quien impulsó la publicación de este descomunal esfuerzo en dos volúmenes, en 1966 y 1967. Ahora, su trabajo se reedita por cuarta vez con cinco mil quinientas entradas nuevas.

En “Gente despierta”, el programa de Carles Mesa en Radio Nacional, escuché que le gustaba llamarse “diccionarista”. En una de estas noches despierta con la radio he sabido de todo esto que rodeó la obra inmensa de María Moliner y que yo desconocía. Vicky Calavia ha estudiado a fondo a esta mujer culta y entusiasta de lo suyo, y ha dirigido el documental -ya estrenado- sobre su “vocación de coleccionista de palabras”. En el programa explicó que escritores como Delibes o Umbral apostaron por “el María Moliner” como herramienta de consulta. Un diccionario sencillo, práctico, que no se limitaba a definir términos, sino también a aclarar cómo utilizarlos en expresiones corrientes. Un instrumento -decía- “para guiar en el uso del español tanto a los que lo tienen como idioma propio como a aquellos que lo aprenden”. Y para eso se nutría de los textos de “los periódicos y de sus conversaciones con la gente en la calle”. Buscando más detalles de esta proeza, encontré el artículo en el que García Márquez se refiere a su diccionario como “el más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”. Solo echa en falta las “mal llamadas malas palabras” porque María Moliner no incluyó palabrotas.

Este año se celebra el cincuenta aniversario de esa contribución extraordinaria que es el “Diccionario de uso del español” y que María Moliner -“en constante reinvención”- construyó ella sola. Por eso -explican los que lo han estudiado- ese es un “diccionario de autor”. Su huella está ahí. A mí me parece que su impronta, no obstante, llega más lejos. Y me llama la atención esa reinvención que se aleja de la retórica de las palabras y que se pone manos a la obra con ellas. Esa forma de trabajar metódica, rigurosa, constante. Esa forma de ser decidida, consciente de su propia valía, moviendo los hilos del afán y la superación personal.

Creatividad y evolución

La creatividad es “la segunda seña de identidad del Homo Sapiens”. La primera, dice Ignacio Martínez, “posiblemente sea nuestra capacidad para cooperar, para la solidaridad”. Este paleontólogo y el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga recibieron el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica a cuenta de los descubrimientos de ese tesoro científico que es el yacimiento de Atapuerca. Un lugar excepcional para el estudio de la prehistoria y de nosotros mismos. A ambos los releo de vez en cuando tratando de hallar en las explicaciones de estos científicos destellos de lo mejor que somos, razones para la esperanza evolutiva.

Ignacio Martínez hace un relato fascinante. El Homo Habilis fue “el humano capaz de hacer cosas” y “le sucedió algo extraordinario: tuvo una idea. Este hecho es único”, afirma. Hasta entonces, los organismos se habían ido adaptando “debido a un mecanismo de cambios al azar en el material genético y sufriendo una selección natural”. Sin embargo, en este momento de nuestra historia lejana, “por primera vez a alguien se le ocurría una idea: que una piedra redonda podría llegar a ser otra cosa”. Entonces -explica el paleontólogo-, “la golpeó y obtuvo una arista”. Y casi puedes ver a ese ser habilidoso afanado en darle forma a su ocurrencia. Esto, que cualquiera pasaría de largo, Martínez lo reviste casi de solemnidad. “Esa primera idea, que nos transmitimos culturalmente, nos salvó”. Aquí está la segunda seña que identifica a nuestro linaje a la que se refería: la creatividad. Una capacidad que “hunde sus raíces en el deseo de construir algo que no existe, de cambiar la realidad”. Puedes leer su narración con detalle en la web de Executive Excellence, una revista sobre liderazgo y talento.

Juan Luis Arsuaga lo cuenta también con pasión contagiosa (o al menos a mí me contagia). En una entrevista de esas que archivo entre mis favoritas, el investigador afirma en el diario Expansión: “Esa capacidad de soñar e imaginar es lo que nos ha hecho superiores a cualquier otra especie”. La periodista Carmen Méndez se interesa por saber quién tenía más talento creativo, los neandertales o los sapiens. Arsuaga responde escueto y rotundo: “los sapiens. Éramos, por así decirlo, los menos prácticos”. Y lo explica. “La gente práctica nunca descubre nada; se limita a hacer muy bien lo que ha hecho siempre o lo que le han enseñado a hacer”. “La gente creativa, en cambio, es la que hace cosas aparentemente inútiles, experimenta, se equivoca…”. Siempre me llama la atención la emoción que acompaña a este científico cuando habla de cómo nuestros antepasados “tenían una enorme capacidad artística, una riquísima literatura oral o incluso música”. Cuando se refiere a “esa creatividad desbordante que caracteriza a la especie humana”.

Beatriz Valderrama escribió un libro titulado “Creatividad Inteligente” (Pearson, 2012). En esta guía para convertir ideas en innovación, la autora dice que las personas creativas son “pensadores ambidiestros”. En una entrevista que nos concedió en Radio El Día, esta psicóloga habló de los dos hemisferios que conforman el cerebro y explicó cómo cada uno cumple funciones diferentes en el procesamiento de la información. Nuestra vida emocional está más relacionada con el derecho. El pensamiento lógico y deductivo con el izquierdo. Pues bien, según Valderrama, “cuando bajamos la vigilancia del hemisferio izquierdo podemos hacer asociaciones más remotas y de ahí (hemisferio derecho) surgen las ideas. Pero si esas ocurrencias no son filtradas por el pensamiento racional, no llegamos a innovar”. Así que para que las ideas se materialicen “necesitamos el concurso de todo el cerebro”. Imaginación y análisis. Intuición y lógica. Emoción y razón. Y en ese espacio de encuentro, lejos de rigideces mentales, se concilian las soluciones creativas. Esas que determinaron nuestra evolución y nos identifican como seres humanos.

Entre tanto ruido

Un joven toca el piano en la estación de tren parisina de Austerlitz. Al momento, en la imagen aparece otro chico, se detiene a su lado, lo observa un instante y se le une en una actuación imprevista para construir entre los dos una melodía hermosa y asombrosamente bien sincronizada. Ocurrió en el verano de 2013, aunque el vídeo que recoge la escena no fue subido a Internet hasta 2015 y ya es famosísimo. Quizás lo hayas visto. Al parecer, desde que fue colgado en la Fanpage del actor que interpreta a Sheldon Cooper -el personaje de la serie “The Big Bang Theory”- se hizo viral. Acabo de volver a verlo en YouTube para añadir el dato aquí y supera los veintitrés millones de reproducciones.

He leído que a la compañía nacional de ferrocarriles de Francia se le ocurrió instalar pianos en algunas estaciones a disposición de quien quiera -y sepa- tocarlos. ¡Son pianos públicos! Iniciativa reproducida en otros lugares del mundo. Así que entre el ruido, el bullicio y el eco de la megafonía de la estación se cuela el sonido delicado del piano que esta vez están tocando estos dos chicos que no se conocen. En la prensa aseguran que fue un espectáculo de improvisación en toda regla. “Apenas se miran”. Se hacen espacio en el teclado y -por momentos con una mano, por momentos con dos- concentrados y con desparpajo interpretan “Una Mattina de Ludovico Einaudi” (una pieza popular por la fantástica película “Intocable”). Una música sutil que va ganando intensidad y que acaba en un inevitable estallido de aplausos entre un montón de viajeros que se muestran sorprendidos o absortos, o las dos cosas.

El músico de los primeros acordes se llama Gerard y fue su novia quien grabó este instante. Nassim es el otro espontáneo. Hasta que el vídeo no se ha hecho viral no han cruzado palabra. En “A vivir” de la Cadena Ser, Gerard explicó que hasta ese momento no habían tenido ningún contacto -ahora han hablado por Facebook- y que durante los siete minutos que interpretan al piano no habían preparado “absolutamente nada”. En ese tiempo, entre estos dos chavales que no hablan el mismo idioma no hubo más lengua que la música. Eso les bastó para entenderse, incluso para sincronizarse.

Donde quiera que encuentro información sobre esta historia se subraya el valor de la música como lenguaje universal. A mí lo que me llama la atención es esa forma de chocar los cinco cuando acaban la pieza. O esa falta de glotonería por acaparar las teclas. Lo que yo destaco es la manera de cederse el espacio, de hacerse hueco para tocar juntos el piano. Ese “nosotros”, eso que hicieron posible dos desconocidos con los oídos y la generosidad bien afinados.

En “El arte de lo posible”, la pintora Rosamund Stone y el director de la Orquesta Filarmónica de Boston, Benjamín Zander, explican desde su óptica de artistas el concepto “nosotros”. Un libro que he rescatado a cuenta de esta estupenda interpretación a cuatro manos. “Nosotros” -dicen- “es una historia de relaciones, que no de individuos, de gestos, de formas de comunicación y de movimientos. “Nosotros” habla de los espacios compartidos entre dos (…) es una entidad viva y un proceso de desarrollo en ciernes. Este nuevo ser -continúan- aparece siempre y cuando lo busquemos, ya sea en la entidad vital de nuestra empresa, nuestra comunidad o de un grupo de dos. Entonces, la entidad llamada “nosotros”, surgirá para cobrar vida propia”.

Y para oxigenarnos -añadiría yo-, para esperanzarnos. Para entusiasmarnos cuando las personas entrelazan sus talentos donde quiera que sea, y nos sosiegan y nos alientan con algo de armonía entre tanto ruido cotidiano.

Sabía lo que quería

Joan Wiffen realizó uno de sus descubrimientos más importantes con setenta y siete años de edad: un hueso de tiranosaurio (uno de los dinosaurios más grandes conocidos por la ciencia). Cuando esto ocurrió, llevaba décadas entregada a la paleontología y a este logro le precedían tantos otros que le valieron el “título” de “Dama de los dinosaurios”. Me tiene atrapada la historia de esta científica -ya fallecida- que relata con interés Carolina Martínez, una profesora de la Universidad de La Laguna, doctora en Biología. Su artículo, “Joan Wiffen en el valle de los dinosaurios”, lo estoy leyendo en la web de Mujeres con ciencia (mujeresconciencia.com, este es su enlace por si lo quieres leer completo). Ahí cuenta cómo Joan, nacida en 1922 en Nueva Zelanda, compartió el mismo entorno educativo que sus coetáneas, cuya principal expectativa era “casarse y formar una familia”, por eso la niña se vio obligada a abandonar la escuela. Esa era la misma niña que se sentía “maravillada” cuando contemplaba conchas marinas.

Esta curiosidad siempre debió rondarle porque los libros que cogía prestados de la biblioteca pública para sus hijos eran los de historia natural. Y ocurrió uno de esos quiebros repentinos que da la vida. Una enfermedad impidió que su marido asistiera a las clases nocturnas de geología en las que se había matriculado, y para no malgastar el dinero fue ella quien acudió. Carolina Martínez dice que en aquel entonces Wiffen quedó “fascinada por la geología” y “la enorme diversidad biológica desplegada a lo largo del inmenso tiempo geológico”. Su mayor curiosidad eran los animales antiguos, sintió predilección por los dinosaurios: “Eran tesoros invaluables del pasado y, súbitamente, me convertí en una adicta. Sabía lo que quería: coleccionar fósiles”.

Con pasmoso empecinamiento esta mujer que “sabía lo que quería” comenzó a viajar junto a su familia y un grupo de colaboradores “en búsqueda de todo tipo de rocas y minerales”. Años de exploración en zonas inhóspitas. Una labor dura. “El terreno era tan escarpado y accidentado que solo se podía acceder a pie; además, cada roca que quería estudiar había que cargarla en la espalda hasta el coche”. Se empeñó en escudriñar el terreno tanteando el rastro de los dinosaurios, sin saber que la mayor parte de los expertos de la época consideraba que estos colosos nunca habían habitado las tierras de Nueva Zelanda. Esa mayoría estaba equivocada. En 1975, Joan Wiffen encontró allí su primer hueso fósil de dinosaurio. Después, vendrían muchos más hallazgos. Las aportaciones de esta paleontóloga que estoy descubriendo han sido fundamentales a su área de conocimiento.

Voy leyendo y trato de situarme en el contexto. Resulta asombroso, mira si no. Joan Wiffen estudió paleontología por sí misma. “El hecho de ser mujer y sin cualificación científica fue una verdadera desventaja”, dice Carolina Martínez. Citando a un paleontólogo amigo personal de Wiffen llamado Ralph E. Molnar, explicaba que “fue autodidacta no sólo en cómo extraer los fósiles de rocas muy resistentes en las que estaban embebidos (…), sino también en describir científicamente los restos y publicar sus descripciones en revistas científicas”. “Consciente de su falta de formación y del escepticismo de los especialistas, optó por dedicar todo el tiempo necesario a formarse”. De manera que aprendió por su cuenta a localizar, separar y hacer moldes de los fósiles. Aprendió por su cuenta a expresar y redactar “con un vocabulario correcto” los resultados de sus observaciones. Y todas estas habilidades -señala Carolina Martínez- “las adquirió en un relativo aislamiento” y “a sus propias expensas, procurando el menor gasto posible”.

Sigo leyendo y me llama la atención el poder que reunió la vocación con la obstinación, la superación con la convicción, esa especie de consagración con la pasión que burlaron al destino. Me cuesta imaginar un potencial mayor.

Volver a lo esencial

Existe una nueva tribu urbana que se identifica como “los desconectados”. Según voy leyendo, “cuesta encontrarlos, pero existen”. Son personas “que se movían como pez en el agua por la web” y que, sin embargo, han decidido abandonar las redes sociales y limitar su uso de Internet. Estos desconectados “no son ermitaños que deciden aislarse del mundo”, es gente de ciudad. La información habla incluso de nativos digitales cuya relación con el entorno tecnológico les viene de cuna. No quieren renunciar a su actividad profesional ni a relacionarse con los demás. Lo que quieren, por lo que leo, es hacerlo de otra manera, volver a lo esencial.

El reportaje publicado por El Mundo refleja el caso del cineasta David Macián, cuyo teléfono móvil -explica- “es una auténtica reliquia”. No tiene conexión a la red y solo sirve para llamadas y SMS. De manera que este realizador audiovisual de 36 años se suma a esa tribu que renuncia a estar conectada permanentemente. “Me conecto lo justo”, dice el director de cine. “Consulto lo que me interesa y basta”. En su decisión no se ve intención de pasar al aislamiento. “Mis amigos saben que no tengo redes sociales, así que cuando quieren contactar conmigo me llaman. No es tan difícil”. Ahora recuerdo que entre mis amigos hay uno que se maneja con un viejo Motorola -creo-, que pertenece a esta tribu urbana (aunque seguramente no lo sepa).

Hay más casos. Un profesor de la UOC llamado Enric Puig ha reunido varias experiencias de usuarios diarios de Internet y de las redes que decidieron poner límites, y a quienes se refiere como “exconectados”. En una entrevista en La Vanguardia explicaba que él mismo decidió desconectarse mientras escribía su libro (“La gran adicción. ¿Cómo sobrevivir sin internet y no aislarse del mundo?”. De Arpa Editores). “No sé si soy mucho más feliz, pero me siento mucho más tranquilo y concentrado, además de que aprovecho mucho mejor el tiempo”.

Interesándome por estas “desconexiones voluntarias” he encontrado algo que me ha ayudado a comprender. Sherry Turkle es una socióloga y psicóloga estadounidense, docente en el Instituto de Tecnología de Massachusetts. En 1995 escribió un libro en el que “celebraba nuestra vida en Internet”. Alguna noticia que he leído se refería a ella como una “ciberdiva” y lo que escribió por aquel entonces desarrollando esta idea la convirtió en “una de las gurús tecnológicas de la época”. Hace unos años se presentó en una conferencia TED “personificando la gran paradoja”: “La tecnología me sigue emocionando, pero estamos permitiendo que nos lleve por donde no queremos ir”. Según Turkle, el problema aparece cuando la conexión permanente afecta a “la forma de relacionarnos con los demás o la forma de relacionarnos con nosotros mismos”. De ahí la gran paradoja. La hiperconectividad o las cuentas abultadas de seguidores en redes no garantizan ser realmente escuchados y la conexión continua a ingentes cantidades de experiencias o conocimiento puede obstaculizar el aprendizaje que surge del encuentro con uno mismo.

Lejos de aquel primer entusiasmo digital, ahora dice: “Entonces no fui capaz de verlo (…). No entendí que el futuro consistiría en vivir constantemente en simbiosis con un ordenador encendido”.

“Necesitamos relacionarnos cara a cara”, afirma en una crónica de El País. Y así, esta socióloga defiende el poder de las conversaciones para entendernos. “Es esencial aprender a conversar, a negociar, a sentir empatía, a pedir perdón”, “es la manera en la que aprendemos a construir relaciones humanas”. Y proclama al mismo tiempo la necesidad de la soledad “para aprender a tener conversaciones con nosotros mismos, para reflexionar, para concentrarse, para retener conocimientos, para conocernos…”.

A la vista está que algunos están reconduciendo su relación con Internet, como un regreso a todo eso tan esencial.

Un aprendizaje profundo

Paco de Lucía tocaba la guitarra horas, horas y horas. Así fue desde que era niño. En un documental que realizó su hijo, Curro Sánchez, el guitarrista explica que siendo tan pequeño no tuvo que “aprender las bases del ritmo intelectualmente”. Eso era algo “inherente” a él; lo había oído como el que oye hablar. Para él, ese sonido “era tan familiar como entender las palabras que decía la gente”. Su padre le transmitió el amor al flamenco. Lo que tuvo que añadirle este músico prodigioso a eso que era “inherente” fueron toneladas de horas abrazado a la guitarra y un deseo irrefrenable de seguir descubriendo sonidos nuevos.

En el documental, él mismo cuenta que para interpretar el Concierto de Aranjuez estuvo un mes tocando doce horas diarias. Con extraordinaria sencillez explica que tenía terror a equivocarse en algo “tan bien organizado, tan bien engranao”. Dice que estaba muy tenso pero que aun así lo hizo porque “desde la perspectiva del flamenco había otra manera de expresar ese concierto”.

He leído que Paco de Lucía se interesó por el blues, la música hindú, la salsa o el jazz. Y así va buscando y encontrando nuevas formas de crecer, de interpretar mejor con la guitarra. “De cada encuentro -explica- saco una lección vital y artística, algo que aún me sorprende”. Por lo visto, preguntaba a los músicos de jazz cómo se improvisaba “no porque se aburriera del flamenco, sino porque quería llevar el concepto de esa armonía a su terreno e investigar desde ahí”. En este documental que te cuento supe que “Entre dos aguas”, esa “rumbita” que le dio fama universal, la grabó junto a sus músicos de forma improvisada por primera vez en su carrera, a la manera de los músicos de jazz.

Los textos que voy viendo hablan de uno de los más importantes guitarristas de todos los tiempos. El jurado de los premios Príncipe de Asturias le reconoció como un músico de dimensión universal por su capacidad de “trascender fronteras y estilos”. Al parecer, le daba vergüenza que le titularan como “guitarrista universal” y por eso se definía como flamenco. Siempre me admira la humildad con la que se expresa gente que es grande (y que seguramente por eso, es grande). Me gusta cómo lo recogía el texto del Príncipe de Asturias: “Todo cuanto puede expresarse con las seis cuerdas de la guitarra está en sus manos”. Claro que para alcanzar esa excelencia de improvisación, ya sabemos que este artista excepcional seguía acumulando horas de guitarra. El genio de la guitarra tocaba todos los días, si dejaba de hacerlo, lo notaba.

Malcolm Gladwell es un periodista y sociólogo canadiense que revisó la historia de personas que sobresalieron e hizo un cálculo de lo que significa convertirse en genio. Tras su exploración llegó a la conclusión de que las personas “fuera de serie” no han nacido con un genio especial, sino que trabajaron miles de horas. Diez mil horas -afirma- son necesarias para alcanzar la maestría, y esto puede aplicarse a cualquier desempeño.

El pedagogo español Jose Antonio Marina va mucho más allá cuando dice que no se trata de la mera repetición de una actividad, sino más bien de un aprendizaje profundo que hace posible la mejora continua. “Este es un mensaje optimista que nos da la neurología”, añade. “El talento no está antes, sino después de la educación. Se puede generar mediante la educación y eso es lo que le da una importancia tan absolutamente vital”.

Que no hay, entonces, genio improvisado. Que lo que hay son miles de horas de trabajo. Que lo que hay es un entrenamiento y un esfuerzo personal bien gestionado.

Con lo mejor que tengamos

En los albores del siglo XX, Marie Curie se afana en un hangar abandonado que hace las veces de laboratorio. Se afana y se desgasta hasta la extenuación para extraer el radio que se halla en la pechblenda, del que hacen falta varias toneladas para obtener apenas unos miligramos de radio lo suficientemente puro. En esos días de su historia, Marie ya está tras la pista de lo que tiempo más tarde supondría un descubrimiento de primer nivel, el desarrollo de la teoría de la radiactividad y un Nobel en Física (que no sería el único). Reconocimiento, popularidad, prestigio, admiración. Todo eso lo vivió la científica polaca. Y también lo que vino después. El escándalo público cuando se enamoró de Paul Langevin. Una tormenta devastadora sí, pero no un “hundimiento existencial”, como lo define Françoise Giroud en una de las narraciones de la vida de Marie Curie que más me gustan.

Ahora, releyendo sus páginas, encuentro unos pasajes deliciosos, estremecedores otros. El recorrido vital de Marie Curie es, sobre todo, eso: vital. Tenaz, convencida de su propia valía, Marie lo expresaba rotunda por carta a su hermano: “La vida, al parecer, no es nada fácil para ninguno de nosotros. Pero hay que tener perseverancia y, sobre todo, confianza en sí mismo. Hay que creer que se está dotado para alguna cosa y que esta cosa hay que obtenerla cueste lo que cueste. Acaso todo saldrá bien en el momento en que menos lo esperemos”. Probablemente sin ser consciente del todo o sin saber muy bien en qué quedaría su titánico esfuerzo, se muestra decidida y aborda un trabajo de envergadura.

Verter, disolver, filtrar, precipitar, recoger, disolver… Y volver a empezar. La tarea la deja “rota de cansancio”, sin embargo, la científica encuentra en su desempeño “esa cosa” para la que está dotada. Y así, la periodista francesa autora de esta biografía que conservo desde hace años describe aquel entorno austero y sobrio que rodea el durísimo trabajo de Marie Curie con kilos y kilos de pechblenda: “Orden, disciplina, silencio -no soporta el ruido-, felicidad también. Felicidad absoluta”.

Luego vinieron los aplausos, los premios y todo lo demás. “El éxito”, “la gloria”, he leído en otros textos. Cuenta Rosa Montero en “La ridícula idea de no volver a verte” que a Marie “debía de gustarle el éxito (…) no ya por humana pero hueca vanidad, sino porque ese éxito, en ella, suponía el reconocimiento de quien era. En este libro original en el que la escritora cruza “coincidencias” -historias personales y emociones con las historias personales y las emociones de Marie Curie-, Rosa Montero concluye que el éxito en esta mujer suponía que “por fin la admitían, por fin conseguía ser vista después de tanta lucha”.

Otras miradas se depositan en el Nobel, en los Nobel mejor dicho. En el resplandor o el esplendor de los premios. O en las extraordinarias aplicaciones de sus descubrimientos. Y a mí me llama la atención al leer a Giraud y a Montero, cómo a la científica le dice poco el lustre de los galardones. Marie anda más interesada en las consecuencias prácticas: laboratorio mejor equipado, más instrumental, nuevos alumnos. Más investigación, más estudio, más aprendizaje. El éxito para ella -me parece entender- es más esa realización personal que da sentido al esfuerzo y al desgaste. Un éxito que supone reivindicarse y ocupar su lugar en el mundo científico.

“Acaso todo saldrá bien en el momento en que menos lo esperemos”, escribía Marie, en plena superación de obstáculos. Ese “acaso”, ese “tal vez”, “quizás”, previene las decepciones y deja abierta la posibilidad del resultado esperado. Mientras tanto, -parece decir- vamos a la faena con lo mejor que tengamos.

“Homo empathicus”

Marina tiene quince años y es alumna de un instituto de Girona. Está contando en la radio peculiaridades de su centro que lo hacen diferente a otros. Dice que con sus compañeros se organizan para salir a “ayudar a la comunidad”. Detalla que han formado diferentes “grupos de servicio” para echar una mano a la gente. Por ejemplo, unos dan soporte escolar con clases de refuerzo a críos a los que les cuesta sacar la tarea adelante. Otros se relacionan con ancianos que viven en geriátricos o en sus casas para ofrecerles compañía, contarse cosas o cargarles las bolsas de la compra. Y me pareció entender que hay quienes se ocupan también del mantenimiento de las instalaciones del propio instituto. Lejos de parecerles una lata todo esto, explica que les gusta salir fuera, no quedarse “encerrados en clase”, “estar con la gente”. Habla de un “sentimiento bonito”. A la directora del centro, Yolanda, la escucho expresar con claridad esta reformulación -sin embargo compleja- de la educación: “No educamos para el futuro, sino para practicar valores que ahora son necesarios y que son eficaces”.

A la directora del centro, Yolanda, la escucho expresar con claridad esta reformulación -sin embargo compleja- de la educación: “No educamos para el futuro, sino para practicar valores que ahora son necesarios y que son eficaces”.

Este instituto, del que no retuve el nombre, forma parte de una red mundial de escuelas de primaria y secundaria reconocidas por Ashoka, la organización de emprendedores sociales. Las llaman “Escuelas Changemaker”. Por lo que he leído en su web, son escuelas que educan también a los alumnos en habilidades como la empatía, el trabajo en equipo, la creatividad, el liderazgo y la resolución de los problemas. “Sus chicas y chicos son capaces de empatizar con los problemas de los demás y de aportar soluciones innovadoras”.

Dice Jeremy Rifkin que la empatía global es la que podría evitar el desmoronamiento de la civilización. Este sociólogo y economista, asesor de varios gobiernos, hablaba hace unos años de la Tercera Revolución Industrial (el Foro de Davos ya abordó este año los retos de la cuarta revolución industrial) y de cómo el Internet de las cosas determinaría sociedades colaborativas. En un libro que publicó en 2010 proponía una nueva interpretación de las civilizaciones “examinando la evolución empática de la humanidad”. Según señalaba, “descubrimientos recientes en el estudio del cerebro y del desarrollo infantil nos obligan a replantear la antigua creencia de que el ser humano es agresivo, materialista, utilitarista e interesado por naturaleza”. Para Rifkin, “la conciencia creciente de que somos una especie esencialmente empática tiene consecuencias trascendentales para la sociedad”. Tanto es así que, de la misma manera que observa la influencia de la evolución de la empatía en nuestro desarrollo como especie, apunta a ella como la que “probablemente determinará nuestro destino”.

A mí me gusta cómo se refiere a la evolución humana el paleontólogo Ignacio Martínez Mendizábal. Me gusta especialmente cómo lo cuenta en el prólogo del libro de Loreto Rubio, “Os necesito a todos”. “El hecho -explica- de que la cooperación humana se base en la comunidad de ideales no es el único aspecto extraordinario de la conducta social humana. A diferencia del resto de criaturas sociales, nuestra colaboración no se basa exclusivamente en nuestra programación genética, sino en nuestra voluntad”. Y más adelante añade: “Colaboración y libre albedrío, una combinación única en la historia de la vida”.

Esa forma de madurar echando una mano, esa educación experiencial de los alumnos del instituto, la voluntad colaboradora de nuestros antepasados que relata Martínez Mendizábal, la imagen de la naturaleza humana que empieza a surgir -dice Rifkin- con el descubrimiento del “Homo empathicus”. Nada de esto parece sentimental o ingenuo. La ciencia pone el acento en la utilidad, la eficacia y el progreso que supone aprender a ponerse en el lugar del otro, y querer hacerlo.

Elogiando la duda

Me despierta más interés la gente que de vez en cuando dice con modestia: “No sé, no lo tengo claro”. No digo que la duda tome el mando, me refiero más bien a permitir que la duda se cuele a veces entre rendijas, a no darlo por sentado, a repensarlo de otra forma, a remirarlo. Con el paso del tiempo veo la bondad de planteamientos que se sostienen, que se convierten en brújula. Pero otros, otros planteamientos abandonan seguridades y emergen como interrogantes. Ya no tan evidentes, no tan inapelables. Me acuerdo de Mario Bunge, el científico al que con noventa y tantos años a su espalda le leí aquello de: “He cambiado bastante de pensamiento”.

No digo que la duda bloquee la decisión. No decidir, para mí, no es ya decidir algo, sino indecisión. Lo que digo es que la determinación o la idea no queden sujetas, como constreñidas por una realidad que, sin embargo, de forma natural da continuos volantazos. Zygmunt Bauman, otro nonagenario considerado referente del pensamiento mundial, es el sociólogo que nos habló de la “modernidad líquida” para explicarnos cómo son las cosas en nuestra sociedad postmoderna “flexible y extraordinariamente móvil”, semejante al agua que contiene un vaso y que, con solo decantarlo, se modifica. Una realidad tan cambiante y tan desafiante que nos obliga a una adaptación constante, que nos empuja hacia nuevos enfoques, a revisarnos. El informe anual del Foro Económico Mundial sobre el capital humano señala la “flexibilidad cognitiva” como una de las habilidades que serán más demandadas a los profesionales en 2020.

Llevo unas cuantas páginas leídas del libro que Victoria Camps publicó este invierno pasado titulado “Elogio de la duda”. Ahí expresa su deseo de “dar cuenta de la utilidad de la filosofía para aprender a dudar y, en definitiva, para aprender a vivir” -cosa natural para ella, que ha dedicado su vida a estudiar y a enseñar filosofía-. Según esta catedrática de Filosofía Moral y Política, “aprender a dudar es asumir la fragilidad y la contingencia de la condición humana que no nos hace autosuficientes”. Aunque -añade- “no podemos dudar de todo ni empezar de cero a cada rato. Existe un núcleo de verdades (…) logros conseguidos por la humanidad a lo largo de los siglos. No todo se ha hecho mal y tiene que ser revisado”. Camps aclara que no quiere hablar de la duda “derivada de la falta de seguridad en uno mismo”. O esa clase de duda que inmoviliza o te deja empantanado, indeciso. A la que se quiere referir es a la duda que nace “de la debilidad intrínseca a la condición humana, a sujetos que se saben vulnerables y dependientes”.

En este primer capítulo que tengo entre las manos, me llama la atención la alusión a la experiencia y a cómo esta “nos da de bruces con la duda”. Aquí descubro a Montaigne, que por lo visto andaba preocupado por “saber vivir bien la propia vida”. Por eso, se leyó a fondo a los clásicos, no para desarrollar teorías, sino para ver cómo vivían, qué apreciaban, qué preferían. Lo que este pensador encontraba interesante y útil eran “las vidas sencillas”, “las anécdotas cotidianas”, que para él eran “fuente de conocimiento”. Las dudas y el sentido común conducen a Montaigne a tratar de conocerse. Esto -afirma- “es lo más saludable” para él y para los demás.

Dudar -en la línea de Montaigne- es un ejercicio de modestia -dice Camps-, “es una actitud reflexiva y prudente que busca la respuesta más justa en cada caso”. Y que se apoya en las vivencias. Es entender la sabiduría no tanto como una acumulación de certezas, sino de experiencias.

El baret de Miquel

Miquel Ruiz es un reputado cocinero valenciano que cada mañana hace la compra en el mercado de Denia, donde vive y trabaja. Luego se dirige a su bar familiar, que se llama El Baret de Miquel Ruiz, y allí cocina. “Baret”, al parecer, es el diminutivo de “bar” que utilizan los valencianos. Me suena, quizás, a lo que en Canarias llamamos “bareto”. A ver si alguien me lo puede aclarar. Podría ser un restaurante, un gastrobar o denominarlo de alguna otra manera, pero no. Él ha preferido que sea un bar de pueblo, lo que siempre fue, con “sillas desparejadas y servilletas de papel”. Miquel quiso ser cocinero desde que era pequeño. Aprendió con su madre, se formó en una escuela en Barcelona y hace eso que es tan gastronómico en nuestros días: reinterpreta la receta tradicional. El precio medio por comer aquí oscila entre los 15 y los 30 euros por persona, según leí. Si no equivoco las fechas, El Baret lleva funcionando cuatro años con lleno absoluto y reservas con meses de antelación. No es de extrañar su cocina estrella, porque este cocinero es de los de las estrellas Michelin.

Su historia, sin embargo, me ha atrapado no tanto por el brillo de las estrellas como por su renuncia a ellas.

En la prensa le han dedicado varias páginas y ahí le he conocido. Leyendo El País supe que “uno de los secretos que revela el éxito de la sencillez de El Baret reside en el escarmiento”, el desengaño. Miquel Ruiz fue jefe de cocina del restaurante El Girasol, que obtuvo dos distinciones. Después montó La Seu y a los pocos meses de abrir logró una estrella Michelin. Algo inusual en la forma de proceder de la guía gastronómica, según cuenta la noticia. Así que los expertos, por lo visto, ya daban por hecho que llegaría la segunda estrella. Miquel sintió “la presión y la servidumbre” también. Y cortó por lo sano: se apartó de la competición.

Cuando habla de aquella experiencia, el cocinero no se anda con medias tintas: “Aquel viaje a la perfección casi acaba con nosotros. Ahora somos organizados pero más informales”. Algunas de sus declaraciones son de las que ayudan a activarte las neuronas. “Quería cambiar de vida, ser feliz sin tantas complicaciones”. “Siempre en la cocina, pero sin perder la cabeza por competir con nadie, más que con uno mismo”.

Y al leer su experiencia he recordado, aunque malamente, un relato de hace muchos años que ahora trato de poner en pie. Venía a contar cómo un arquero, habilidoso y experimentado, disparaba por puro placer su flecha y siempre acertaba con precisión. Alguien se acercó y le ofreció un premio por acertar de nuevo en el centro de la diana. Fue entonces cuando su concentración vaciló y preso de los nervios erró en el disparo. Había perdido destreza porque ya no veía un blanco, sino dos.

Tengo la impresión de que el cocinero ha entendido el cuento. El periodista que visitó El Baret escribió que podría ampliar el negocio e incrementar beneficios, pero Miquel Ruiz tiene claro que “son las dimensiones que deben ser, no más”. “Nos ganamos bien así la vida”, y zanja la cuestión.

Lo de Miquel Ruiz más que filosofía, es determinación creo yo. Es una forma de entender la existencia o de reenfocar las cosas después de una mala experiencia. Y de tener la suerte de poder unir ambas y vivir de eso. Lo difícil es ensamblar los dos conceptos sin echar de menos nada en la decisión. Ni mayor prestigio, ni mayor beneficio, ni más influencia, ni más ambición.

Tomo nota del cocinero que “pasó de las estrellas” sin renunciar a brillar en su pequeño bar.

Currículum de fracasos

Tengo cierta inclinación a prestar mayor atención a quien habla desde su propia experiencia, desde su propio error. Me resulta más creíble, más provechoso, más inspirador. Johannes Haushofer es un profesor de la Universidad de Princeton, en Estados Unidos, cuyo historial educativo y profesional puede consultarse fácilmente en la web universitaria. Se trata de una larga lista de logros: una decena de premios, treinta y tantas publicaciones, varias investigaciones, participaciones en seminarios, conferencias, talleres, medios de comunicación… Un currículum extenso con referencias a su formación académica en la que aparecen nombres de universidades de peso como Oxford y Harvard, o el Instituto de Tecnología de Massachusetts. El brillante currículum, en fin, que cabe esperar de un docente universitario.

Sin embargo, Haushofer ha concluido que este currículum oficial no da cuenta real de su recorrido personal y profesional. Así que recientemente ha decidido publicar también su “currículum alternativo”. Lo anunció en su perfil de Twitter con pocas palabras: “Nueva publicación: ¡Mi Curriculum Vitae de fracasos!”. Y a continuación añadió el enlace al documento colgado en la web de su universidad. Cuando he mirado este tuit ya había sido retuiteado más de novecientas veces y contaba con otros novecientos “me gusta”. Imagino a toda esa gente con la misma curiosidad con la que yo he consultado el “currículum alternativo” del profesor.

“La mayor parte de lo que intento, falla”, comienza Haushofer este otro currículum. “Pero estos fracasos -dice- con frecuencia son invisibles, mientras que los éxitos sí son visibles”. El profesor universitario se ha dado cuenta de que puede dar la impresión al resto de la gente de que a él todo le va bien. Me llama la atención que Haushofer sienta que, a consecuencia de esto, quienes le lean y no reúnan semejante listado de éxitos, tiendan a “responsabilizarse a sí mismos por los fracasos”, en lugar de comprender que “el mundo es un lugar relativo, que las solicitudes que hacemos son imprevisibles y que los comités de selección o los jueces tienen días malos”. De manera que para “equilibrar” sus referencias y “proporcionar cierta perspectiva”, nos da cuenta de las “sombras de su carrera profesional”: programas de grado en los que no pudo entrar, puestos docentes para los que no fue seleccionado, becas que no le concedieron, premios que no recibió, artículos que le rechazaron y no pudo publicar o financiación que no le dieron.

El gesto del profesor, que me ha impresionado, no es el primero. Él mismo cita otros “ejemplos de currículums de fracasos” y explica que sigue la iniciativa de Melanie Stefan, otra docente de la Universidad de Edimburgo que ya había propuesto el “CV de fracasos”. En un artículo que publicó la revista Nature, Stefan argumentaba que “hacer públicas las dificultades que, en mayor o menor medida, todos los profesionales sufren en algún momento de su carrera, puede ayudar a otros a asimilar mejor los obstáculos que encontrarán”. Al tuit de Haushofer le han respondido otros con agradecimiento y compartiendo también experiencias de fracasos profesionales bajo el “hashtag” #CVofFailures. Luego he visto que con esta etiqueta hay una lista interminable de tuits.

Los éxitos los contamos, los difundimos, los engordamos incluso, pero tengo para mí que no calan como los fracasos. Las sobredosis de triunfos, de aciertos y trofeos en exclusiva se alejan de lo común, de lo que es genuino y devuelven una imagen más bien desfigurada como espejos de feria poco fiables. Cuando alguien desvela detrás de cada logro, un puñado -tal vez cientos de puñados- de grandes y pequeñas renuncias, de grandes y pequeños fracasos, no solo tiene un gesto de valentía, lo tiene también de generosidad y, sobre todo, de humildad. Y en esto sí encuentro una referencia sólida, real, universal.

Elogio de la imperfección

Messi asegura que no jugará más con la selección de su país, harto de no lograr el triunfo con ella. Y en medio de -al parecer- las miles de peticiones que ha recibido el jugador para que no abandone, leo con interés la carta que le ha remitido una maestra argentina. En el texto que han reproducido los periódicos deportivos, la docente explica que a sus alumnos ídolos del futbolista, les habla del “Messi que puede equivocarse hasta errando un penalti porque de fallas estamos hechas las personas y eso -añade- les muestra que hasta el más grande de todos los tiempos es imperfecto”. “No te rindas, no guardes la camiseta”, le pide la maestra en una carta extensa.

Esta noche, cuando he retomado la biografía de Rita Levi-Montalcini, he leído: “muchas veces estuve a punto de desistir”. La científica italiana explica con detalle en sus memorias el largo y complejo camino de su vida. Habla de su “natural inseguro y miedoso” en su infancia y adolescencia. Cuenta “lo poco sociable que era” y cómo la aversión que sentía por el deporte y la dificultad que tenía para relacionarse con las chicas de su edad, no hacían sino acentuar su “profunda sensación de aislamiento”.

Rebelada contra la supremacía masculina de los años treinta, todo su interés fue estudiar medicina. Para eso arrancó a duras penas el consentimiento de su padre no convencido del todo de la decisión, y con ese escaso respaldo paterno se consagró a los estudios. Tras doctorarse, una de sus primeras tareas fue estudiar “cómo y por qué procesos se forman las circunvoluciones del cerebro en los fetos humanos”. Cuando el profesor la llamó a su despacho y “examinó las preparaciones que debían mostrar tal cosa, éste las calificó de “porquerías” y le dijo que “decididamente, no estaba hecha para la investigación”. La científica recuerda con dolor cómo pasó automáticamente a la lista negra de los estudiantes a quienes el profesor calificaba de “necios”.

Tras dos frustrantes intentos logró, por primera vez, apasionarse con una nueva investigación pero los tiempos no acompañaron. En las páginas que llama “los años difíciles”, relata cómo en plena Segunda Guerra Mundial transformó su dormitorio en un laboratorio y cómo lo dispuso todo valiéndose de un instrumental modesto para continuar con sus experimentos. Cuando el conflicto se recrudeció se vio obligada a varias mudanzas y a vivir como refugiada en la clandestinidad, con cartilla de racionamiento, toque de queda y “faltando la luz, el agua y el pan”. Al terminar aquel horror, asegura que “no resultó fácil retomar la vida que tan brutalmente interrumpió la guerra”. Esa nueva vida comenzó y se desarrolló en gran parte en Estados Unidos en donde la neuróloga italiana pudo por fin, vencidos mil inconvenientes, entregarse a la investigación.

De aquel empecinamiento por investigar en “los años difíciles”, de continuar experimentando en medio de la calamidad, del “desprecio de los obstáculos”, de la superación de “complejos”, de todo esto que ella misma relata, llegó el descubrimiento: en 1952 identificó el factor de crecimiento nervioso por el que recibió el Nobel de Medicina junto a Stanley Cohen. Según he leído, ahora se estudia su posible utilidad en las enfermedades neurodegenerativas, como la enfermedad de Alzheimer.

De la lectura de la memoria de su vida me quedo con el último párrafo de la última página. Ahí concluye cómo su investigación científica “ha seguido una trayectoria tortuosa, imprevisible e imperfecta. Como tal -dice- es prueba de que la imperfección, y no la perfección, es la base del humano obrar”. De tanto revés, de tanto obstáculo, de tanto errar, ella -que fue premio Nobel- hace un “elogio de la imperfección”. El mismo elogio que la maestra pone en valor.

Una felicidad más palpable

Tim Guénard es un apicultor francés al que su madre abandonó atado a un poste de electricidad cuando tenía tres años. Cuando había cumplido los cinco, su padre le dio una paliza que le envío directamente al hospital una larga temporada. Después de aquel horror, anduvo viviendo como pudo en un orfanato, en la calle, hasta en un hospital psiquiátrico al que llegó por una confusión administrativa, y en un reformatorio donde aprendió a pelear. Así se plantó Tim en la adolescencia con más rencor acumulado del que podamos imaginar.

Me tropecé con la historia de este hombre que padeció terribles formas de violencia en “Levantarse y luchar”, de Rafaela Santos, quien le entrevistó para su libro. En la web del Instituto Español de Resiliencia puedes encontrar la entrevista completa. “Un día de lluvia -cuenta- Tim vio a través de la reja del jardín de una casa que un perro se había enredado en su propia cadena al dar vueltas sobre un árbol, y al quedar enganchado, no podía moverse ni resguardarse en su caseta”. En “la mirada de aquel animal indefenso vio su propio reflejo” y comprendió que “la rabia que sentía lo tenía encadenado”. Una jueza que atendió su caso le consiguió un trabajo como aprendiz de escultor de gárgolas. A partir de aquí tropezó con gente que le echó una mano y -sintetizando muchísimo su historia- le ofrecieron una salida a tanto dolor. Hoy día, Tim Guénard está casado, es padre de cuatro hijos, en un libro autobiográfico desnuda su existencia para contarnos qué es “Más fuerte que el odio”, y se declara feliz.

El término “felicidad” me resulta escurridizo y aún más, cuando lo encuentro vinculado a cierta ceguera de inmadurez. Esto es, una especie de felicidad vendida en eslóganes, basada en el cumplimiento de un logro, en la obtención de un deseo o en conseguir lo que quiera que sea.

Dice Zygmunt Bauman que “desde el paleolítico los humanos perseguimos la felicidad…, pero los deseos son infinitos. Y las relaciones humanas quedan secuestradas por esa manía de apropiarse de cuantas más cosas mejor”. Bauman, sociólogo, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2010, está considerado un referente del pensamiento mundial que va camino de los noventa y uno en plena lucidez mental. Él fue quien utilizó el concepto de “modernidad líquida” para explicarnos cómo son las cosas en nuestra sociedad postmoderna “flexible y extraordinariamente móvil”, semejante al agua que contiene un vaso y que, con solo decantarlo, se modifica. Ahora, esta expresión de “sociedad líquida” nos es familiar y te la encuentras con frecuencia a poco que navegues en la red.

En una entrevista de La Vanguardia que archivé hace un par de años, Bauman afirma que es “muy difícil encontrar una persona feliz entre los ricos”. Explica que el rico tiene una “tendencia obsesiva a enriquecerse más”, “nada les sacia, se colapsan, ¡catástrofe!”, añade. La periodista entonces le interpela: “¿La felicidad no es la suma de momentos de felicidad, como dicen algunos?”. “No -responde el sociólogo- la felicidad es el gozo que da haber superado los momentos de infelicidad. Haber logrado transformar tus conflictos, porque sin conflictos nuestras vidas, mi vida, hubieran sido un verdadero aburrimiento”.

Si me dieran a elegir, no estoy segura de preferir los malos tragos al aburrimiento. Pero lo que resulta incontestable es que los malos tragos, a veces de un amargo escalofriante, forman parte de la vida. Tratar de aferrarse a una felicidad que lo ignora, probablemente es abonarse a una espiral anhelante de infelicidad.

Sin embargo, la transformación del conflicto -que dice Bauman-, la superación del dolor -que experimentó Guénard- me hablan de una felicidad más palpable, más madura, más real, más vital.

Deseos y quereres

Ando envuelta en la lectura de un libro que me autorregalé hace unos meses y que me atrapó por la carátula robusta y decorada, por la tipografía, por el rojo brillante del canto de las páginas, por la delicadeza de las ilustraciones…, hasta por su tamaño grande y pesado. Ese marketing tan estudiado en las ventas que me atrapó. Es la edición completa de Alicia, de Lewis Carroll, en una nueva reimpresión. Una más en los ciento cincuenta años de reimpresiones de este libro tan antiguo. Y tan conocido incluso entre quienes no se han zambullido en sus páginas. El autor del prólogo de esta edición explica que en ocasiones se ha dicho que los libros de Alicia han sido “el origen de toda la literatura infantil posterior”. No sé si será así, pero este libro no me parece que sea solo cosa de niños.

El relato es trepidante y a la protagonista del cuento -como se sabe- le ocurren, una tras otra, cosas disparatadas y sin embargo, algunas de las cuales cargadas de sentido. En uno de los episodios que narra, la protagonista va buscando una salida cuando de repente, se sorprende al ver a un gato que sonríe ampliamente, sentado en la rama de un árbol. Para continuar con conversaciones imposibles, Alicia le pregunta al gato: “¿Por favor, podría indicarme qué dirección he de seguir? “Eso depende -le contesta el gato- de adónde quieras ir”. “No me importa el lugar…”, dijo Alicia. “En ese caso -responde el gato-, tampoco importa la dirección que tomes”. Me sorprende la intensidad de este diálogo en un libro que no digo que no sea infantil, pero que no es solo para gente menuda.

Los deseos y los quereres, o cuánto importan. Esto me sugirió a mí.

Pilar Jericó es una experta en liderazgo y gestión del talento que sigo con interés, con experiencia en la innovación de más de doscientas cincuenta organizaciones de Europa y Sudamérica. Hace unas semanas ha publicado un libro en Alienta Editorial titulado “¿Y si realmente pudieras?”, en el que aborda el poder de la determinación y qué la sostiene. Qué es lo que hace que alguien encuentre la dirección de salida y no solo toque un sueño, un propósito, con la punta de los dedos sino que lo abrace y lo estreche firmemente. En uno de los epígrafes cuenta cómo el ascenso al Everest era una “cuestión nacional en la Inglaterra de principios del siglo pasado”. Por eso, -explica- “no es de extrañar que muchos escaladores quisieran ser los primeros en coronar la cima del mundo y que recogieran fondos para un desafío tan elevado (en todos los sentidos)”. Entre esos aspirantes figuraba George Leigh Mallory que, mientras buscaba financiación en América para su objetivo, fue interrogado por los motivos. Despertaba una enorme curiosidad qué podía mover a una persona a escalar los casi ocho mil ochocientos cincuenta metros que tiene esta montaña. El texto recoge la escueta entrevista así: “Señor Mallory, ¿por qué quiere subir al Everest? Porque el Everest está ahí”. La escritora la describe como “una respuesta muy británica” que traducida a un lenguaje de la calle sería “porque me da la gana”. Cuando se tiene claro el deseo y la convicción -dice- no hay que dar muchas explicaciones.

En medio de la multitud de títulos que se expresan desde la afirmación, Pilar Jericó hace su propuesta desafiante, retadora, desde la interrogación, como esperando solo la respuesta íntima y personal que cada cual pueda dar.

Desear y estar convencido de querer. Y antes, según yo lo veo, saber qué desear o no desear, qué querer o no querer. Lo que parece claro es que no es posible avanzar sin destino y sin dejarse la piel.

Profesionales excelentes

Howard Gardner afirma rotundo: “Las malas personas no pueden ser profesionales excelentes”. Aún más: “No llegan a serlo nunca”. Y el periodista de La Vanguardia que le entrevista le replica con sorna: “A mí se me ocurren algunas excepciones…”. Pero el científico de Harvard, descubridor de la Teoría de las Inteligencias Múltiples, le responde con datos en la mano. “Inicié un experimento, el Goodwork Project, para el que entrevisté a más de 1.200 individuos”(…)”Lo que hemos comprobado es que los mejores profesionales son siempre excelentes, comprometidos y éticos”.

En las nuevas teorías del liderazgo y la gestión de los equipos de trabajo hay una expresión que, no solo por reiterada, me llama mucho la atención y es esta: “desarrollo personal y profesional”. Cada vez que se hace referencia a un plan estratégico o a un proyecto de formación que propone ámbitos de mejora para ser más competitivos, más eficaces, para ser excelentes en definitiva, se insiste en esta idea. Y ambos términos “personal” y “profesional” aparecen de la mano. Digamos que, de entrada, se reconoce el crecimiento de un individuo en el ámbito profesional si lo acompaña en la misma medida otro crecimiento en aspectos muy personales.

La forma de organizar el trabajo que se abre paso en medio de nuestra revolución digital va apoyándose mucho más en personas profesionales que en profesionales a secas. El Foro Económico Mundial es una fundación sin ánimo de lucro que se reúne anualmente en el Monte de Davos, en Suiza, y allí, líderes mundiales, empresariales, científicos, periodistas…, analizan problemas globales apremiantes. Seremos testigos -dicen- durante la próxima década, del cambio tecnológico más extraordinario y rápido de los últimos cincuenta años. “Los avances en todas las ciencias, desde la robótica y la genética a la comunicación y las ciencias sociales, no dejarán ningún aspecto de la sociedad global sin tocar”. En el ámbito laboral -según calculan- en los próximos cinco años tendrá lugar una revolución sin precedentes porque el salto de la inteligencia artificial trastocará el empleo mundial.

Si te interesa, hay abundante información sobre el último informe del Foro de Davos 2016 basado en el dominio de la cuarta revolución industrial y su larguísima sombra. Lo que quiero destacar aquí es el apartado en el que se refiere a las habilidades más demandadas para los profesionales del futuro. Que dicho así da la risa porque ese futuro lo establecen en 2020, o sea, ya. Entre esas competencias, las tres primeras tienen que ver con la capacidad de resolver problemas complejos, pensamiento crítico y creatividad. Le siguen, gestión de personal, coordinación con otros trabajadores e inteligencia emocional. Y así hasta un total de diez. Todas, a mi modo de ver, tienen esa mezcla sutil e indiferenciada de fibra personal y conocimiento técnico. No solo conocimiento técnico.

Por eso, -entiendo- el plus de excelencia que buscan las organizaciones para competir está en la persona misma, en su capacidad para crear, para entender y hacerse entender; para adaptarse, ser flexible o pensar por sí misma; para escuchar, negociar y acordar; para ponerse realmente en el lugar de los demás y cooperar; para innovar, para servir, para inspirar.

Por eso, no se puede ser excelente como profesional y un mal bicho como persona, como preguntaba con inteligencia el periodista a Gardner. Porque la excelencia, que es lo que buscan las organizaciones, las empresas, las compañías de ese futuro de pasado mañana, no se alcanza, dice el científico, “si no vas más allá de satisfacer tu ego, tu ambición o tu avaricia. Si no te comprometes con objetivos que van más allá de tus necesidades para servir las de todos”. “Sin ética puedes llegar a ser rico o técnicamente bueno, pero no excelente”.

Soledad creadora

Una de las claves del éxito de Apple es que se trata de una organización “increíblemente colaborativa”. A esto atribuía Steve Jobs el triunfo de la multinacional estadounidense, la empresa líder en el diseño y la producción de equipos electrónicos y software. Por eso -explicaba- no tiene comités de nada, sino que cada persona se responsabiliza de un área y luego se reúnen algunas horas a la semana para hablar de lo que están haciendo, de cómo va el negocio. “Y así, -decía- tenemos un excelente trabajo en equipo desde la cima de la compañía”. Según Jobs, ese trabajo depende de confiar en los demás, o sea, confiar en que cada uno hará su parte del trabajo sin necesidad de ser supervisado. Y trabajar todos al mismo tiempo, simultaneados y manteniéndose actualizados.

En una entrevista realizada un año antes de fallecer, se mostraba orgulloso de saber cómo repartir las tareas. De hecho, se vanagloriaba de hacer muy bien esto. Explicaba que sus días consistían en reunirse con grupos de personas “y trabajar en ideas y resolver problemas para crear nuevos productos”. El periodista le pregunta con desparpajo si la gente estaba dispuesta a decirle en qué se equivocaba. Jobs -al que le acompañaba fama de soberbio- sonríe, asegura que le expresan “excelentes argumentos” y parece aceptar que “no siempre puedes ganar”.

Somos seres sociales y en esa interacción social el potencial de los talentos se multiplica. La inteligencia colectiva funciona, creo yo, más allá de la suma de las inteligencias personales y en la colaboración surgen ideas mejoradas y soluciones, alternativas o salidas extraordinarias y jugadas redondas, impensables sin el codo a codo.

Sin embargo, antes de compartir esos momentos, de sentarnos juntos y hablarlo, o discutirlo, o acordarlo o lo que sea. Antes de todo eso -o quizás al mismo tiempo- está la soledad. La fructífera y necesaria soledad. El momento personal, el íntimo, reconfortante, restaurador, fecundo. No digo la soledad forzada o forzosa, porque esa es la que no encuentra a los demás. Me refiero más bien a la soledad voluntaria, buscada. La aliada de uno mismo porque es donde puedes recrearte una y otra vez. La soledad que es fuente de creatividad también.

Susan Cain es una escritora estadounidense autora de un libro titulado “El poder de los introvertidos”. Su charla TED del mismo nombre, que acabo de consultar en Internet, ha sido vista trece millones y medio de veces. Y en algún sitio he leído que es una de las favoritas de Bill Gates, el otro gigante de la revolución digital. Pues bien, esta abogada defiende espacios de introspección para que no se pierda el talento de los introvertidos, la gente a la que le cuesta más “responder a la estimulación social”. “Tenemos la creencia -dice- de que toda creatividad y productividad proviene de un lugar extrañamente sociable”. No obstante, “la soledad a menudo es un ingrediente crucial de la creatividad”. De manera que la clave, según Cain, es “estar en la zona de estimulación más adecuada para cada uno”. Yo añadiría, en el momento oportuno para cada uno. A veces, en equipo. A veces, en soledad.

Me parece que la soledad importa tanto como importan los demás. Para que en el intercambio posterior -o quizás simultáneo- haya algo que intercambiar, algo que donar. No hay trabajo en equipo si no hay trabajo personal.

Gracias a Susan Cain he sabido que Apple, promotor del trabajo en equipo, dio su primer golpe de timón gracias al trabajo personal. Steve Wozniak, cofundador de la compañía y reconocido como un genio de la ingeniería, inventó el primer ordenador personal “encerrado en su cubículo de Hewlett Packard, donde trabajaba”, y lo hizo en soledad. Luego, lo compartió con los demás.

El talentismo

“Ha llegado la hora de la solidaridad en el mundo de la empresa”. La afirmación es rompedora y la pronuncia con convicción Juan Carlos Cubeiro, que es uno de los expertos españoles en liderazgo y gestión de los recursos humanos con mayor proyección internacional. Cubeiro es de los que aseguran que la crisis y los cambios a que nos obligan estos tiempos no son pasajeros, que estamos ante un cambio de era y eso supone transformaciones de calado profundo.

En un libro que escribió en 2012 ya hablaba del nacimiento de un inédito orden económico y social sustentado en el valor del talento, y que anuncia la evolución hacia un nuevo orden de cosas. “Del capitalismo al talentismo” lo tituló, para evidenciar ese progreso que observa tan claramente. Me llama la atención cómo se apoya en La Gioconda, el célebre cuadro, para buscar la analogía con este casi renacimiento de nuestra cultura (o sin casi). En una entrevista que publicó El País, el responsable del departamento de pintura italiana del XVI en el Museo del Louvre de París, Vincent Delieuvin, comentaba que La Gioconda parecía “una muerta” y que la pintura “está desapareciendo poco a poco”. “Si no se hace algo -decía el técnico- la enferma empeorará”. El caso es que la imagen “es gris, sin color”, con “síntomas de fatiga”, añadía. Al parecer, el retrato más famoso del mundo, obra de Leonardo da Vinci, ha ido acumulando porquería con el paso del tiempo y está afectado por la suciedad, por eso, ya no vemos los colores originales. Y por eso, también explica, “cuando la gente ve La Gioconda del Prado, tan limpia (tan luminosa) no se lo pueden creer”.

De esta metáfora se sirve Juan Carlos Cubeiro para explicar cómo “va muriendo lo viejo y va naciendo lo nuevo”, y cómo se hace necesario intervenir para sobrevivir. Eso nuevo es “la era del talentismo”. Un mundo protagonizado por un desarrollo tecnológico sin precedentes y una globalización acelerada en el que, insiste este profesor de escuela de negocio, “el valor más importante ya no está en el capital, sino en el talento individual y el talento colectivo”. Esa es, dice, “la nueva riqueza de las naciones”. Lo sorprendente para mí ha sido descubrir la cualidad que Cubeiro apareja al talentismo: la solidaridad. Lo explica refiriéndose a los blogueros más famosos en internet, gente que aporta, que ayuda, personas generosas compartiendo lo que saben. Y cita el ejemplo de Google entre las compañías que logran triunfar con modelos de negocio gratuitos que al mismo tiempo son muy rentables. No es fácil, reconoce. Este modelo solidario está conviviendo con otro “más avaro, más mezquino”, pero asegura con sólida rotundidad que “quienes se llevarán el gato al agua serán las personas generosas y las empresas solidarias”.

A cuenta de este planteamiento, he vuelto a localizar las declaraciones de un científico alemán llamado Gerald Hüther, que ya en su momento retumbaron en mi cabeza. Según Hüther, neurobiólogo de la Universidad de Gotinga, en Alemania, “la competencia y la guerra han impulsado grandes innovaciones. Sin embargo, lo que nos mantiene unidos a la naturaleza y a los demás es el amor, pese a la competencia”. Este investigador afirma que “estamos a punto de agotar nuestros propios recursos naturales” y la única perspectiva de supervivencia es “el compromiso en equipo y la creatividad participativa”. La conversación con la periodista está recogida en la web de SINC, una agencia pública especializada en información sobre ciencia, tecnología e innovación en español.

Cubeiro habla de la evolución del talento, la generosidad y la solidaridad. Hüther, directamente del amor. Un especialista en “management” y un científico apuntando en la misma dirección. Para tomar nota, ¿no?

A qué esperar

Detecto un empecinamiento por el logro. Por conseguir el objetivo trazado, la meta marcada. Hay como una proliferación de gente empeñada en ayudarnos a conseguir, sí o sí, lo que nos propongamos. El “tú puedes” ese, insistente, que pone más el acento en obtener lo que sea que en aceptar con deportividad que no siempre se puede. Ese mensaje obstinado en hacer depender de las propias fuerzas o de las ganas propias la consecución del resultado esperado. Como si pudiéramos echarnos sobre nuestra espalda semejante anhelo, sin considerar otros factores, otros elementos. Inconvenientes y tropiezos que forman parte del juego y que no manejamos, mucho menos controlamos. Pero que determinan la partida.

Me resisto a pensar que no hay un paso intermedio entre pelear un destino mejor y celebrar lo que ya se tiene, entre un “a por más” y un “es suficiente”, entre la ambición y la aceptación. Entre la satisfacción de conseguirlo o la consolación de haberlo intentado. Y que en ese recorrido, mientras tanto, podamos ir valorando sin estar esperando.

Hay un cortometraje canario que no me canso de compartir, interpretado por las actrices canarias Nieves Betancort y Marga Torres, dirigido por Ismael Curbelo. Se titula “Las Esperas”. Fue el ganador de la primera mención de la I edición de Canarias Rueda en Lanzarote en 2003 y lo puedes encontrar fácilmente en Internet. La cinta apenas dura tres minutos. La escena discurre en un cementerio de la isla donde predominan las palmeras y la blancura de las sepulturas sobre la negra tierra volcánica. Abuela y nieta, que visitan juntas la tumba del abuelo fallecido Antonio, mantienen una interesante conversación sobre “las esperas”.

Voy a reproducir parte del diálogo, que es riquísimo. No obstante, es mucho mejor que busques el vídeo y veas la interpretación completa. Sara, la nieta, se interesa por la vida de sus abuelos y la abuela responde con inconfundible acento canario: “Ay, mi niña, hubo de todo, pero sobre todo mucha espera”. “¿Qué quieres decir con mucha espera?”, pregunta Sara. “Pues que desde pequeños nos convencemos a nosotros mismos de que la vida después será mejor”. Y la abuela lo explica: “Tú crees que cuando termines tu carrera y encuentres un trabajo serás más feliz que ahora, ¿verdad? (…). Yo me casé convencida de que por fin iba a encontrar la felicidad, pero luego decidí esperar hasta tener mi propia casa. Luego, hasta tener mis hijos. Y luego hasta que mis hijos fuesen mayores. Y luego hasta que me jubilara. Convencida de que cada uno de esos deseos era lo único que me faltaba para ser feliz. Y de esta forma la vida pasa ante tus ojos esperando el tren de la felicidad que nunca llega”.

La nieta concluye: “Entonces no fuiste feliz”. “¡Claro que sí, mi niña!”, responde la abuela. “Hubo momentos de felicidad, pero me perdí otros muchos por no saber reconocerlos. ¿Sabes lo que he aprendido después de todos estos años? Que la felicidad no llega cuando conseguimos lo que deseamos, sino cuando sabemos disfrutar de lo que tenemos. Sara, atesora cada momento de tu vida y recuerda que el tiempo no espera por nadie. No hay mejor momento para la felicidad que justamente este. Si no es ahora, ¿cuándo, mi niña?”.

Esta es la complejidad de la vida. Incertidumbres, desasosiegos, reveses desafiándonos. Y deseos no siempre cumplidos y compensaciones no siempre justas. Y ahí andamos como esclavizados, esperando, a ver si se cumplen los sueños, si lo logramos. Por eso, seguir alimentando el resultado por el resultado me parece un buen abono para el fiasco o el desengaño. Personalmente prefiero subrayar el valor del intento sin regatear el esfuerzo para, quién sabe, lograrlo o no lograrlo.

Inteligencia mética

Messi es un genio. Escucho hablar a los futboleros, que no escatiman en las etiquetas: es un mago, un artista. Incluso los que están en las antípodas del Barça, incluso los más críticos, los que sienten un completo desafecto por el equipo catalán -incluso estos-, dicen que Messi es una especie de extraterrestre en lo suyo. Y en el intercambio de opiniones, una periodista afirma con rotundidad: “La carrera deportiva de Messi acabará no cuando pierda la fuerza, sino cuando pierda la imaginación”.

Leyendo el último libro de Daniel Solana, “Desorden”, he descubierto una explicación a esto que los entendidos en fútbol ya no saben ni cómo calificar, de tan extraordinario que es el juego del argentino. Solana es un creativo publicitario. Dicen de él que es una de las figuras más relevantes de la nueva comunicación publicitaria. En 2004, la agencia que dirige desde hace casi veinte años recibió el máximo galardón digital que otorga el Festival Internacional de Creatividad de Cannes. Este escritor, especialista en el mundo del márketing, ha elaborado un libro preñado de conceptos y autores. Lo ha escrito a base de “capas”, no de capítulos. Ya por esto llama la atención. Y desde el título desafía a los lectores afirmando que “el éxito no obedece a un plan”.

“Nos proponemos planes. Nos enseñan a planificar objetivos y la vida misma”, explica. Sin embargo, “la vida está salpicada de oportunidades y circunstancias sobre las que no tenemos ningún control”. Y muchas veces -y aquí viene lo interesante- “se trata de no perseguir obsesivamente esos objetivos, sino dejarnos llevar, saber aprovechar cada una de las oportunidades que nos vamos a encontrar”. Por eso, dice Solana, el desorden (la incertidumbre, como en el juego) es un entorno capaz de sacar de nosotros habilidades y capacidades que tienen que ver con la exploración: el ingenio, la creatividad, la sagacidad, la flexibilidad, el acecho, la intuición, el sentido de la oportunidad. Y todas estas competencias se ponen en marcha cuando utilizamos la inteligencia mética.

Leyendo a Daniel Solana he sabido que la mética es una inteligencia que utilizaron los antiguos griegos, al menos durante cuatro o cinco siglos, y que les permitía tomar decisiones acertadas en entornos imprevisibles. La metis “no es una forma de inteligencia racional, pero sí es una forma de inteligencia más compleja que nos permite abordar multitud de situaciones”. La inteligencia lógica nos sirve para entornos más previsibles. La mética, para la incertidumbre.

El futbolista Leo Messi destaca por su enorme inteligencia mética. Según Solana, el jugador “toma decisiones instantáneas guiado por su olfato, su intuición creativa y su experiencia. Sus decisiones en el juego son sumamente inteligentes, pero en ellas no emplea su racionalidad lógica. Si hace una jugada genial y se le pregunta cómo y por qué la hizo, no lo sabrá explicar”. Con muy poca información toma la decisión correcta, utiliza su inteligencia instintiva a través de un juego imprevisible. Cuánta razón tenía la periodista. Messi no es un atleta fuerte, ni falta que le hace porque es el dueño de su creatividad.

En algún momento de nuestra historia dejamos aparcada la inteligencia mética y decidimos apostarlo todo a la razón. A la vista está que en ese instante perdimos una de nuestras mejores bazas. Usamos la cabeza fría y la elevamos a la categoría de la lógica pretendiendo un control, a veces, escurridizo.

La buena noticia, según cuenta Solana, es que permanece ahí, intacta. Todos somos méticos, todos tenemos esa parte más intuitiva. Proponer desde la intuición no es de las cosas mejor vistas y, sin embargo, en ella pueden estar las jugadas geniales. En tiempos inciertos siempre nos quedará nuestro olfato inspirador. El mismo que tiene Messi para el gol.

La excelencia

Ha llegado a mi correo un post en el que el autor reclama una “segunda alfabetización”. Lo firma un profesor de Secundaria y Bachillerato llamado Francisco Riquelme. En su artículo, el docente expone que los profesores sienten la “necesidad sincera” de reciclarse, que “hace falta formación”, pero que “sobre todo hace falta un reciclaje como personas”. “Y eso -explica- es otro nivel de formación”. En el artículo publicado en INED21, que es un portal digital de educación y aprendizaje, este profesor afirma que “con frecuencia caemos en una carrera formativa, que a veces es incluso neurótica, por saber más y más”. Habla de “furor formativo que aumenta el estrés por ser mejores profesionales”. No obstante, y esto es en lo que yo me detengo, asegura que para afrontar los conflictos en el aula y mejorar como docentes necesitan “algo diferente”. Y ese algo diferente -señala- tiene que ver con que logren “sentir que encajan en el aula y en la vida”.

En el artículo publicado en INED21, que es un portal digital de educación y aprendizaje, este profesor afirma que “con frecuencia caemos en una carrera formativa, que a veces es incluso neurótica, por saber más y más”. Habla de “furor formativo que aumenta el estrés por ser mejores profesionales”. No obstante, y esto es en lo que yo me detengo, asegura que para afrontar los conflictos en el aula y mejorar como docentes necesitan “algo diferente”. Y ese algo diferente -señala- tiene que ver con que logren “sentir que encajan en el aula y en la vida”.

En los siguientes párrafos hace afirmaciones tales como que “mientras perseguimos más saber externo, lo que necesitamos es saber interno”, o que “nunca antes la humanidad había atesorado tanto conocimiento” y que, sin embargo, “para resolver los grandes problemas del mundo no necesitamos más matemáticas, lengua, física…”, sino “desarrollar la empatía” o “aprender a cooperar”. Habla de “tender puentes entre la mente y el corazón”. A mí se me antoja que la reflexión del docente podría alcanzarnos a cualquiera en cualquier oficio.

Daniel Goleman, el autor del bestseller “Inteligencia emocional”, publicó unos años después “La práctica de la inteligencia emocional”. Otro libro del que se esperaba que también revolucionara el universo empresarial y profesional, porque Goleman redefinía el criterio del éxito en el trabajo y las prioridades esenciales de las empresas. En esta obra, el autor refleja el resultado de numerosos estudios sobre organizaciones y la información que obtuvo de sus conversaciones con directores empresariales de todo el mundo. Ese resultado no fue otro que desvelar “las aptitudes que definen a los profesionales más competentes”. Y todo para concluir que “desde los puestos de trabajo más modestos hasta los cargos directivos”, el factor determinante para la excelencia profesional “no es ni el cociente intelectual, ni los diplomas universitarios, ni la pericia técnica. Es la inteligencia emocional”.

A lo largo de esas páginas, el periodista norteamericano va haciendo un recorrido por las competencias de lo que llama “trabajadores estrella”. Es sorprendente cuando explica que las pruebas de admisión a la universidad subrayan la importancia del coeficiente intelectual, pero que, “por sí solo, difícilmente puede dar cuenta del éxito o fracaso en la vida” de una persona. Según Goleman, “aunque la pericia, la experiencia y el coeficiente intelectual tengan su importancia, son otros factores los que determinan la excelencia” en un oficio. Y aquí entra en un terreno íntimo del individuo: su nivel de conciencia de las propias emociones, o su capacidad para motivarse, para ponerse en el lugar de los demás o sencillamente para saber relacionarse con otros.

Tal importancia le concede a estas capacidades que asegura que “las emociones descontroladas pueden convertir en estúpida a la gente más inteligente”. El abanico de profesiones que abarca su teoría llega incluso a sectores científicos y tecnológicos donde parecería que lo primordial es un buen cerebro.

Lo que para Goleman está muy claro es que “por sí sola, la brillantez intelectual no conlleva al triunfo”. Una nota o un título son solo una parte. “Lo que marca la diferencia no es la potencia intelectual”. La excelencia en cualquier oficio está en “saber escuchar, colaborar, motivar a los demás o saber trabajar en equipo”. La misma diferencia, según creo, que nos ha revelado el profesor del artículo.

Ganar una vida

“Me has dado una vida, Daniel. Gracias”. Cuando el actor Miguel Herrán concluía así su intervención tras recibir el Goya al mejor actor revelación, tuve la sensación de que esa noche iba a ser difícil superar semejante agradecimiento tan profundo, tan definitivo. Desde hace unos pocos años para acá me he aficionado a ver la gala de entrega de los premios del cine español y no recuerdo unas palabras de tanto calado pronunciadas como si emergieran desde una sima.

En ese momento descubrí al joven intérprete de diecinueve años. El director Daniel Guzmán (que recibió el Goya a la mejor dirección novel) lo eligió para que protagonizara su película “A cambio de nada”. Hasta ese momento, Miguel dice que nunca había sido protagonista de nada. Cuando subió al escenario a recoger su estatuilla se expresó con la vivacidad de un muchacho emocionado y la hondura de quien probablemente ha dado un salto de madurez. “Dani: has conseguido que un chaval sin ilusiones, sin ganas de estudiar, sin que le guste nada, descubra un mundo nuevo y quiera estudiar, quiera trabajar y se agarre a esta vida nueva como si no hubiera otra”. El director le escuchaba atento, haciendo verdaderos esfuerzos por mantener a raya la emoción que sin más remedio se desbordó. A mí también me encandiló.

¿Qué historia personal acompaña al mejor actor revelación de este año? ¿Qué es eso tan grande que el cineasta Daniel Guzmán ha hecho por él?

En estos días, unos cuantos periodistas ya están empezando a desvelarnos algunas claves que explican un agradecimiento tan rotundo, tan conmovedor, en la gala de los Goya. He leído que fue un martes a las dos de la madrugada cuando Miguel y Daniel se tropezaron por primera vez. Miguel, litrona en mano, acompañado por “unos colegas”. Daniel en busca de alguien que diera vida a su personaje. El chico cuenta que lo reconocieron por su papel en la serie “Aquí no hay quien viva”, así que se hicieron fotos y pidieron autógrafos, pero no lo tomaron en serio. Es más, creían que el actor-director de cine “iba pedo” y los “estaba vacilando”.

Ni mucho menos. Daniel Guzmán llamó a Miguel e hicieron las primeras pruebas frente a la cámara. No resultó bien, el aspirante a actor no se estudiaba los guiones y la liaba. Así ocurrió varias veces. El director no solo no perdió la paciencia, sino que siguió confiando en las posibilidades del chico que había encontrado en la calle. A la quinta vez que lo convocó, Miguel cambió y cambió su destino.

“Era un tío al que no le hubiera importado nada estar vivo o muerto, no tenía nada que perder.” Es Miguel describiéndose. Lo ha publicado El Español, revelando quién era este chico antes de que Daniel Guzmán apostara por su capacidad. Ahí cuenta que deambulaba sin rumbo fijo. Repetidor de algunos cursos, no se consideraba un “Ni Ni”, sino un “ni ni ni ni ni” y lo aclara: “yo no hacía una puta mierda. Me consideraba el mejor porque sabía no hacer nada de puta madre”. La crudeza de su lenguaje destila ese amargo sufrimiento de quien afirma que “no estaba contento” con su vida y no le gustaba “quién era”.

El director Daniel Guzmán no solo le ha dado la oportunidad de ganar un Goya (que habría llegado o no). Le dio la posibilidad de encontrar un propósito y con ello, encontrarse a sí mismo. Lo que me admira de esta historia formidable que estoy conociendo es la generosa confianza del director en el potencial del prometedor actor. Su empeño en que Miguel llegara a ver lo que él ya estaba viendo: un puñado de talentos. Su empeño en que Miguel ganara una vida y nosotros un actor espléndido.

Encontrar lo que se ama (II)

Michael Phelps, el deportista que tiene veintidós medallas olímpicas -dieciocho de ellas de oro- quiere volver a competir. Tenía entendido que después de los Juegos de Londres de 2012, su intención era dejar la competición. Pero no, se está preparando para lanzarse de nuevo a la piscina. Es el hombre que ha ganado más medallas olímpicas, su botín ya le avala como el mejor nadador de todos los tiempos. ¿Quiere más medallas? Un reputado entrenador norteamericano llamado Jon Urbanchek dice que Phelps todavía puede nadar muy rápido, pero que no necesita más medallas de oro. Que “su motivación es disfrutar del deporte y atraer la atención del público hacia la natación”. Y añade, “se le ve maravillosamente bien en el agua”.

La carrera deportiva de Phelps tiene altibajos que, al tratarse de un nadador tan inmensamente reconocido, adquieren una notoriedad gigantesca. Ahora que he leído que está decidido a participar en los Juegos Olímpicos de Río, he sabido que en el año 2014 fue detenido por conducir al doble de la velocidad permitida y que su tasa de alcohol en la sangre casi duplicaba también la permitida. Total, que Phelps tocó fondo ese año y, al parecer, él mismo anunció en Twitter que se retiraba durante un tiempo para cuidarse a sí mismo. El caso es que la federación estadounidense de natación lo sancionó con seis meses de suspensión y no le permitió participar en los Mundiales de Natación que se celebraron el verano pasado.

“Si tengo que volver, lo tengo que hacer bien. Tengo que conseguir que mi cuerpo vuelva a estar en la mejor condición física”, transcribía una periodista su conversación con Phelps después de que este atravesara el periodo de rehabilitación. Y aunque no le dejaron estar en los Mundiales, sí participó en unos campeonatos americanos que se celebraban al mismo tiempo. Pues fue al mismo tiempo, en ese mismo mes de agosto, cuando consiguió la mejor marca mundial del año. O sea, que nadó más rápido que los que competían en los Mundiales y confirmaba, aun sin estar, que sigue siendo un número uno en la piscina. A la periodista le dijo: “Estoy contento conmigo mismo”.

Cuando en Londres deslumbró al mundo con su poderío de récords, recuerdo algunos reportajes que trataban de desvelar el secreto de la gesta, y uno concretamente que recogía, con cierta poesía, una técnica de entrenamiento: visualizar el estilo ideal de natación antes de irse a la cama. “Un riguroso ejercicio mental en el que se imagina cómo se desliza y se mueve al ritmo de las olas por el agua a tiempo real, brazada a brazada”. “Todas las noches nada en la oscuridad”, contaba la noticia, y al día siguiente “hace lo mismo en la piscina nadando con sus gafas pintadas con rotulador negro”. “Desde luego es un poco raro”, según explicaba Phelps. Lo hacían así “para sentir realmente la brazada”. Ya en aquel tiempo reconocía sus avatares, pero se aferraba a un “confío en mí mismo y estoy feliz”. E insistía: “Llevaba mucho tiempo sin sentirme así. Me siento feliz en el agua”.

Francisco Mora es un catedrático de Fisiología Humana del que conservo algunos artículos. A mí, que de Fisiología Humana no entiendo nada, sus explicaciones científicas acerca de cómo aprendemos en la etapa de la niñez me resultan de lo más convincentes. Así que cuando le oigo decir que solo se puede aprender bien aquello que se ama, tiendo a pensar que ese mismo motor es el que luego, ya adultos, también nos acompaña.

Quizás por eso el nadador renueva una vez más su compromiso, o su esfuerzo, o sus ganas. Quizás no haya más truco que encontrar lo que se ama.

Resilientes

Todavía no había pasado de la página veinte y ya me había parado unas cuantas veces a releer lo que tenía entre manos. Lo que voy leyendo son historias personales, experiencias, acompañadas de un análisis o una explicación técnica, el de la doctora Rafaela Santos, que es la presidenta del Instituto Español de Resiliencia.

La primera vez que oí hablar de resiliencia fue a un entrenador de fútbol llamado Marcelo Bielsa, creo que por aquel entonces entrenaba al Athletic de Bilbao. El hombre no era muy dado a conceder entrevistas. No obstante, sí ofrecía charlas donde exponía su particular manera de entender su oficio. Un periodista se dio el trabajo de sintetizar algunas ideas clave y, entre ellas, subrayó la resiliencia. Según Bielsa, esta es la principal virtud de un deportista. Y lo explicaba diciendo que los grandes deportistas superan inmediatamente el dolor de la derrota o cualquier dolor que se le genere durante el juego.

El libro que he releído sobre la marcha unas cuantas veces lleva la resiliencia en el subtítulo. Por encima asoma: “Levantarse y luchar”. Así se titula. Lo ha escrito la doctora Santos y recibió el Premio Know Square al mejor libro de empresa 2013. Rafaela Santos, que es doctora en Neurociencia, tenía muy claro que los deportistas resilientes debían figurar entre los ejemplos que recoge en su trabajo. Y ahí está el caso, entre otros, de Teresa Silva, esquiadora del deporte adaptado ahora; antes, hace años, miembro de la Selección Española de Parapente. En 1989 estaba entrenándose para el Campeonato del Mundo de Austria y sufrió un accidente grave que le dio un vuelco a su vida. Desde entonces “una paraplejia la unió a la silla de ruedas”.

Así relata Rafaela Santos la experiencia tremenda de esta deportista española. Tras su paso por el hospital le aguardaba una vida muy diferente y extraordinariamente retadora. “Nadie está preparado para esto, de ninguna de las maneras”. En medio de su tormenta de miedo y dolor, la doctora habla del “espíritu deportivo que aún ardía en su interior”. No lo tenía fácil porque España en aquel tiempo “estaba en pañales en cuanto a deporte adaptado”, pero la ayudaron y se dejó ayudar. Unos monitores americanos introdujeron el esquí adaptado en Sierra Nevada y Teresa renace. Después de ocho años sin esquiar, recuperó la libertad. “La primera vez que practiqué esquí adaptado me sentí libre. Ahora soy la Teresa de siempre”, decía. En la actualidad esta deportista, mujer resiliente, dirige la Fundación También, una organización que ofrece deportes y actividades adaptados a discapacitados para conseguir su integración social.

Para estudiar la personalidad resiliente, la doctora Santos entrevistó a personas que sufrieron un trauma que rompió sus vidas, un sufrimiento que hizo desaparecer el mundo bajo sus pies, un tajo repentino (o sostenido en el tiempo) que, sin embargo, no logró desgajarlas por completo. Personas que, lejos de ser aplastadas, se fortalecieron, que “hicieron un balance existencial para adaptarse a la nueva situación y lograron que sus vidas tuvieran sentido, fueran más productivas y les reportaran mayor satisfacción”. Gente que no se considera “víctima de un drama, sino protagonista de un relato épico”. Observo que esta gente dejó de perder el tiempo preguntando “¿por qué a mí?” y comenzó a ganarlo reconstruyéndose de otra forma. Y se aferró a la esperanza como a un clavo ardiendo para reinventarse de nuevo. Personas resilientes que desafiaron a las circunstancias reescribiendo el destino, otra vez. Y resurgieron más valientes, más conscientes, más maduras, más atractivas incluso.

Gente que comprendió que ante la adversidad o la derrota, y su dolor, el lamento es solo un freno. Y que el renacimiento llega en forma de readaptación.

Grandes favores cotidianos

Ángel Turrillo es un taxista de Barcelona que frecuentaba hace algunos años la parada que tiene el hospital Sant Joan de Déu, centro de referencia de enfermedades raras de esa ciudad. Un día de julio de 2013 recogió allí a un matrimonio con un niño pequeño. A otro hijo lo dejaban ingresado con una dolencia grave. En aquel trayecto hasta el domicilio familiar, el taxista recuerda que hablaron de la crisis, que escuchó aquello de “¡vaya momento que estamos pasando!”. Y cuando lo describe dice: “Tú vas tragando y oyendo a esta familia que te cuenta su problema”. Y cuando llega el final de la carrera, que el taxímetro marcaba siete u ocho euros el servicio, la mujer no encuentra el dinero para pagar. Ángel: “Mire señora, no se preocupe, que hoy no se paga”.

Al día siguiente, el taxista se fue derecho al hospital sin saber si existía o no un departamento de voluntarios. Existía. Y lo recibieron como agua de mayo. Allí le comentan que antes de los recortes, los desplazamientos los cubrían las ambulancias; después, esos gastos hay que pagarlos. Escucho con interés en “A vivir que son dos días” de la Cadena Ser cómo empezó esta historia. El taxista comenzó a hacer un par de servicios al día, uno por la mañana y otro por la tarde: recoger en casa, llevar al hospital, y otra vez de vuelta. Gratis. Para familias con apreturas económicas incapaces de afrontar el coste de los traslados de los pacientes. En los días posteriores, compañeros y compañeras de Ángel se apuntan a su iniciativa. Se les ocurrió, además, hacerse unas pegatinas que colocaron en las puertas de sus taxis para que les identificaran bien. Y más taxistas se interesaron y preguntaron. Hoy son cuarenta y cinco prestando este servicio.

Lo que empezó de forma espontánea y anónima, ya es un movimiento conectado con nombre y apellidos, una red de taxistas solidarios, un proyecto de voluntariado en firme llamado “¿Dónde te acompaño?”. En la web de este hospital explican que el equipo de trabajo social es el responsable de valorar y coordinar a las familias con menores enfermos que necesitan apoyo para acudir a las visitas o a los tratamientos. Ponen a estos taxistas por las nubes. El extraordinario beneficio que proporcionan le está dando al centro un valor añadido, lo está “humanizando”, y afirman que los resultados están siendo “fabulosos”.

Por lo que pude escuchar en el reportaje de la radio, los resultados son buenos para una y otra parte: “Tuvimos un niño -cuenta un taxista- que era subir al coche y comenzar a cantar. Te buscaba el dial y venga bachata. Ese te alegraba el día totalmente”. En la revista Muy Interesante leí no hace mucho que “ayudar a los demás sin esperar recibir nada a cambio aporta muchos más beneficios de los que creemos”. En la noticia se hacía referencia a la Fundación para la Salud Mental de Reino Unido, que afirma que “ser voluntarioso con el bien ajeno es bueno para nuestra salud mental y para nuestro bienestar general”.

De todas las muestras de solidaridad que van aflorando y que van tratando de equilibrar los espantos, las que más me impresionan, las que más me emocionan, son las que arrancaron de pronto, de forma improvisada, como cosa natural. Las que alguien, algún día, por su propia cuenta puso en marcha. Las que luego fueron sumando voluntades contagiadas. Las que poco a poco se fueron organizando desde la discreción. Las constantes, las que van más allá de un suspiro y perduran. Esas solidaridades de los pequeños gestos que suponen echar una mano y que son en realidad grandes favores cotidianos.

Inteligencia social

“Los niños aprenden de lo que los rodea”. La frase es de María Montessori, una educadora nacida en 1870 que tuvo mucho que ver en la renovación de los métodos pedagógicos de principios del siglo XX. Investigando para escribir este artículo he descubierto que Montessori fue una humanista italiana, que, además de su vocación por la enseñanza, fue la primera mujer que se graduó en Medicina en Italia. También se desarrolló en la filosofía, la antropología, la biología y en otras áreas que me ahorro para no cansarte. Tiene un perfil muy interesante y hay abundante información en Internet.

De ella me han llegado a través de las redes las recomendaciones que hizo a los padres de familia de su época desarrollando la primera idea: los niños y las niñas aprenden de lo que los rodea. Y así, en una lista, Montessori expone casi una veintena de puntos de los que destaco algunos: “Si elogias al niño, él aprenderá a valorar; si se le muestra hostilidad, aprenderá a pelear; si se es justo con él, aprenderá a ser justo; si crece sintiéndose seguro, aprenderá a confiar en los demás; si se le denigra, desarrollará sentimiento de culpa; si se le alienta, ganará seguridad en sí mismo…”. Según he leído, su aportación revolucionó el sistema educativo de aquel tiempo. Y creo que todavía tenemos que seguir tomando nota.

La interacción social nos conforma como personas desde que somos pequeños. En esa relación con los demás nos modelamos y nos moldeamos. A veces para mejor, a veces para debilitarnos. Pero esa relación social no acaba en la infancia y continúa “haciéndonos” a lo largo de la vida.

Esto me ha recordado a la “inteligencia social” de Goleman. Daniel Goleman fue famoso por publicar “Inteligencia emocional”, que se convirtió en un fenómeno editorial con más de cinco millones de ejemplares vendidos en todo el mundo. Luego se adentró en el terreno de las relaciones interpersonales y escribió otro libro llamado “Inteligencia social”. En esa obra, Goleman habla de un nuevo campo llamado “neurociencia social” y explica que el descubrimiento más importante de esta es que nuestro sistema neuronal está programado para conectar con los demás. Según cuenta, “los circuitos sociales de nuestro cerebro se ponen en marcha en cualquier encuentro, no importa si nos hallamos en el aula, en el dormitorio o en la sala de ventas. Estos circuitos están activos cuando la mirada de los amantes se cruza y se besan por vez primera o en la intensidad de una charla apasionante con un amigo”.

La plasticidad neuronal, dice Goleman, explica el papel que desempeñan las relaciones sociales en la remodelación de nuestro cerebro. Por eso, aclara, “no es de extrañar que sentirnos crónicamente maltratados y enfadados o por el contrario emocionalmente cuidados, acabe remodelando los senderos neuronales de nuestro cerebro”. Estos hallazgos ponen de relieve el impacto sutil y poderoso que sobre nosotros ejercen las relaciones.

La receptividad social del cerebro, añade, “nos obliga a ser sabios y a entender no solo el modo en que los demás influyen y moldean nuestro estado de ánimo y nuestra biología, sino también el modo en que nosotros influimos en ellos”. Aquí radica una de las claves de la inteligencia social, me parece a mí.

La otra clave es que ser inteligente social “sugiere una nueva dimensión de la vida bien vivida: comportarnos de un modo que resulte beneficioso para las personas con las que nos relacionamos”. Por eso, a pesar de la existencia de relaciones negativas con sus negativas consecuencias, tal y como lo expresa Goleman, “el mundo social nos proporciona también, en cualquier momento de nuestra vida, una oportunidad de curación”.

El paradigma del 10

Benjamin Zander es un director de orquesta británico, titular de la Filarmónica de Boston, que tiene una muy peculiar forma de enseñar a sus alumnos, de dirigir a sus músicos y de transmitir la vibración musical hasta conmover a su auditorio, incluso a los más desinteresados por la música clásica. Lo he visto en varias ocasiones a través de la red. La última vez me lo ha recordado un amigo que compartió uno de sus vídeos en Facebook. No sé si habrá cientos o miles de grabaciones circulando en Internet de sus actuaciones-intervenciones cargadas de espectacularidad y que van más allá de su interpretación musical.

Zander explica que a los 45 años y tras veinte conduciendo orquestas, cayó en la cuenta de que el director es el único que no produce sonidos, y que su “poder” depende de su “habilidad para hacer poderosas a otras personas”. Este descubrimiento transformó su vida, porque comprendió que su trabajo consistía en “despertar posibilidades” en los demás.

El primer día de clase en el conservatorio de música, sus alumnos llegan ansiosos, se comparan con sus compañeros y cuando suben al escenario a tocar, Zander dice que observa que aunque parezca que hay una sola persona con su instrumento, en realidad hay “dos”, la persona que toca y la que está a su lado diciendo: “No has practicado lo suficiente…”, “¿sabes cuántos tocan esta pieza mejor que tú…?”, “ese pasaje donde te equivocaste la última vez es el que sigue. Te equivocarás de nuevo…”. Y cuando lo está relatando a su audiencia dice: “Todos saben de lo que hablo”. Sí, desde luego.

Así que para remediar tantos miedos y tantas inseguridades causadas por uno mismo, en ese primer día de clase, Zander concede un 10 a cada uno de sus alumnos y alumnas. Rosamund Stone Zander, que es pionera en el campo del liderazgo empresarial (y también la mujer de Zander), le sugirió esta técnica llamada “todos merecen 10”. Ella explica que el resultado es fabuloso porque logran ver a los músicos que “están allí ocultos”, es decir, lo que estos estudiantes serían si “esas barreras, esos temores, esas voces que les recuerdan lo que no pueden hacer, no existieran”.

Darles un 10 desde el primer momento es un paradigma diferente en el liderazgo y también en la educación, que para mí es, o debería ser, una forma de liderazgo. Ellos hablan del “paradigma de lo posible” con un matiz importante, según creo. Se trata de que los estudiantes de música “entren” en lo que es posible alcanzar, que de alguna forma se den cuenta de sus posibilidades reales y se entreguen a ellas como la manera de desarrollarse como músicos. No habla de un 10 como una norma, como una expectativa ya creada ante la que no se puede fallar y mucho menos como una exigencia.

El 10, tal y como yo lo entiendo, es reconocer de entrada la valía indudable de cada uno, y a partir de ahí tenderles la mano para que puedan descubrirlo. Sería más bien un autodescubrimiento, que a mi modo de ver es el mayor de los descubrimientos y que incluye no solo para lo que valgo, sino también lo que nos está frenando.

El buen liderazgo, este del que se habla tanto a cuenta de la transformación en las organizaciones, consiste en ayudar a sacar lo mejor de las demás personas. De acuerdo, pero no es solo eso. Yo añadiría que la faena es completa cuando se logra que sea la propia persona la que tome consciencia de su talento y su contribución social. Ese, me parece a mí, es el verdadero logro transformador para la vida de cualquiera.

Copiando a los niños

Cuando alguien pregunta en una clase de niños y niñas quiénes saben dibujar, todos se apresuran y levantan la mano. Cuando haces la misma pregunta en un grupo de adultos, solo algunos lo hacen. Así empieza una de sus charlas José Miguel Sánchez. La que yo vi en TDEx la inicia justamente con esta pregunta a los asistentes. Y así es, algunas personas alzan la mano y otras no. ¿Por qué razón adultos que siendo niños se atrevían a dibujar, hoy sin embargo han dejado de ser dibujantes? ¿Por qué a medida que nos hacemos mayores vamos perdiendo capacidades que, sin duda, teníamos?

Sánchez está especializado en Psicología del Trabajo, es máster en Psicología del Deporte y ha escrito un libro titulado “Poderoso como un niño”. No es un ensayo, o no tiene apariencia de ensayo, porque el autor ha preferido escribir un relato que acompaña de “claves” a la conclusión de cada capítulo. Cuenta en este libro la historia de un líder empresarial que lleva dirigiendo una compañía a lo largo de cinco años y lo ha hecho con éxito. Sin embargo, algo ha cambiado y los resultados empiezan a fallar. El entorno además no favorece nada porque el equipo que dirige, incluso él mismo, sufre un desgaste, un desencanto importante. Así que el protagonista se ve abocado a cambiar el modelo de gestión de su organización y a esto le ayuda una antigua amiga profesora de Universidad. No desvelo más de los entresijos.

A partir de aquí gira la propuesta que hace Sánchez y que basa en su propia experiencia trabajando durante más de 22 años como entrenador (“coach”) ejecutivo con directivos y líderes en empresas multinacionales. Esta propuesta la resume con un concepto tomado de la tecnología, que es “resetearse”, y lo aplica en el sentido de “apagar para volver a reconectar”. Según José Miguel Sánchez, “llevado a la fisiología del cerebro, se trata de reconectar los circuitos neuronales que en su momento estuvieron conectados cuando éramos niños”.

He dicho que no revelaré nada más de la trama, pero necesito señalar algo para desarrollar lo que quiero decir. La historia que presenta el libro parte de una conversación que el protagonista mantiene con uno de sus hijos menores de edad, y el niño le sugiere: “Mírame y cópiame cada día”. Entre las muchas claves interesantes que el autor aporta, hay una afirmación definitiva, según creo: “Si nadie se la arrebata, los niños y las niñas tienen confianza en sí mismos desde el principio”. Seguramente por eso todos levantan la mano y se lanzan a dibujar en cuanto se les brinda la ocasión. O se lanzan a lo que sea. Sin miedos. Sin prejuicios. Sin tener en cuenta lo que dirán los demás.

Sin hacer de menos al resto de las “claves” fundamentales que recoge el texto, esta es para mí esencial. Recuerdo cuando el año pasado un jovencísimo futbolista de la cantera del Tenerife llamado Ayoze deslumbraba con su juego resuelto y sus destellos de genialidad. Entonces, algunos periodistas trataban de describirlo afirmando que parecía “jugar en la cancha de su colegio o de su barrio”. El chico se manejaba con esa frescura, esa naturalidad y ese arrojo propio de los niños y de las niñas. Me inclino a pensar que tenía la confianza, la suya propia, intacta.

En la vida que hemos inventado con sus corsés, con sus patrones, sus limitaciones, sus expectativas…, nos vamos dejando jirones de confianza propia. Creo que es ahí cuando empezamos a extraviar parte de ese “poder” infantil que otorga a las criaturas tanta libertad, y que Sánchez propone recuperar en la edad adulta.

Quizás esta propuesta de “resetearnos” sea como nacer de nuevo.

¿Talento o inteligencia?

“¿Qué son más necesarias las personas talentosas o las personas inteligentes?” Y José Antonio Marina responde con seguridad: “las primeras”. La entrevista discurría en el marco de organizaciones empresariales o sociales y su contexto. El talento, o mejor, el concepto de talento, es un valor en alza en el mundo de los recursos humanos que se van adaptando a las exigencias del cambio de era. Cualquiera que preste atención a los discursos que abordan la nueva concepción del trabajo y las organizaciones, se da cuenta de que el talento está en boga.

Marina (no necesita presentación) es una de las grandes referencias en España y fuera de nuestro país en materia de educación. Este filósofo, prolífico escritor, ha dedicado el grueso de su investigación a elaborar una teoría de la inteligencia que comienza con la neurología y termina con la ética. Y no es casualidad que hilvane ambos términos.

Según José Antonio Marina “una cosa es la inteligencia y otra el uso que hagamos de ella”. Cuenta el caso de un muchacho de 17 años, con un altísimo cociente intelectual, muy buen estudiante, al que le gustaba mandar. Se convirtió en el cabecilla de una pandilla. Le encantaba manejar dinero y se fue metiendo en pequeños delitos y en trapicheos de drogas. El chico dejó los estudios y con 23 años ingresó en la cárcel. Al tiempo que escucho a Marina, desfilan ante mis ojos los nombres de no sé cuántos imputados por casos de corrupción que la justicia investiga en España. ¿Gente inteligentísima?

El talento es otra cosa, es mucho más. Más determinante para la existencia personal y, sin duda, para la vida en sociedad. El talento, dice Marina, “nos permite utilizar bien nuestras destrezas y capacidades para dirigir nuestra acción hacia una vida lograda”. Una vida de progreso, de crecimiento, de evolución, según lo entiendo yo. La vida de alguien que contribuye a la vida de otro alguien. El talento no se acaba en sí mismo, sino que se completa en los demás. Me inclino a pensar que sin esa proyección social, sin esa repercusión colectiva, grupal, el talento muere en la orilla y no va a ninguna parte.

La otra gran aportación sobre la inteligencia y el talento es la de Howard Gardner, autor de la teoría de las “inteligencias múltiples” que me despierta mucho interés. Gardner se refiere con el término “inteligencias” precisamente a “talentos, habilidades y capacidades mentales de una persona para resolver problemas o crear productos de necesidad”. Este psicólogo norteamericano describe ocho inteligencias en cada ser humano, en todo ser humano. Y, esta es la parte que más me fascina de su planteamiento, razones biológicas y culturales explican que las personas desarrollemos más unas inteligencias que otras.

La conclusión es que todos somos inteligentes de alguna forma, todos somos buenos en algo, todos servimos para algo, todos podemos ser talentosos. La cuestión es decidir qué hacer con la inteligencia. Y, como dice Marina, cómo usarla, cómo convertir la inteligencia en talento. El desafío, me parece a mí, no es solo del sistema educativo. Aquí hay una competencia social. Si te detienes a pensar, nos retratamos por nuestra forma de actuar.

Personas inteligentes, incluso con altas capacidades, incapaces de vivir o dejar vivir. Incapaces de tolerar, de comprender, de escuchar. Incapaces de colaborar, de compadecer, de amar.

Personas inteligentes volcadas en cooperar. Gente que se autolidera o lidera grupos o familias, conscientes de su propio papel, de su responsabilidad. Capaces de proyectar lo que otros pueden alcanzar. Gente que resuelve o pacifica. Gente con la que se puede contar.

Ser inteligente es fabuloso. Ser talentoso añade un compromiso con uno mismo y con los demás.

El don de la creatividad

Gillian Lynne es una bailarina inglesa, autora de las coreografías de grandes musicales como “Cats” y “El fantasma de la ópera”. En una interesante charla TED impartida por Ken Robinson, he podido escuchar la curiosísima forma en la que sus padres descubrieron su talento. Eran los años treinta. Resulta que Gillian, con ocho años, era un desastre en la escuela y sus padres recibieron una carta en la que expresaban que la niña, probablemente, tenía un trastorno de aprendizaje. No se podía concentrar y se movía de forma nerviosa. Según Robinson, hoy seguramente le habrían diagnosticado un “trastorno por déficit de atención con hiperactividad”.

El caso es que su madre la llevó a un especialista. Cuando estaban en la consulta, sentaron a la niña al fondo de la sala y allí estuvo unos veinte minutos. Según relató la propia Gillian, los adultos comenzaron a hablar de todos los problemas que la cría tenía en el colegio: molestaba a los compañeros, no hacía la tarea a tiempo… En un momento dado, el médico le explicó que tenía que hablar con su madre, fuera, en privado, y le pidió que esperase en la sala. Pero antes de salir, encendió una radio que tenía encima de su mesa. Cuando ambos estuvieron fuera, observaron que la niña empezó a moverse siguiendo la música. Entonces, el doctor se dirigió a la madre y le dijo: “Señora Lynne, Gillian no está enferma. Es bailarina. Llévela a una escuela de danza”.

Ken Robinson es un educador inglés, doctor por la Universidad de Londres, asesor del Gobierno británico y de otros países en materia educativa. Y es un líder internacionalmente reconocido en creatividad, innovación y recursos humanos, en la educación y en los negocios. Su charla TED titulada “Las escuelas matan la creatividad”, ha sido vista más de 31 millones de veces, puedes ver la cifra exacta en la web de TED. Y si te interesa, también está en youtube subtitulado en español.

Robinson cuenta cómo a consecuencia de un “sistema educativo inventado a la medida de las necesidades de la industrialización, las artes quedaron relegadas en el currículum académico y en la cima se colocaron las materias más útiles para el trabajo”. De ahí, explica, que la gente que se inclinaba por la música, la danza o la pintura fue redirigida a las asignaturas tradicionales que aseguraban un empleo. Según dice, “la habilidad académica ha llegado a dominar nuestra visión de la inteligencia”, y la consecuencia es que “muchas personas brillantes y creativas, creen que no lo son, porque en lo que eran buenos en la escuela no fue valorado o fue estigmatizado”. El conferenciante propone un cambio de paradigma educativo en el que “la creatividad sea tan importante como la alfabetización” y cree que hay que concederles “el mismo estatus”. Habla del “don de la creatividad” y nos invita a “ver nuestras capacidades creativas como la riqueza que son”.

Esta propuesta me resulta muy acorde con estos tiempos. La “inflación académica” ya no garantiza un puesto de trabajo, y el concepto tradicional de inteligencia está siendo sustituido por las inteligencias múltiples y las competencias sociales y emocionales, cuya raíz entronca con la fabulosa capacidad de crear.

Gillian Lynne tuvo la suerte de encontrar adultos que no solo no reprimieron su necesidad, su creatividad, sino que la impulsaron y contribuyeron a que pudiera desarrollarla.

Soy de la opinión de que todos, desde que nos pare nuestra madre, somos seres creativos. Y que esa creatividad, que se puede manifestar de formas muy diversas, debemos reclamarla, reivindicarla y reintegrarla, si es que la extraviamos en algún momento.

Cuando no se puede

A cuenta del trabajo, he vuelto a ver las imágenes del Cholo Simeone tras la derrota de su equipo en la final de la Champions el año pasado. El Atlético estuvo por delante prácticamente todo el partido, pero en el minuto 93 el Real Madrid empató, y en la prórroga le ganó. He vuelto a contemplar la cara de jugadores y aficionados tras aquel intenso desgaste físico y el mucho sufrimiento en la grada. Rostros y gestos de una derrota amarga como pocas. Después de tanto intento y tanto esfuerzo, tanta frustración, tanta rabia y tanta pena. Dicen los futboleros que para el Atlético llegar a esa final fue una especie de milagro, y lo tuvieron casi por completo ahí mismo. Y no pudo ser.

Y recuerdo, cuando lo vi en directo, cómo me llamó la atención el gesto del entrenador levantando la cabeza de sus jugadores. Luego, en la rueda de prensa posterior al encuentro, dijo que lo que le daba tranquilidad en la derrota era sentir que habían hecho todo lo posible y que, a partir de ese momento, seguirían preparándose para continuar compitiendo.

Aunque se quiera, y se quiera con toda el alma y se haga todo lo posible, no siempre se puede. No sé cuántas veces habré oído el famoso “si quieres, puedes”. No dudo que cargado de extraordinaria buena intención, pero incompleto. A veces puedes, y a veces no.

Acabo de leer un libro de Alfonso Alcántara titulado #Superprofesional (así, con el “hashtag” delante) que de vez en cuando me dejaba un instante absorta. Buen libro. Una fuente de aprendizaje y por eso lo comparto aquí. Uno de los epígrafes que él titula “Optimismo. Si quieres, puedes. O no” es, desde mi punto de vista, esclarecedor en este sentido. El autor se declara un “crítico del optimismo representado por esta idea: ¿si piensas que te irá bien, te irá bien?”. Para acompañar su reflexión aporta datos estadísticos publicados en El País. “Solo el 7% de las personas criadas en hogares con escasez logra una vida holgada”. “Los hijos de padres con escasa formación tienen doble riesgo de ser pobres, según la Encuesta de Condiciones de Vida que realiza la Unión Europea”.

Lo leí y me sugirió: ¿cuánto pesan en el “quiero” las circunstancias, el respaldo económico, afectivo, social, cultural? ¿Cuánto pesa la salud o el cansancio? ¿Cuánto pesa, incluso diría yo, hasta la propia inteligencia, la capacidad para darse cuenta de cómo son las cosas en realidad y las posibilidades auténticas que están al alcance de cada persona? ¿Cuánto pesa lo bien que “juegan” los demás?

Alcántara afirma que “atribuir a la voluntad individual los éxitos o fracasos propios sin considerar las experiencias y situaciones previas es una práctica que genera expectativas, culpabilidad y frustración”. Qué cierto es que la espantosa crisis refleja como ninguna otra esta verdad. Querer no siempre es poder. A las personas no siempre nos arropan las circunstancias, no siempre el viento sopla a favor.

Querer, tal y como yo lo entiendo, significa seguir en el intento, y para eso, seguir aprendiendo, indagando, rectificando, preguntando, pidiendo ayuda, orientación, consejo. Seguir confiando en lo que uno vale, pero seguir también con el “entrenamiento”. Seguir dando pasos, seguir haciendo, seguir reenfocando, buscando, trabajando.

Algunas veces se cosechan derrotas, o sencillamente no se cosecha nada, porque no ha podido ser. No ha sido por falta de ganas, de empeños, de esfuerzos. Ha sido porque otras variables, que no controlamos, entraron en juego y nos hicieron perder. Con el paso del tiempo voy comprendiendo que “no siempre se puede”, y que aceptar la frustración se acerca más a la madurez.

Encontrar lo que se ama

En la pizarra de una cafetería cercana a mi casa he leído justo debajo del menú del día: “El secreto de la felicidad es simple, averigua qué es lo que te gusta y dirige tus energías en esa dirección”.

“El secreto de la felicidad…”.

Existe un concepto denominado “fluir” que expuso un investigador húngaro, de apellido casi impronunciable para mí, llamado Mihaliy Csikszentmihaly. “Fluir” define aquellas ocasiones en que una persona está tan involucrada en la actividad que le está ocupando y está disfrutando tanto con ella, que parece quedar abstraída y concentrada solo en el esfuerzo, que no es esfuerzo por ser tan placentero. Y esta experiencia en la que la persona decide ponerse manos a la obra voluntariamente, que lo hace porque quiere, este dedicarnos en cuerpo y alma a tal o cual labor se aproxima mucho a la felicidad. Csikszentmihalyi vincula “fluir” a “felicidad” si aquello que tanto nos lleva la vida conduce a un crecimiento personal por encima de otras compensaciones.

“Averigua qué es lo que te gusta…”.

Siempre anda rodando entre mis archivos el discurso de Steve Jobs en Stanford. Aquí subrayo la parte en la que cuenta cómo con 30 años se quedó fuera de la compañía que había fundado. La dirección no le respaldó cuando se plantearon diferentes visiones de futuro y fue despedido de Apple. Lo vivió como un “absoluto fracaso público”. Sentía que “había desaparecido aquello que había sido el centro” de toda su vida adulta, que había “decepcionado”, que “había dejado caer el testigo” cuando se lo estaban pasando. Cuenta que intentó disculparse por “haberlo echado todo a perder tan estrepitosamente” y que durante meses no supo qué hacer. Describe la experiencia como devastadora. No obstante, añade que lentamente comenzó a entender algo: “Todavía amaba lo que hacía”. El revés ocurrido en Apple “no había cambiado eso ni un milímetro”. Lo expresa contundentemente: “Había sido rechazado, pero seguía enamorado. Y decidí empezar de nuevo”. No sé cuántas veces lo habré leído y siempre me conmueve. “En ocasiones, la vida te golpea con un ladrillo en la cabeza. No pierdan la fe”, insistió. “Estoy convencido de que lo único que me permitió seguir fue que yo amaba lo que hacía”. Y entonces se permite aconsejar a los alumnos y alumnas que se graduaban aquel día: “Tienen que encontrar lo que aman. Y eso es tan válido para el trabajo como para el amor”. Lo comparto aquí tal cual.

“Dirige tus energías en esa dirección…”.

Hace algo más de un siglo, en la soledad de un hangar parisino (frío, húmedo o tórrido, según) convertido en un laboratorio, Marie Curie carga su material químico por kilos. Vierte, funde, disuelve, filtra, precipita, recoge, disuelve otra vez, obtiene una solución, la trasvasa, la mide y vuelve a empezar. Perseverancia, decepciones, esfuerzos físicos. Lo explica Françoise Giroud en la biografía que escribió de la científica polaca descubridora del radio y recoge además interesantísimos apuntes de su diario: “En nuestro mísero hangar reinaba una gran tranquilidad… Vivíamos absortos en una preocupación única, como en un sueño… Hay que creer que se está dotado para algo, y ese algo hay que conseguirlo cueste lo que cueste”.

El secreto de la felicidad no sé si es simple, pero parece claro. Averiguar lo que a uno le gusta, encontrar lo que se ama, puede llevar su tiempo y sus desengaños, pero se ve que es necesario. Dirigir las energías en esa dirección a pesar de los pesares requiere poner toda la carne en el asador, pero hay que ponerla con todo el corazón. Toda la fe, todo el esfuerzo, todo el valor.

Nadie llega solo

La primera vez que me publicaron un artículo tenía catorce años y fue en el periódico Jornada. En aquel entonces yo estudiaba en el Hogar Escuela, mi colegio y mi casa también, el colegio que siempre llevaré en mi corazón (y estuve en unos pocos). Tenía un profesor, Julián Escribano, que escribía una columna periódicamente en EL DÍA. Una mañana se acercó hasta mi mesa y me preguntó si me parecía bien que se llevara uno de mis escritos para editarlo en la prensa. Esta naturaleza mía tímida no me permitió hacer aspavientos, pero en realidad me puse loca de contenta y el profesor se llevó mis cuatro letras hilvanadas de aquella manera.

Por lo que recuerdo, contaba una experiencia personal relacionada con una fiesta del colegio, o algo así. Escribía de las cosas que me rodeaban, de lo que me gustaba y de lo que no me gustaba, según. De qué otra cosa podía escribir. A lo que voy no es al contenido de un modestísimo comentario que ahora me resulta anecdótico y entrañable. En lo que me quiero detener es en el gesto de un profesor, que se ofreció a intermediar para que alguien pudiera hacerme un pequeño hueco en el periódico. Y al día siguiente fue publicado.

Cuando echo un vistazo más o menos rápido a mi recorrido no sólo profesional, vamos a decir vital, me doy cuenta de que nunca di un paso en solitario. O mejor dicho, cuando tuve que optar, decidir, emprender…, asumir la responsabilidad de una elección más o menos difícil, en ese instante mismo en el que experimentas una profunda y, a veces, escalofriante soledad, en el que asumes personalmente el riesgo y la consecuencia, en el que bregas con un pensamiento radiante y con otro sofocante, y ahí te debates. En ese instante, nada hubiera podido de haber estado realmente sola.

Puedo identificar momentos clave de crecimiento personal o profesional (aunque seguramente debiera decir personal y profesional, puesto que no concibo personas distintas habitando una misma vida). Retomo la idea. Puedo identificar, decía, momentos en los que experimenté realización, satisfacción y esa sensación casi inexplicable en que enmudeces y que te acompaña después de haber alcanzado un objetivo, de haber llegado a una meta. Y en cada uno de esos momentos puedo reconocer también los ojos que me miraron, los pies que me acompañaron, los brazos que me sujetaron, las voces que me alentaron. Gracias.

Nadie llega solo a ninguna parte.

Mira que atravesamos momentos a solas, y así lo vi durante mucho tiempo. Pero creo que me equivocaba a la hora de enfocar y la gente que estaba, que sí estaba, se quedaba fuera del encuadre. La realidad es que, de alguna u otra manera, siempre hubo alguien para tender una mano, para abrir más de una puerta, a veces de entrada a veces de salida. Alguien para brindar una oportunidad, una ocasión, un proyecto. Alguien para compartir un espacio, un tiempo.

Porque si es verdad que la vida me ha ido llevando, que las circunstancias me fueron empujando y en ese contexto yo fui escogiendo, no es menos verdad que sin respaldo, sin alguien que echara un cabo, nada es lo que hubiera logrado. Por eso, tengo un puñado de nombres guardados.

Me parece a mí que los éxitos nunca son propios o particulares del todo. Sin desmerecer el talento, la constancia y el desgaste individual que son indispensables para cualquier logro, lo que es justo, honesto, objetivo y hasta decente, es reconocer y reconocerse en quienes te acompañaron, o te acompañan durante un tramo vital, para enseñarte lo que es posible alcanzar.

Ensayo y error

Un docente me contó hace unos días que, al prepararse las oposiciones, cayó en la cuenta de que su método de aprendizaje estaba basado en la equivocación. Cuando repasaba los temas estudiados, lograba afianzar mejor la información en la que fallaba la memoria y cometía el error. De manera que cada vez que erraba, cada equivocación le ayudaba a amarrar los conceptos. Hace años que aprobó la oposición y es profesor.

Me acordé de esta conversación cuando leí un titular de la revista Muy Interesante que dice así: “Equivocarse es bueno para la memoria”. La noticia cuenta que un equipo de investigadores de Toronto (Canadá) ha realizado un estudio sobre la conexión entre el aprendizaje, la memoria y el conocimiento, y ha concluido que “cometer errores en el proceso de aprendizaje puede beneficiar a la memoria”. Los científicos explican que “hacer conjeturas al azar no parece beneficiar a la memoria, pero acercarse a la respuesta parece actuar como un trampolín para la recuperación de la información correcta”.

La noticia añade que “el aprendizaje por ensayo y error parece ser la clave para reforzar los conocimientos en curso, si nuestros errores están relacionados con la respuesta correcta”. El texto entra en otros detalles que los entendidos en la materia podrían explicarnos bien.

Yo me quedo, esencialmente, con el titular. El profesor amigo mío lo descubrió. Qué lástima que no nos lo hubieran dicho hace tiempo, cuando todavía andábamos trajinando con el crecimiento y forjándonos como podíamos a nosotros mismos. Incluso, que nos lo hubieran confirmado con investigaciones como esta (desconozco si hay otras). Habría sido un alivio.

Estudios científicos aparte y unos cuantos años vividos, me hacen comprender que equivocarse no solo es bueno, sino necesario. Y además, inevitable. A estas alturas lo he escuchado cientos, miles de veces. Deberíamos entenderlo como algo obvio. Pero semejante afirmación no resultaría novedosa si no fuera porque tengo la sensación de que no terminamos de creérnoslo. Desde un fallo tonto, desde una ridiculez de tropiezo, hasta un fracaso así dicho con todas las letras, cuánto sufrimos con los desaciertos. Y ése es, posiblemente, un error añadido.

Tim Harford es un escritor y economista inglés al que he escuchado con interés en una charla TED (con más de un millón trescientas mil visitas), en la que explica un hallazgo. Harford ha encontrado la existencia de un vínculo en los sistemas exitosos que ha estudiado, y ese denominador común es que esos sistemas “fueron hechos a base de ensayo y error”. Cita algunos ejemplos y demuestra así su conclusión. Y hay algo más. Algo que él llama “el complejo de Dios” para referirse a quienes se creen lejos de la equivocación, y para los que propone la humildad como remedio para superarlo. Casi nada al aparato. Creo que nunca había oído un rapapolvo más revelador para los que huyen del error, y lo expresa con cierta gracia. Tengo que visitar su página y bucear entre sus ideas.

Equivocarse es bueno, no solo para la memoria. Equivocarse es imprescindible para el crecimiento, para el conocimiento. Para el conocimiento científico y tecnológico, para el conocimiento social y cultural, para el conocimiento de las cosas cotidianas de cada día, para el conocimiento de uno mismo. Equivocarse es ineludible. Y sufrir y entristecerse por ello es humano, qué duda cabe, pero seguramente es equivocarse por duplicado.

No hay conocimiento seguro sin experiencia. Y la experiencia es un cúmulo de éxitos y fracasos. Eso engloba una vida entera. Por eso, me parece a mí, que en realidad andamos, o deberíamos andar, como malabaristas procurando equilibrios entre fallos y punterías, entre ignorancias y habilidades. En definitiva, entre aciertos y aprendizajes.

Escuchar y comprender

Soy seguidora del programa “No es un día cualquiera” de Radio Nacional de España, que se emite las mañanas de los fines de semana y que presenta Pepa Fernández. Hace años que empecé a escucharlo con interés, y esta temporada ha vuelto a engancharme. Es un programa sosegado, cargado de contenidos atractivos y con gente de la que aporta cosas sustanciosas. De ese tipo de programas que entretienen y en el que, además, puedes ir aprendiendo cosas nuevas. Siempre me pareció, en este sentido, muy didáctico. Creo que lo concibieron y lo diseñaron con una vocación claramente educativa.

A través de este programa de radio aprendí yo la diferencia entre oír y escuchar. La diferencia entre percibir los sonidos con el oído y prestar atención a lo que se oye. De ahí que los seguidores de “No es un día cualquiera” no seamos oyentes, sino escuchantes.

La comunicación real, para que tenga calidad, tiene que basarse en una disposición de escucha, que a decir verdad no vive, me parece a mí, su mejor momento. Oír no es escuchar. Salvo que exista un problema de salud, todos tenemos la posibilidad de oír, pero desde luego no todos ejercemos la capacidad de escuchar que, además de buen oído, exige otras muchas cosas.

Uno de los orígenes del conflicto en las relaciones sociales tiene que ver con la comunicación. O mejor dicho, con una deficiente comunicación. O, en el peor de los casos, directamente con la incomunicación. Ocurre a todos los niveles, en todos los grupos humanos, en las parejas y en las comunidades, en las familias y en los entornos profesionales.

Cuando dejamos de escuchar y simplemente oímos, se reducen las posibilidades de converger, de hallar un punto en común, de acordar. Y se multiplican, sin embargo, las probabilidades de intoxicar, de confundir, de disgregar.

En una de las sesiones de entrenamiento con un equipo laboral con el que estoy trabajando, uno de los miembros participó para hacer una aportación esencial: “Escuchamos para responder, no para entender”. No puedo estar más de acuerdo. En ese caso, más bien oímos para intervenir en cuanto encontremos el hueco para hacerlo, o en cuanto en la pelea por contestar nos permitan hacerlo. Estamos más pendientes de que el otro termine cuanto antes para exponer nuestro propio punto de vista, nuestro enfoque. Es como que (y sin como) nada importase lo que el otro pueda decir. Qué más da, si finalmente volveremos a colocar nuestro argumento independientemente de los demás.

Escuchar es otra cosa. Escuchar es comprender. Implica voluntad, interés, predisposición. Escuchar es tomarse la molestia de querer descifrar y asimilar lo que nos están diciendo. Escuchar es caer en la cuenta de que el otro puede no tener su día más elocuente, puede expresarse con dificultad o torpemente, y aun así, podemos llegar a entendernos. Escuchar va mucho más allá. Escuchar es estar dispuesto a ser permeable. A interiorizar los argumentos ajenos, a ubicarlos en su contexto, no en el nuestro. Escuchar es darnos la oportunidad de alimentar las neuronas y “estirar” el pensamiento. Incluso salir de nosotros mismos, acaso para reafirmarnos en nuestros criterios, acaso para abandonar los propios razonamientos. En definitiva, estar abiertos.

Escuchar es más propio de quienes apuestan por las mejoras, por los progresos. Escuchar es abrirse generosamente a otras posiciones, a otras experiencias, a otros sentimientos. Y quién sabe si escuchando enteramente podemos lograr descubrir el reverso. Escuchar puede llegar a ser alivio, consuelo, consenso. Si lo que interesa es crear y avanzar, yo diría que el camino pasa por escuchar. Escuchar atentamente, escuchar de verdad. Escuchar comprendiendo que es la mejor forma de escuchar.

Partido a partido

La expresión la ha puesto de moda Diego Simeone, el entrenador del Atlético de Madrid. Aunque mi amiga Maite Castro, veterana del periodismo deportivo, me ha aclarado que no es nueva y que hace años ya la utilizaba, por ejemplo, Rafa Benítez cuando entrenaba al Tenerife. Me gusta la expresión. Es clara, precisa, certera. Me la escribí hace algunos meses en un pósit que coloqué en un lugar visible, para tenerla siempre muy en cuenta. No se puede decir con más sencillez, una verdad más grande.

A José Luis Oltra, entrenador también de fútbol, también del Tenerife, y con aportaciones brillantes, le escuché una vez decir: “A veces avanzamos un pasito, otras una zancada, pero siempre vamos poco a poco”. Magníficamente expresado, de otra manera.

“Poco a poco”, “partido a partido”. Progreso, en definitiva. Un esfuerzo constante, que no sobresfuerzo. Sin apáticas pausas, sin asfixiantes prisas.

Sigo de cerca las declaraciones de algunos entrenadores de fútbol. Su visión del juego, el planteamiento de cada partido, el conocimiento de las fortalezas y debilidades de sus equipos, el estudio de los rivales, cómo afrontar las derrotas… Ellos y los análisis de algunos comentaristas deportivos son una fuente de conocimiento aplicable a cualquier organización social, empresarial o institucional. Muy a menudo elijo ejemplos del deporte, a veces de equipo, a veces individual, para trabajar con grupos de personas. Hacemos entrenamientos para promover cambios y mejoras colectivas. Y, por mi experiencia, puedo decir que es una forma estupenda para caer en la cuenta de las dinámicas sociales que envuelven a los integrantes de estos equipos laborales.

Somos una cultura impaciente. Nos desenvolvemos en la celeridad como autómatas, pero no con naturalidad. Si fuera natural, no sufriríamos las consecuencias del estrés. Queremos lo mejor y lo queremos ya. El “poco a poco” nos desespera. Y la presión por la cuenta de resultados, además, nos tensa, vayamos por libre o formemos parte de un equipo de trabajo. Situamos la mirada en una meta o en un objetivo trazado, pero perdemos de vista lo que toca en este momento, cada acción, cada paso que vamos dando. Y como queremos abarcar tanto, es fácil que surjan inseguridades, miedos o resistencias que nos la jueguen y entorpezcan la marcha normal del proyecto que tengamos entre manos.

En la cultura japonesa hay una expresión verbal que recoge el sentido de lo que estoy contando: “kaizen”. Se traduce como “progreso continuo”, o “mejora continua”. Hace referencia a una estrategia para alcanzar la mejor calidad posible en la empresa, tratando de que cada día se experimente una pequeña mejora. Digamos que una suma de mejoras alcanzables conduce a la calidad. Es ese “partido a partido” del que hablamos, y que yo entiendo mejor, así expresado.

Estar embarcados en un proyecto personal, o empresarial, o de equipo requiere, entre otras cosas, tesón y calma. Diseñar un plan de “mejora continua”. ¿Cuál es el más pequeño paso que puedo dar para acercarme a mi objetivo? Ese es el que hoy puedo dar. Y mañana, el siguiente paso. Y luego, se verá. Concentrar la atención en la labor que sé que puedo realizar, que no me resulta un imposible, que no me desborda. Y solo mirar la meta como fuente de aliento para seguir entusiasmados, para no desorientarnos, para permanecer inspirados.

Ir “partido a partido” es una fórmula extraordinaria para sosegarse. Para no dejarse envolver por los agobios (que venir, ya vendrán solos). Para centrar la atención de forma plena en lo que toca, y en nada más. Para ir consiguiendo pequeños logros. Para no distraerse con lo innecesario. Incluso, para darnos alguna oportunidad de disfrutar con nuestro trabajo.