Palabra a palabra

Sentada en el salón de su casa, una tarde de 1952 María Moliner empezó a escribir un diccionario. ¡Un diccionario! En un audio que he recuperado de la web de Radiotelevisión Española se la oye explicar que aquel día cogió “un lápiz y una cuartilla” y comenzó a “esbozar un programa de diccionario”. Y se la escucha reír. “Y el diccionario que salió no tiene nada que ver porque yo proyectaba uno breve, unos seis meses de trabajo. Bueno, bien, no está mal…”. Pero esta erudita de las palabras no hizo buen cálculo, “…y la cosa se ha convertido en quince años de trabajo hasta la publicación de la primera edición”.

María Moliner era bibliotecaria. A pesar de sufrir las consecuencias de la ausencia de un padre que se marchó y no regresó, le acompañó la suerte de poder estudiar. Se licenció en Filosofía y Letras y se convirtió en una de las pioneras universitarias del siglo XX. Fue una enamorada de los libros, que para ella eran “ventanas maravillosas por las que asomarse al mundo”. Luego, parece que se sumergiera aún más en ese idilio al adentrarse en las palabras una por una. Sentada en la mesa de aquel salón en su casa se embarca en la costosa elaboración de un diccionario. Primero a mano y después ayudándose de su “Olivetti pluma 22”, comenzó a escribir miles de fichas de palabras que catalogaba y almacenaba en cajas de zapatos. Y en ellas, “muchísimos signos gráficos para indicar lo que quería transmitir de cada vocablo”. Sabía cómo hacerlo, tenía oficio. Y así, palabra a palabra y durante quince años, escribió el libro de los libros.

Dámaso Alonso fue quien impulsó la publicación de este descomunal esfuerzo en dos volúmenes, en 1966 y 1967. Ahora, su trabajo se reedita por cuarta vez con cinco mil quinientas entradas nuevas.

En “Gente despierta”, el programa de Carles Mesa en Radio Nacional, escuché que le gustaba llamarse “diccionarista”. En una de estas noches despierta con la radio he sabido de todo esto que rodeó la obra inmensa de María Moliner y que yo desconocía. Vicky Calavia ha estudiado a fondo a esta mujer culta y entusiasta de lo suyo, y ha dirigido el documental -ya estrenado- sobre su “vocación de coleccionista de palabras”. En el programa explicó que escritores como Delibes o Umbral apostaron por “el María Moliner” como herramienta de consulta. Un diccionario sencillo, práctico, que no se limitaba a definir términos, sino también a aclarar cómo utilizarlos en expresiones corrientes. Un instrumento -decía- “para guiar en el uso del español tanto a los que lo tienen como idioma propio como a aquellos que lo aprenden”. Y para eso se nutría de los textos de “los periódicos y de sus conversaciones con la gente en la calle”. Buscando más detalles de esta proeza, encontré el artículo en el que García Márquez se refiere a su diccionario como “el más completo, más útil, más acucioso y más divertido de la lengua castellana”. Solo echa en falta las “mal llamadas malas palabras” porque María Moliner no incluyó palabrotas.

Este año se celebra el cincuenta aniversario de esa contribución extraordinaria que es el “Diccionario de uso del español” y que María Moliner -“en constante reinvención”- construyó ella sola. Por eso -explican los que lo han estudiado- ese es un “diccionario de autor”. Su huella está ahí. A mí me parece que su impronta, no obstante, llega más lejos. Y me llama la atención esa reinvención que se aleja de la retórica de las palabras y que se pone manos a la obra con ellas. Esa forma de trabajar metódica, rigurosa, constante. Esa forma de ser decidida, consciente de su propia valía, moviendo los hilos del afán y la superación personal.

Creatividad y evolución

La creatividad es “la segunda seña de identidad del Homo Sapiens”. La primera, dice Ignacio Martínez, “posiblemente sea nuestra capacidad para cooperar, para la solidaridad”. Este paleontólogo y el paleoantropólogo Juan Luis Arsuaga recibieron el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica a cuenta de los descubrimientos de ese tesoro científico que es el yacimiento de Atapuerca. Un lugar excepcional para el estudio de la prehistoria y de nosotros mismos. A ambos los releo de vez en cuando tratando de hallar en las explicaciones de estos científicos destellos de lo mejor que somos, razones para la esperanza evolutiva.

Ignacio Martínez hace un relato fascinante. El Homo Habilis fue “el humano capaz de hacer cosas” y “le sucedió algo extraordinario: tuvo una idea. Este hecho es único”, afirma. Hasta entonces, los organismos se habían ido adaptando “debido a un mecanismo de cambios al azar en el material genético y sufriendo una selección natural”. Sin embargo, en este momento de nuestra historia lejana, “por primera vez a alguien se le ocurría una idea: que una piedra redonda podría llegar a ser otra cosa”. Entonces -explica el paleontólogo-, “la golpeó y obtuvo una arista”. Y casi puedes ver a ese ser habilidoso afanado en darle forma a su ocurrencia. Esto, que cualquiera pasaría de largo, Martínez lo reviste casi de solemnidad. “Esa primera idea, que nos transmitimos culturalmente, nos salvó”. Aquí está la segunda seña que identifica a nuestro linaje a la que se refería: la creatividad. Una capacidad que “hunde sus raíces en el deseo de construir algo que no existe, de cambiar la realidad”. Puedes leer su narración con detalle en la web de Executive Excellence, una revista sobre liderazgo y talento.

Juan Luis Arsuaga lo cuenta también con pasión contagiosa (o al menos a mí me contagia). En una entrevista de esas que archivo entre mis favoritas, el investigador afirma en el diario Expansión: “Esa capacidad de soñar e imaginar es lo que nos ha hecho superiores a cualquier otra especie”. La periodista Carmen Méndez se interesa por saber quién tenía más talento creativo, los neandertales o los sapiens. Arsuaga responde escueto y rotundo: “los sapiens. Éramos, por así decirlo, los menos prácticos”. Y lo explica. “La gente práctica nunca descubre nada; se limita a hacer muy bien lo que ha hecho siempre o lo que le han enseñado a hacer”. “La gente creativa, en cambio, es la que hace cosas aparentemente inútiles, experimenta, se equivoca…”. Siempre me llama la atención la emoción que acompaña a este científico cuando habla de cómo nuestros antepasados “tenían una enorme capacidad artística, una riquísima literatura oral o incluso música”. Cuando se refiere a “esa creatividad desbordante que caracteriza a la especie humana”.

Beatriz Valderrama escribió un libro titulado “Creatividad Inteligente” (Pearson, 2012). En esta guía para convertir ideas en innovación, la autora dice que las personas creativas son “pensadores ambidiestros”. En una entrevista que nos concedió en Radio El Día, esta psicóloga habló de los dos hemisferios que conforman el cerebro y explicó cómo cada uno cumple funciones diferentes en el procesamiento de la información. Nuestra vida emocional está más relacionada con el derecho. El pensamiento lógico y deductivo con el izquierdo. Pues bien, según Valderrama, “cuando bajamos la vigilancia del hemisferio izquierdo podemos hacer asociaciones más remotas y de ahí (hemisferio derecho) surgen las ideas. Pero si esas ocurrencias no son filtradas por el pensamiento racional, no llegamos a innovar”. Así que para que las ideas se materialicen “necesitamos el concurso de todo el cerebro”. Imaginación y análisis. Intuición y lógica. Emoción y razón. Y en ese espacio de encuentro, lejos de rigideces mentales, se concilian las soluciones creativas. Esas que determinaron nuestra evolución y nos identifican como seres humanos.

Entre tanto ruido

Un joven toca el piano en la estación de tren parisina de Austerlitz. Al momento, en la imagen aparece otro chico, se detiene a su lado, lo observa un instante y se le une en una actuación imprevista para construir entre los dos una melodía hermosa y asombrosamente bien sincronizada. Ocurrió en el verano de 2013, aunque el vídeo que recoge la escena no fue subido a Internet hasta 2015 y ya es famosísimo. Quizás lo hayas visto. Al parecer, desde que fue colgado en la Fanpage del actor que interpreta a Sheldon Cooper -el personaje de la serie “The Big Bang Theory”- se hizo viral. Acabo de volver a verlo en YouTube para añadir el dato aquí y supera los veintitrés millones de reproducciones.

He leído que a la compañía nacional de ferrocarriles de Francia se le ocurrió instalar pianos en algunas estaciones a disposición de quien quiera -y sepa- tocarlos. ¡Son pianos públicos! Iniciativa reproducida en otros lugares del mundo. Así que entre el ruido, el bullicio y el eco de la megafonía de la estación se cuela el sonido delicado del piano que esta vez están tocando estos dos chicos que no se conocen. En la prensa aseguran que fue un espectáculo de improvisación en toda regla. “Apenas se miran”. Se hacen espacio en el teclado y -por momentos con una mano, por momentos con dos- concentrados y con desparpajo interpretan “Una Mattina de Ludovico Einaudi” (una pieza popular por la fantástica película “Intocable”). Una música sutil que va ganando intensidad y que acaba en un inevitable estallido de aplausos entre un montón de viajeros que se muestran sorprendidos o absortos, o las dos cosas.

El músico de los primeros acordes se llama Gerard y fue su novia quien grabó este instante. Nassim es el otro espontáneo. Hasta que el vídeo no se ha hecho viral no han cruzado palabra. En “A vivir” de la Cadena Ser, Gerard explicó que hasta ese momento no habían tenido ningún contacto -ahora han hablado por Facebook- y que durante los siete minutos que interpretan al piano no habían preparado “absolutamente nada”. En ese tiempo, entre estos dos chavales que no hablan el mismo idioma no hubo más lengua que la música. Eso les bastó para entenderse, incluso para sincronizarse.

Donde quiera que encuentro información sobre esta historia se subraya el valor de la música como lenguaje universal. A mí lo que me llama la atención es esa forma de chocar los cinco cuando acaban la pieza. O esa falta de glotonería por acaparar las teclas. Lo que yo destaco es la manera de cederse el espacio, de hacerse hueco para tocar juntos el piano. Ese “nosotros”, eso que hicieron posible dos desconocidos con los oídos y la generosidad bien afinados.

En “El arte de lo posible”, la pintora Rosamund Stone y el director de la Orquesta Filarmónica de Boston, Benjamín Zander, explican desde su óptica de artistas el concepto “nosotros”. Un libro que he rescatado a cuenta de esta estupenda interpretación a cuatro manos. “Nosotros” -dicen- “es una historia de relaciones, que no de individuos, de gestos, de formas de comunicación y de movimientos. “Nosotros” habla de los espacios compartidos entre dos (…) es una entidad viva y un proceso de desarrollo en ciernes. Este nuevo ser -continúan- aparece siempre y cuando lo busquemos, ya sea en la entidad vital de nuestra empresa, nuestra comunidad o de un grupo de dos. Entonces, la entidad llamada “nosotros”, surgirá para cobrar vida propia”.

Y para oxigenarnos -añadiría yo-, para esperanzarnos. Para entusiasmarnos cuando las personas entrelazan sus talentos donde quiera que sea, y nos sosiegan y nos alientan con algo de armonía entre tanto ruido cotidiano.

Sabía lo que quería

Joan Wiffen realizó uno de sus descubrimientos más importantes con setenta y siete años de edad: un hueso de tiranosaurio (uno de los dinosaurios más grandes conocidos por la ciencia). Cuando esto ocurrió, llevaba décadas entregada a la paleontología y a este logro le precedían tantos otros que le valieron el “título” de “Dama de los dinosaurios”. Me tiene atrapada la historia de esta científica -ya fallecida- que relata con interés Carolina Martínez, una profesora de la Universidad de La Laguna, doctora en Biología. Su artículo, “Joan Wiffen en el valle de los dinosaurios”, lo estoy leyendo en la web de Mujeres con ciencia (mujeresconciencia.com, este es su enlace por si lo quieres leer completo). Ahí cuenta cómo Joan, nacida en 1922 en Nueva Zelanda, compartió el mismo entorno educativo que sus coetáneas, cuya principal expectativa era “casarse y formar una familia”, por eso la niña se vio obligada a abandonar la escuela. Esa era la misma niña que se sentía “maravillada” cuando contemplaba conchas marinas.

Esta curiosidad siempre debió rondarle porque los libros que cogía prestados de la biblioteca pública para sus hijos eran los de historia natural. Y ocurrió uno de esos quiebros repentinos que da la vida. Una enfermedad impidió que su marido asistiera a las clases nocturnas de geología en las que se había matriculado, y para no malgastar el dinero fue ella quien acudió. Carolina Martínez dice que en aquel entonces Wiffen quedó “fascinada por la geología” y “la enorme diversidad biológica desplegada a lo largo del inmenso tiempo geológico”. Su mayor curiosidad eran los animales antiguos, sintió predilección por los dinosaurios: “Eran tesoros invaluables del pasado y, súbitamente, me convertí en una adicta. Sabía lo que quería: coleccionar fósiles”.

Con pasmoso empecinamiento esta mujer que “sabía lo que quería” comenzó a viajar junto a su familia y un grupo de colaboradores “en búsqueda de todo tipo de rocas y minerales”. Años de exploración en zonas inhóspitas. Una labor dura. “El terreno era tan escarpado y accidentado que solo se podía acceder a pie; además, cada roca que quería estudiar había que cargarla en la espalda hasta el coche”. Se empeñó en escudriñar el terreno tanteando el rastro de los dinosaurios, sin saber que la mayor parte de los expertos de la época consideraba que estos colosos nunca habían habitado las tierras de Nueva Zelanda. Esa mayoría estaba equivocada. En 1975, Joan Wiffen encontró allí su primer hueso fósil de dinosaurio. Después, vendrían muchos más hallazgos. Las aportaciones de esta paleontóloga que estoy descubriendo han sido fundamentales a su área de conocimiento.

Voy leyendo y trato de situarme en el contexto. Resulta asombroso, mira si no. Joan Wiffen estudió paleontología por sí misma. “El hecho de ser mujer y sin cualificación científica fue una verdadera desventaja”, dice Carolina Martínez. Citando a un paleontólogo amigo personal de Wiffen llamado Ralph E. Molnar, explicaba que “fue autodidacta no sólo en cómo extraer los fósiles de rocas muy resistentes en las que estaban embebidos (…), sino también en describir científicamente los restos y publicar sus descripciones en revistas científicas”. “Consciente de su falta de formación y del escepticismo de los especialistas, optó por dedicar todo el tiempo necesario a formarse”. De manera que aprendió por su cuenta a localizar, separar y hacer moldes de los fósiles. Aprendió por su cuenta a expresar y redactar “con un vocabulario correcto” los resultados de sus observaciones. Y todas estas habilidades -señala Carolina Martínez- “las adquirió en un relativo aislamiento” y “a sus propias expensas, procurando el menor gasto posible”.

Sigo leyendo y me llama la atención el poder que reunió la vocación con la obstinación, la superación con la convicción, esa especie de consagración con la pasión que burlaron al destino. Me cuesta imaginar un potencial mayor.

Volver a lo esencial

Existe una nueva tribu urbana que se identifica como “los desconectados”. Según voy leyendo, “cuesta encontrarlos, pero existen”. Son personas “que se movían como pez en el agua por la web” y que, sin embargo, han decidido abandonar las redes sociales y limitar su uso de Internet. Estos desconectados “no son ermitaños que deciden aislarse del mundo”, es gente de ciudad. La información habla incluso de nativos digitales cuya relación con el entorno tecnológico les viene de cuna. No quieren renunciar a su actividad profesional ni a relacionarse con los demás. Lo que quieren, por lo que leo, es hacerlo de otra manera, volver a lo esencial.

El reportaje publicado por El Mundo refleja el caso del cineasta David Macián, cuyo teléfono móvil -explica- “es una auténtica reliquia”. No tiene conexión a la red y solo sirve para llamadas y SMS. De manera que este realizador audiovisual de 36 años se suma a esa tribu que renuncia a estar conectada permanentemente. “Me conecto lo justo”, dice el director de cine. “Consulto lo que me interesa y basta”. En su decisión no se ve intención de pasar al aislamiento. “Mis amigos saben que no tengo redes sociales, así que cuando quieren contactar conmigo me llaman. No es tan difícil”. Ahora recuerdo que entre mis amigos hay uno que se maneja con un viejo Motorola -creo-, que pertenece a esta tribu urbana (aunque seguramente no lo sepa).

Hay más casos. Un profesor de la UOC llamado Enric Puig ha reunido varias experiencias de usuarios diarios de Internet y de las redes que decidieron poner límites, y a quienes se refiere como “exconectados”. En una entrevista en La Vanguardia explicaba que él mismo decidió desconectarse mientras escribía su libro (“La gran adicción. ¿Cómo sobrevivir sin internet y no aislarse del mundo?”. De Arpa Editores). “No sé si soy mucho más feliz, pero me siento mucho más tranquilo y concentrado, además de que aprovecho mucho mejor el tiempo”.

Interesándome por estas “desconexiones voluntarias” he encontrado algo que me ha ayudado a comprender. Sherry Turkle es una socióloga y psicóloga estadounidense, docente en el Instituto de Tecnología de Massachusetts. En 1995 escribió un libro en el que “celebraba nuestra vida en Internet”. Alguna noticia que he leído se refería a ella como una “ciberdiva” y lo que escribió por aquel entonces desarrollando esta idea la convirtió en “una de las gurús tecnológicas de la época”. Hace unos años se presentó en una conferencia TED “personificando la gran paradoja”: “La tecnología me sigue emocionando, pero estamos permitiendo que nos lleve por donde no queremos ir”. Según Turkle, el problema aparece cuando la conexión permanente afecta a “la forma de relacionarnos con los demás o la forma de relacionarnos con nosotros mismos”. De ahí la gran paradoja. La hiperconectividad o las cuentas abultadas de seguidores en redes no garantizan ser realmente escuchados y la conexión continua a ingentes cantidades de experiencias o conocimiento puede obstaculizar el aprendizaje que surge del encuentro con uno mismo.

Lejos de aquel primer entusiasmo digital, ahora dice: “Entonces no fui capaz de verlo (…). No entendí que el futuro consistiría en vivir constantemente en simbiosis con un ordenador encendido”.

“Necesitamos relacionarnos cara a cara”, afirma en una crónica de El País. Y así, esta socióloga defiende el poder de las conversaciones para entendernos. “Es esencial aprender a conversar, a negociar, a sentir empatía, a pedir perdón”, “es la manera en la que aprendemos a construir relaciones humanas”. Y proclama al mismo tiempo la necesidad de la soledad “para aprender a tener conversaciones con nosotros mismos, para reflexionar, para concentrarse, para retener conocimientos, para conocernos…”.

A la vista está que algunos están reconduciendo su relación con Internet, como un regreso a todo eso tan esencial.

Un aprendizaje profundo

Paco de Lucía tocaba la guitarra horas, horas y horas. Así fue desde que era niño. En un documental que realizó su hijo, Curro Sánchez, el guitarrista explica que siendo tan pequeño no tuvo que “aprender las bases del ritmo intelectualmente”. Eso era algo “inherente” a él; lo había oído como el que oye hablar. Para él, ese sonido “era tan familiar como entender las palabras que decía la gente”. Su padre le transmitió el amor al flamenco. Lo que tuvo que añadirle este músico prodigioso a eso que era “inherente” fueron toneladas de horas abrazado a la guitarra y un deseo irrefrenable de seguir descubriendo sonidos nuevos.

En el documental, él mismo cuenta que para interpretar el Concierto de Aranjuez estuvo un mes tocando doce horas diarias. Con extraordinaria sencillez explica que tenía terror a equivocarse en algo “tan bien organizado, tan bien engranao”. Dice que estaba muy tenso pero que aun así lo hizo porque “desde la perspectiva del flamenco había otra manera de expresar ese concierto”.

He leído que Paco de Lucía se interesó por el blues, la música hindú, la salsa o el jazz. Y así va buscando y encontrando nuevas formas de crecer, de interpretar mejor con la guitarra. “De cada encuentro -explica- saco una lección vital y artística, algo que aún me sorprende”. Por lo visto, preguntaba a los músicos de jazz cómo se improvisaba “no porque se aburriera del flamenco, sino porque quería llevar el concepto de esa armonía a su terreno e investigar desde ahí”. En este documental que te cuento supe que “Entre dos aguas”, esa “rumbita” que le dio fama universal, la grabó junto a sus músicos de forma improvisada por primera vez en su carrera, a la manera de los músicos de jazz.

Los textos que voy viendo hablan de uno de los más importantes guitarristas de todos los tiempos. El jurado de los premios Príncipe de Asturias le reconoció como un músico de dimensión universal por su capacidad de “trascender fronteras y estilos”. Al parecer, le daba vergüenza que le titularan como “guitarrista universal” y por eso se definía como flamenco. Siempre me admira la humildad con la que se expresa gente que es grande (y que seguramente por eso, es grande). Me gusta cómo lo recogía el texto del Príncipe de Asturias: “Todo cuanto puede expresarse con las seis cuerdas de la guitarra está en sus manos”. Claro que para alcanzar esa excelencia de improvisación, ya sabemos que este artista excepcional seguía acumulando horas de guitarra. El genio de la guitarra tocaba todos los días, si dejaba de hacerlo, lo notaba.

Malcolm Gladwell es un periodista y sociólogo canadiense que revisó la historia de personas que sobresalieron e hizo un cálculo de lo que significa convertirse en genio. Tras su exploración llegó a la conclusión de que las personas “fuera de serie” no han nacido con un genio especial, sino que trabajaron miles de horas. Diez mil horas -afirma- son necesarias para alcanzar la maestría, y esto puede aplicarse a cualquier desempeño.

El pedagogo español Jose Antonio Marina va mucho más allá cuando dice que no se trata de la mera repetición de una actividad, sino más bien de un aprendizaje profundo que hace posible la mejora continua. “Este es un mensaje optimista que nos da la neurología”, añade. “El talento no está antes, sino después de la educación. Se puede generar mediante la educación y eso es lo que le da una importancia tan absolutamente vital”.

Que no hay, entonces, genio improvisado. Que lo que hay son miles de horas de trabajo. Que lo que hay es un entrenamiento y un esfuerzo personal bien gestionado.

Con lo mejor que tengamos

En los albores del siglo XX, Marie Curie se afana en un hangar abandonado que hace las veces de laboratorio. Se afana y se desgasta hasta la extenuación para extraer el radio que se halla en la pechblenda, del que hacen falta varias toneladas para obtener apenas unos miligramos de radio lo suficientemente puro. En esos días de su historia, Marie ya está tras la pista de lo que tiempo más tarde supondría un descubrimiento de primer nivel, el desarrollo de la teoría de la radiactividad y un Nobel en Física (que no sería el único). Reconocimiento, popularidad, prestigio, admiración. Todo eso lo vivió la científica polaca. Y también lo que vino después. El escándalo público cuando se enamoró de Paul Langevin. Una tormenta devastadora sí, pero no un “hundimiento existencial”, como lo define Françoise Giroud en una de las narraciones de la vida de Marie Curie que más me gustan.

Ahora, releyendo sus páginas, encuentro unos pasajes deliciosos, estremecedores otros. El recorrido vital de Marie Curie es, sobre todo, eso: vital. Tenaz, convencida de su propia valía, Marie lo expresaba rotunda por carta a su hermano: “La vida, al parecer, no es nada fácil para ninguno de nosotros. Pero hay que tener perseverancia y, sobre todo, confianza en sí mismo. Hay que creer que se está dotado para alguna cosa y que esta cosa hay que obtenerla cueste lo que cueste. Acaso todo saldrá bien en el momento en que menos lo esperemos”. Probablemente sin ser consciente del todo o sin saber muy bien en qué quedaría su titánico esfuerzo, se muestra decidida y aborda un trabajo de envergadura.

Verter, disolver, filtrar, precipitar, recoger, disolver… Y volver a empezar. La tarea la deja “rota de cansancio”, sin embargo, la científica encuentra en su desempeño “esa cosa” para la que está dotada. Y así, la periodista francesa autora de esta biografía que conservo desde hace años describe aquel entorno austero y sobrio que rodea el durísimo trabajo de Marie Curie con kilos y kilos de pechblenda: “Orden, disciplina, silencio -no soporta el ruido-, felicidad también. Felicidad absoluta”.

Luego vinieron los aplausos, los premios y todo lo demás. “El éxito”, “la gloria”, he leído en otros textos. Cuenta Rosa Montero en “La ridícula idea de no volver a verte” que a Marie “debía de gustarle el éxito (…) no ya por humana pero hueca vanidad, sino porque ese éxito, en ella, suponía el reconocimiento de quien era. En este libro original en el que la escritora cruza “coincidencias” -historias personales y emociones con las historias personales y las emociones de Marie Curie-, Rosa Montero concluye que el éxito en esta mujer suponía que “por fin la admitían, por fin conseguía ser vista después de tanta lucha”.

Otras miradas se depositan en el Nobel, en los Nobel mejor dicho. En el resplandor o el esplendor de los premios. O en las extraordinarias aplicaciones de sus descubrimientos. Y a mí me llama la atención al leer a Giraud y a Montero, cómo a la científica le dice poco el lustre de los galardones. Marie anda más interesada en las consecuencias prácticas: laboratorio mejor equipado, más instrumental, nuevos alumnos. Más investigación, más estudio, más aprendizaje. El éxito para ella -me parece entender- es más esa realización personal que da sentido al esfuerzo y al desgaste. Un éxito que supone reivindicarse y ocupar su lugar en el mundo científico.

“Acaso todo saldrá bien en el momento en que menos lo esperemos”, escribía Marie, en plena superación de obstáculos. Ese “acaso”, ese “tal vez”, “quizás”, previene las decepciones y deja abierta la posibilidad del resultado esperado. Mientras tanto, -parece decir- vamos a la faena con lo mejor que tengamos.

“Homo empathicus”

Marina tiene quince años y es alumna de un instituto de Girona. Está contando en la radio peculiaridades de su centro que lo hacen diferente a otros. Dice que con sus compañeros se organizan para salir a “ayudar a la comunidad”. Detalla que han formado diferentes “grupos de servicio” para echar una mano a la gente. Por ejemplo, unos dan soporte escolar con clases de refuerzo a críos a los que les cuesta sacar la tarea adelante. Otros se relacionan con ancianos que viven en geriátricos o en sus casas para ofrecerles compañía, contarse cosas o cargarles las bolsas de la compra. Y me pareció entender que hay quienes se ocupan también del mantenimiento de las instalaciones del propio instituto. Lejos de parecerles una lata todo esto, explica que les gusta salir fuera, no quedarse “encerrados en clase”, “estar con la gente”. Habla de un “sentimiento bonito”. A la directora del centro, Yolanda, la escucho expresar con claridad esta reformulación -sin embargo compleja- de la educación: “No educamos para el futuro, sino para practicar valores que ahora son necesarios y que son eficaces”.

A la directora del centro, Yolanda, la escucho expresar con claridad esta reformulación -sin embargo compleja- de la educación: “No educamos para el futuro, sino para practicar valores que ahora son necesarios y que son eficaces”.

Este instituto, del que no retuve el nombre, forma parte de una red mundial de escuelas de primaria y secundaria reconocidas por Ashoka, la organización de emprendedores sociales. Las llaman “Escuelas Changemaker”. Por lo que he leído en su web, son escuelas que educan también a los alumnos en habilidades como la empatía, el trabajo en equipo, la creatividad, el liderazgo y la resolución de los problemas. “Sus chicas y chicos son capaces de empatizar con los problemas de los demás y de aportar soluciones innovadoras”.

Dice Jeremy Rifkin que la empatía global es la que podría evitar el desmoronamiento de la civilización. Este sociólogo y economista, asesor de varios gobiernos, hablaba hace unos años de la Tercera Revolución Industrial (el Foro de Davos ya abordó este año los retos de la cuarta revolución industrial) y de cómo el Internet de las cosas determinaría sociedades colaborativas. En un libro que publicó en 2010 proponía una nueva interpretación de las civilizaciones “examinando la evolución empática de la humanidad”. Según señalaba, “descubrimientos recientes en el estudio del cerebro y del desarrollo infantil nos obligan a replantear la antigua creencia de que el ser humano es agresivo, materialista, utilitarista e interesado por naturaleza”. Para Rifkin, “la conciencia creciente de que somos una especie esencialmente empática tiene consecuencias trascendentales para la sociedad”. Tanto es así que, de la misma manera que observa la influencia de la evolución de la empatía en nuestro desarrollo como especie, apunta a ella como la que “probablemente determinará nuestro destino”.

A mí me gusta cómo se refiere a la evolución humana el paleontólogo Ignacio Martínez Mendizábal. Me gusta especialmente cómo lo cuenta en el prólogo del libro de Loreto Rubio, “Os necesito a todos”. “El hecho -explica- de que la cooperación humana se base en la comunidad de ideales no es el único aspecto extraordinario de la conducta social humana. A diferencia del resto de criaturas sociales, nuestra colaboración no se basa exclusivamente en nuestra programación genética, sino en nuestra voluntad”. Y más adelante añade: “Colaboración y libre albedrío, una combinación única en la historia de la vida”.

Esa forma de madurar echando una mano, esa educación experiencial de los alumnos del instituto, la voluntad colaboradora de nuestros antepasados que relata Martínez Mendizábal, la imagen de la naturaleza humana que empieza a surgir -dice Rifkin- con el descubrimiento del “Homo empathicus”. Nada de esto parece sentimental o ingenuo. La ciencia pone el acento en la utilidad, la eficacia y el progreso que supone aprender a ponerse en el lugar del otro, y querer hacerlo.

Elogiando la duda

Me despierta más interés la gente que de vez en cuando dice con modestia: “No sé, no lo tengo claro”. No digo que la duda tome el mando, me refiero más bien a permitir que la duda se cuele a veces entre rendijas, a no darlo por sentado, a repensarlo de otra forma, a remirarlo. Con el paso del tiempo veo la bondad de planteamientos que se sostienen, que se convierten en brújula. Pero otros, otros planteamientos abandonan seguridades y emergen como interrogantes. Ya no tan evidentes, no tan inapelables. Me acuerdo de Mario Bunge, el científico al que con noventa y tantos años a su espalda le leí aquello de: “He cambiado bastante de pensamiento”.

No digo que la duda bloquee la decisión. No decidir, para mí, no es ya decidir algo, sino indecisión. Lo que digo es que la determinación o la idea no queden sujetas, como constreñidas por una realidad que, sin embargo, de forma natural da continuos volantazos. Zygmunt Bauman, otro nonagenario considerado referente del pensamiento mundial, es el sociólogo que nos habló de la “modernidad líquida” para explicarnos cómo son las cosas en nuestra sociedad postmoderna “flexible y extraordinariamente móvil”, semejante al agua que contiene un vaso y que, con solo decantarlo, se modifica. Una realidad tan cambiante y tan desafiante que nos obliga a una adaptación constante, que nos empuja hacia nuevos enfoques, a revisarnos. El informe anual del Foro Económico Mundial sobre el capital humano señala la “flexibilidad cognitiva” como una de las habilidades que serán más demandadas a los profesionales en 2020.

Llevo unas cuantas páginas leídas del libro que Victoria Camps publicó este invierno pasado titulado “Elogio de la duda”. Ahí expresa su deseo de “dar cuenta de la utilidad de la filosofía para aprender a dudar y, en definitiva, para aprender a vivir” -cosa natural para ella, que ha dedicado su vida a estudiar y a enseñar filosofía-. Según esta catedrática de Filosofía Moral y Política, “aprender a dudar es asumir la fragilidad y la contingencia de la condición humana que no nos hace autosuficientes”. Aunque -añade- “no podemos dudar de todo ni empezar de cero a cada rato. Existe un núcleo de verdades (…) logros conseguidos por la humanidad a lo largo de los siglos. No todo se ha hecho mal y tiene que ser revisado”. Camps aclara que no quiere hablar de la duda “derivada de la falta de seguridad en uno mismo”. O esa clase de duda que inmoviliza o te deja empantanado, indeciso. A la que se quiere referir es a la duda que nace “de la debilidad intrínseca a la condición humana, a sujetos que se saben vulnerables y dependientes”.

En este primer capítulo que tengo entre las manos, me llama la atención la alusión a la experiencia y a cómo esta “nos da de bruces con la duda”. Aquí descubro a Montaigne, que por lo visto andaba preocupado por “saber vivir bien la propia vida”. Por eso, se leyó a fondo a los clásicos, no para desarrollar teorías, sino para ver cómo vivían, qué apreciaban, qué preferían. Lo que este pensador encontraba interesante y útil eran “las vidas sencillas”, “las anécdotas cotidianas”, que para él eran “fuente de conocimiento”. Las dudas y el sentido común conducen a Montaigne a tratar de conocerse. Esto -afirma- “es lo más saludable” para él y para los demás.

Dudar -en la línea de Montaigne- es un ejercicio de modestia -dice Camps-, “es una actitud reflexiva y prudente que busca la respuesta más justa en cada caso”. Y que se apoya en las vivencias. Es entender la sabiduría no tanto como una acumulación de certezas, sino de experiencias.

El baret de Miquel

Miquel Ruiz es un reputado cocinero valenciano que cada mañana hace la compra en el mercado de Denia, donde vive y trabaja. Luego se dirige a su bar familiar, que se llama El Baret de Miquel Ruiz, y allí cocina. “Baret”, al parecer, es el diminutivo de “bar” que utilizan los valencianos. Me suena, quizás, a lo que en Canarias llamamos “bareto”. A ver si alguien me lo puede aclarar. Podría ser un restaurante, un gastrobar o denominarlo de alguna otra manera, pero no. Él ha preferido que sea un bar de pueblo, lo que siempre fue, con “sillas desparejadas y servilletas de papel”. Miquel quiso ser cocinero desde que era pequeño. Aprendió con su madre, se formó en una escuela en Barcelona y hace eso que es tan gastronómico en nuestros días: reinterpreta la receta tradicional. El precio medio por comer aquí oscila entre los 15 y los 30 euros por persona, según leí. Si no equivoco las fechas, El Baret lleva funcionando cuatro años con lleno absoluto y reservas con meses de antelación. No es de extrañar su cocina estrella, porque este cocinero es de los de las estrellas Michelin.

Su historia, sin embargo, me ha atrapado no tanto por el brillo de las estrellas como por su renuncia a ellas.

En la prensa le han dedicado varias páginas y ahí le he conocido. Leyendo El País supe que “uno de los secretos que revela el éxito de la sencillez de El Baret reside en el escarmiento”, el desengaño. Miquel Ruiz fue jefe de cocina del restaurante El Girasol, que obtuvo dos distinciones. Después montó La Seu y a los pocos meses de abrir logró una estrella Michelin. Algo inusual en la forma de proceder de la guía gastronómica, según cuenta la noticia. Así que los expertos, por lo visto, ya daban por hecho que llegaría la segunda estrella. Miquel sintió “la presión y la servidumbre” también. Y cortó por lo sano: se apartó de la competición.

Cuando habla de aquella experiencia, el cocinero no se anda con medias tintas: “Aquel viaje a la perfección casi acaba con nosotros. Ahora somos organizados pero más informales”. Algunas de sus declaraciones son de las que ayudan a activarte las neuronas. “Quería cambiar de vida, ser feliz sin tantas complicaciones”. “Siempre en la cocina, pero sin perder la cabeza por competir con nadie, más que con uno mismo”.

Y al leer su experiencia he recordado, aunque malamente, un relato de hace muchos años que ahora trato de poner en pie. Venía a contar cómo un arquero, habilidoso y experimentado, disparaba por puro placer su flecha y siempre acertaba con precisión. Alguien se acercó y le ofreció un premio por acertar de nuevo en el centro de la diana. Fue entonces cuando su concentración vaciló y preso de los nervios erró en el disparo. Había perdido destreza porque ya no veía un blanco, sino dos.

Tengo la impresión de que el cocinero ha entendido el cuento. El periodista que visitó El Baret escribió que podría ampliar el negocio e incrementar beneficios, pero Miquel Ruiz tiene claro que “son las dimensiones que deben ser, no más”. “Nos ganamos bien así la vida”, y zanja la cuestión.

Lo de Miquel Ruiz más que filosofía, es determinación creo yo. Es una forma de entender la existencia o de reenfocar las cosas después de una mala experiencia. Y de tener la suerte de poder unir ambas y vivir de eso. Lo difícil es ensamblar los dos conceptos sin echar de menos nada en la decisión. Ni mayor prestigio, ni mayor beneficio, ni más influencia, ni más ambición.

Tomo nota del cocinero que “pasó de las estrellas” sin renunciar a brillar en su pequeño bar.

Currículum de fracasos

Tengo cierta inclinación a prestar mayor atención a quien habla desde su propia experiencia, desde su propio error. Me resulta más creíble, más provechoso, más inspirador. Johannes Haushofer es un profesor de la Universidad de Princeton, en Estados Unidos, cuyo historial educativo y profesional puede consultarse fácilmente en la web universitaria. Se trata de una larga lista de logros: una decena de premios, treinta y tantas publicaciones, varias investigaciones, participaciones en seminarios, conferencias, talleres, medios de comunicación… Un currículum extenso con referencias a su formación académica en la que aparecen nombres de universidades de peso como Oxford y Harvard, o el Instituto de Tecnología de Massachusetts. El brillante currículum, en fin, que cabe esperar de un docente universitario.

Sin embargo, Haushofer ha concluido que este currículum oficial no da cuenta real de su recorrido personal y profesional. Así que recientemente ha decidido publicar también su “currículum alternativo”. Lo anunció en su perfil de Twitter con pocas palabras: “Nueva publicación: ¡Mi Curriculum Vitae de fracasos!”. Y a continuación añadió el enlace al documento colgado en la web de su universidad. Cuando he mirado este tuit ya había sido retuiteado más de novecientas veces y contaba con otros novecientos “me gusta”. Imagino a toda esa gente con la misma curiosidad con la que yo he consultado el “currículum alternativo” del profesor.

“La mayor parte de lo que intento, falla”, comienza Haushofer este otro currículum. “Pero estos fracasos -dice- con frecuencia son invisibles, mientras que los éxitos sí son visibles”. El profesor universitario se ha dado cuenta de que puede dar la impresión al resto de la gente de que a él todo le va bien. Me llama la atención que Haushofer sienta que, a consecuencia de esto, quienes le lean y no reúnan semejante listado de éxitos, tiendan a “responsabilizarse a sí mismos por los fracasos”, en lugar de comprender que “el mundo es un lugar relativo, que las solicitudes que hacemos son imprevisibles y que los comités de selección o los jueces tienen días malos”. De manera que para “equilibrar” sus referencias y “proporcionar cierta perspectiva”, nos da cuenta de las “sombras de su carrera profesional”: programas de grado en los que no pudo entrar, puestos docentes para los que no fue seleccionado, becas que no le concedieron, premios que no recibió, artículos que le rechazaron y no pudo publicar o financiación que no le dieron.

El gesto del profesor, que me ha impresionado, no es el primero. Él mismo cita otros “ejemplos de currículums de fracasos” y explica que sigue la iniciativa de Melanie Stefan, otra docente de la Universidad de Edimburgo que ya había propuesto el “CV de fracasos”. En un artículo que publicó la revista Nature, Stefan argumentaba que “hacer públicas las dificultades que, en mayor o menor medida, todos los profesionales sufren en algún momento de su carrera, puede ayudar a otros a asimilar mejor los obstáculos que encontrarán”. Al tuit de Haushofer le han respondido otros con agradecimiento y compartiendo también experiencias de fracasos profesionales bajo el “hashtag” #CVofFailures. Luego he visto que con esta etiqueta hay una lista interminable de tuits.

Los éxitos los contamos, los difundimos, los engordamos incluso, pero tengo para mí que no calan como los fracasos. Las sobredosis de triunfos, de aciertos y trofeos en exclusiva se alejan de lo común, de lo que es genuino y devuelven una imagen más bien desfigurada como espejos de feria poco fiables. Cuando alguien desvela detrás de cada logro, un puñado -tal vez cientos de puñados- de grandes y pequeñas renuncias, de grandes y pequeños fracasos, no solo tiene un gesto de valentía, lo tiene también de generosidad y, sobre todo, de humildad. Y en esto sí encuentro una referencia sólida, real, universal.

Elogio de la imperfección

Messi asegura que no jugará más con la selección de su país, harto de no lograr el triunfo con ella. Y en medio de -al parecer- las miles de peticiones que ha recibido el jugador para que no abandone, leo con interés la carta que le ha remitido una maestra argentina. En el texto que han reproducido los periódicos deportivos, la docente explica que a sus alumnos ídolos del futbolista, les habla del “Messi que puede equivocarse hasta errando un penalti porque de fallas estamos hechas las personas y eso -añade- les muestra que hasta el más grande de todos los tiempos es imperfecto”. “No te rindas, no guardes la camiseta”, le pide la maestra en una carta extensa.

Esta noche, cuando he retomado la biografía de Rita Levi-Montalcini, he leído: “muchas veces estuve a punto de desistir”. La científica italiana explica con detalle en sus memorias el largo y complejo camino de su vida. Habla de su “natural inseguro y miedoso” en su infancia y adolescencia. Cuenta “lo poco sociable que era” y cómo la aversión que sentía por el deporte y la dificultad que tenía para relacionarse con las chicas de su edad, no hacían sino acentuar su “profunda sensación de aislamiento”.

Rebelada contra la supremacía masculina de los años treinta, todo su interés fue estudiar medicina. Para eso arrancó a duras penas el consentimiento de su padre no convencido del todo de la decisión, y con ese escaso respaldo paterno se consagró a los estudios. Tras doctorarse, una de sus primeras tareas fue estudiar “cómo y por qué procesos se forman las circunvoluciones del cerebro en los fetos humanos”. Cuando el profesor la llamó a su despacho y “examinó las preparaciones que debían mostrar tal cosa, éste las calificó de “porquerías” y le dijo que “decididamente, no estaba hecha para la investigación”. La científica recuerda con dolor cómo pasó automáticamente a la lista negra de los estudiantes a quienes el profesor calificaba de “necios”.

Tras dos frustrantes intentos logró, por primera vez, apasionarse con una nueva investigación pero los tiempos no acompañaron. En las páginas que llama “los años difíciles”, relata cómo en plena Segunda Guerra Mundial transformó su dormitorio en un laboratorio y cómo lo dispuso todo valiéndose de un instrumental modesto para continuar con sus experimentos. Cuando el conflicto se recrudeció se vio obligada a varias mudanzas y a vivir como refugiada en la clandestinidad, con cartilla de racionamiento, toque de queda y “faltando la luz, el agua y el pan”. Al terminar aquel horror, asegura que “no resultó fácil retomar la vida que tan brutalmente interrumpió la guerra”. Esa nueva vida comenzó y se desarrolló en gran parte en Estados Unidos en donde la neuróloga italiana pudo por fin, vencidos mil inconvenientes, entregarse a la investigación.

De aquel empecinamiento por investigar en “los años difíciles”, de continuar experimentando en medio de la calamidad, del “desprecio de los obstáculos”, de la superación de “complejos”, de todo esto que ella misma relata, llegó el descubrimiento: en 1952 identificó el factor de crecimiento nervioso por el que recibió el Nobel de Medicina junto a Stanley Cohen. Según he leído, ahora se estudia su posible utilidad en las enfermedades neurodegenerativas, como la enfermedad de Alzheimer.

De la lectura de la memoria de su vida me quedo con el último párrafo de la última página. Ahí concluye cómo su investigación científica “ha seguido una trayectoria tortuosa, imprevisible e imperfecta. Como tal -dice- es prueba de que la imperfección, y no la perfección, es la base del humano obrar”. De tanto revés, de tanto obstáculo, de tanto errar, ella -que fue premio Nobel- hace un “elogio de la imperfección”. El mismo elogio que la maestra pone en valor.

Una felicidad más palpable

Tim Guénard es un apicultor francés al que su madre abandonó atado a un poste de electricidad cuando tenía tres años. Cuando había cumplido los cinco, su padre le dio una paliza que le envío directamente al hospital una larga temporada. Después de aquel horror, anduvo viviendo como pudo en un orfanato, en la calle, hasta en un hospital psiquiátrico al que llegó por una confusión administrativa, y en un reformatorio donde aprendió a pelear. Así se plantó Tim en la adolescencia con más rencor acumulado del que podamos imaginar.

Me tropecé con la historia de este hombre que padeció terribles formas de violencia en “Levantarse y luchar”, de Rafaela Santos, quien le entrevistó para su libro. En la web del Instituto Español de Resiliencia puedes encontrar la entrevista completa. “Un día de lluvia -cuenta- Tim vio a través de la reja del jardín de una casa que un perro se había enredado en su propia cadena al dar vueltas sobre un árbol, y al quedar enganchado, no podía moverse ni resguardarse en su caseta”. En “la mirada de aquel animal indefenso vio su propio reflejo” y comprendió que “la rabia que sentía lo tenía encadenado”. Una jueza que atendió su caso le consiguió un trabajo como aprendiz de escultor de gárgolas. A partir de aquí tropezó con gente que le echó una mano y -sintetizando muchísimo su historia- le ofrecieron una salida a tanto dolor. Hoy día, Tim Guénard está casado, es padre de cuatro hijos, en un libro autobiográfico desnuda su existencia para contarnos qué es “Más fuerte que el odio”, y se declara feliz.

El término “felicidad” me resulta escurridizo y aún más, cuando lo encuentro vinculado a cierta ceguera de inmadurez. Esto es, una especie de felicidad vendida en eslóganes, basada en el cumplimiento de un logro, en la obtención de un deseo o en conseguir lo que quiera que sea.

Dice Zygmunt Bauman que “desde el paleolítico los humanos perseguimos la felicidad…, pero los deseos son infinitos. Y las relaciones humanas quedan secuestradas por esa manía de apropiarse de cuantas más cosas mejor”. Bauman, sociólogo, premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades en 2010, está considerado un referente del pensamiento mundial que va camino de los noventa y uno en plena lucidez mental. Él fue quien utilizó el concepto de “modernidad líquida” para explicarnos cómo son las cosas en nuestra sociedad postmoderna “flexible y extraordinariamente móvil”, semejante al agua que contiene un vaso y que, con solo decantarlo, se modifica. Ahora, esta expresión de “sociedad líquida” nos es familiar y te la encuentras con frecuencia a poco que navegues en la red.

En una entrevista de La Vanguardia que archivé hace un par de años, Bauman afirma que es “muy difícil encontrar una persona feliz entre los ricos”. Explica que el rico tiene una “tendencia obsesiva a enriquecerse más”, “nada les sacia, se colapsan, ¡catástrofe!”, añade. La periodista entonces le interpela: “¿La felicidad no es la suma de momentos de felicidad, como dicen algunos?”. “No -responde el sociólogo- la felicidad es el gozo que da haber superado los momentos de infelicidad. Haber logrado transformar tus conflictos, porque sin conflictos nuestras vidas, mi vida, hubieran sido un verdadero aburrimiento”.

Si me dieran a elegir, no estoy segura de preferir los malos tragos al aburrimiento. Pero lo que resulta incontestable es que los malos tragos, a veces de un amargo escalofriante, forman parte de la vida. Tratar de aferrarse a una felicidad que lo ignora, probablemente es abonarse a una espiral anhelante de infelicidad.

Sin embargo, la transformación del conflicto -que dice Bauman-, la superación del dolor -que experimentó Guénard- me hablan de una felicidad más palpable, más madura, más real, más vital.

Deseos y quereres

Ando envuelta en la lectura de un libro que me autorregalé hace unos meses y que me atrapó por la carátula robusta y decorada, por la tipografía, por el rojo brillante del canto de las páginas, por la delicadeza de las ilustraciones…, hasta por su tamaño grande y pesado. Ese marketing tan estudiado en las ventas que me atrapó. Es la edición completa de Alicia, de Lewis Carroll, en una nueva reimpresión. Una más en los ciento cincuenta años de reimpresiones de este libro tan antiguo. Y tan conocido incluso entre quienes no se han zambullido en sus páginas. El autor del prólogo de esta edición explica que en ocasiones se ha dicho que los libros de Alicia han sido “el origen de toda la literatura infantil posterior”. No sé si será así, pero este libro no me parece que sea solo cosa de niños.

El relato es trepidante y a la protagonista del cuento -como se sabe- le ocurren, una tras otra, cosas disparatadas y sin embargo, algunas de las cuales cargadas de sentido. En uno de los episodios que narra, la protagonista va buscando una salida cuando de repente, se sorprende al ver a un gato que sonríe ampliamente, sentado en la rama de un árbol. Para continuar con conversaciones imposibles, Alicia le pregunta al gato: “¿Por favor, podría indicarme qué dirección he de seguir? “Eso depende -le contesta el gato- de adónde quieras ir”. “No me importa el lugar…”, dijo Alicia. “En ese caso -responde el gato-, tampoco importa la dirección que tomes”. Me sorprende la intensidad de este diálogo en un libro que no digo que no sea infantil, pero que no es solo para gente menuda.

Los deseos y los quereres, o cuánto importan. Esto me sugirió a mí.

Pilar Jericó es una experta en liderazgo y gestión del talento que sigo con interés, con experiencia en la innovación de más de doscientas cincuenta organizaciones de Europa y Sudamérica. Hace unas semanas ha publicado un libro en Alienta Editorial titulado “¿Y si realmente pudieras?”, en el que aborda el poder de la determinación y qué la sostiene. Qué es lo que hace que alguien encuentre la dirección de salida y no solo toque un sueño, un propósito, con la punta de los dedos sino que lo abrace y lo estreche firmemente. En uno de los epígrafes cuenta cómo el ascenso al Everest era una “cuestión nacional en la Inglaterra de principios del siglo pasado”. Por eso, -explica- “no es de extrañar que muchos escaladores quisieran ser los primeros en coronar la cima del mundo y que recogieran fondos para un desafío tan elevado (en todos los sentidos)”. Entre esos aspirantes figuraba George Leigh Mallory que, mientras buscaba financiación en América para su objetivo, fue interrogado por los motivos. Despertaba una enorme curiosidad qué podía mover a una persona a escalar los casi ocho mil ochocientos cincuenta metros que tiene esta montaña. El texto recoge la escueta entrevista así: “Señor Mallory, ¿por qué quiere subir al Everest? Porque el Everest está ahí”. La escritora la describe como “una respuesta muy británica” que traducida a un lenguaje de la calle sería “porque me da la gana”. Cuando se tiene claro el deseo y la convicción -dice- no hay que dar muchas explicaciones.

En medio de la multitud de títulos que se expresan desde la afirmación, Pilar Jericó hace su propuesta desafiante, retadora, desde la interrogación, como esperando solo la respuesta íntima y personal que cada cual pueda dar.

Desear y estar convencido de querer. Y antes, según yo lo veo, saber qué desear o no desear, qué querer o no querer. Lo que parece claro es que no es posible avanzar sin destino y sin dejarse la piel.

Profesionales excelentes

Howard Gardner afirma rotundo: “Las malas personas no pueden ser profesionales excelentes”. Aún más: “No llegan a serlo nunca”. Y el periodista de La Vanguardia que le entrevista le replica con sorna: “A mí se me ocurren algunas excepciones…”. Pero el científico de Harvard, descubridor de la Teoría de las Inteligencias Múltiples, le responde con datos en la mano. “Inicié un experimento, el Goodwork Project, para el que entrevisté a más de 1.200 individuos”(…)”Lo que hemos comprobado es que los mejores profesionales son siempre excelentes, comprometidos y éticos”.

En las nuevas teorías del liderazgo y la gestión de los equipos de trabajo hay una expresión que, no solo por reiterada, me llama mucho la atención y es esta: “desarrollo personal y profesional”. Cada vez que se hace referencia a un plan estratégico o a un proyecto de formación que propone ámbitos de mejora para ser más competitivos, más eficaces, para ser excelentes en definitiva, se insiste en esta idea. Y ambos términos “personal” y “profesional” aparecen de la mano. Digamos que, de entrada, se reconoce el crecimiento de un individuo en el ámbito profesional si lo acompaña en la misma medida otro crecimiento en aspectos muy personales.

La forma de organizar el trabajo que se abre paso en medio de nuestra revolución digital va apoyándose mucho más en personas profesionales que en profesionales a secas. El Foro Económico Mundial es una fundación sin ánimo de lucro que se reúne anualmente en el Monte de Davos, en Suiza, y allí, líderes mundiales, empresariales, científicos, periodistas…, analizan problemas globales apremiantes. Seremos testigos -dicen- durante la próxima década, del cambio tecnológico más extraordinario y rápido de los últimos cincuenta años. “Los avances en todas las ciencias, desde la robótica y la genética a la comunicación y las ciencias sociales, no dejarán ningún aspecto de la sociedad global sin tocar”. En el ámbito laboral -según calculan- en los próximos cinco años tendrá lugar una revolución sin precedentes porque el salto de la inteligencia artificial trastocará el empleo mundial.

Si te interesa, hay abundante información sobre el último informe del Foro de Davos 2016 basado en el dominio de la cuarta revolución industrial y su larguísima sombra. Lo que quiero destacar aquí es el apartado en el que se refiere a las habilidades más demandadas para los profesionales del futuro. Que dicho así da la risa porque ese futuro lo establecen en 2020, o sea, ya. Entre esas competencias, las tres primeras tienen que ver con la capacidad de resolver problemas complejos, pensamiento crítico y creatividad. Le siguen, gestión de personal, coordinación con otros trabajadores e inteligencia emocional. Y así hasta un total de diez. Todas, a mi modo de ver, tienen esa mezcla sutil e indiferenciada de fibra personal y conocimiento técnico. No solo conocimiento técnico.

Por eso, -entiendo- el plus de excelencia que buscan las organizaciones para competir está en la persona misma, en su capacidad para crear, para entender y hacerse entender; para adaptarse, ser flexible o pensar por sí misma; para escuchar, negociar y acordar; para ponerse realmente en el lugar de los demás y cooperar; para innovar, para servir, para inspirar.

Por eso, no se puede ser excelente como profesional y un mal bicho como persona, como preguntaba con inteligencia el periodista a Gardner. Porque la excelencia, que es lo que buscan las organizaciones, las empresas, las compañías de ese futuro de pasado mañana, no se alcanza, dice el científico, “si no vas más allá de satisfacer tu ego, tu ambición o tu avaricia. Si no te comprometes con objetivos que van más allá de tus necesidades para servir las de todos”. “Sin ética puedes llegar a ser rico o técnicamente bueno, pero no excelente”.

Soledad creadora

Una de las claves del éxito de Apple es que se trata de una organización “increíblemente colaborativa”. A esto atribuía Steve Jobs el triunfo de la multinacional estadounidense, la empresa líder en el diseño y la producción de equipos electrónicos y software. Por eso -explicaba- no tiene comités de nada, sino que cada persona se responsabiliza de un área y luego se reúnen algunas horas a la semana para hablar de lo que están haciendo, de cómo va el negocio. “Y así, -decía- tenemos un excelente trabajo en equipo desde la cima de la compañía”. Según Jobs, ese trabajo depende de confiar en los demás, o sea, confiar en que cada uno hará su parte del trabajo sin necesidad de ser supervisado. Y trabajar todos al mismo tiempo, simultaneados y manteniéndose actualizados.

En una entrevista realizada un año antes de fallecer, se mostraba orgulloso de saber cómo repartir las tareas. De hecho, se vanagloriaba de hacer muy bien esto. Explicaba que sus días consistían en reunirse con grupos de personas “y trabajar en ideas y resolver problemas para crear nuevos productos”. El periodista le pregunta con desparpajo si la gente estaba dispuesta a decirle en qué se equivocaba. Jobs -al que le acompañaba fama de soberbio- sonríe, asegura que le expresan “excelentes argumentos” y parece aceptar que “no siempre puedes ganar”.

Somos seres sociales y en esa interacción social el potencial de los talentos se multiplica. La inteligencia colectiva funciona, creo yo, más allá de la suma de las inteligencias personales y en la colaboración surgen ideas mejoradas y soluciones, alternativas o salidas extraordinarias y jugadas redondas, impensables sin el codo a codo.

Sin embargo, antes de compartir esos momentos, de sentarnos juntos y hablarlo, o discutirlo, o acordarlo o lo que sea. Antes de todo eso -o quizás al mismo tiempo- está la soledad. La fructífera y necesaria soledad. El momento personal, el íntimo, reconfortante, restaurador, fecundo. No digo la soledad forzada o forzosa, porque esa es la que no encuentra a los demás. Me refiero más bien a la soledad voluntaria, buscada. La aliada de uno mismo porque es donde puedes recrearte una y otra vez. La soledad que es fuente de creatividad también.

Susan Cain es una escritora estadounidense autora de un libro titulado “El poder de los introvertidos”. Su charla TED del mismo nombre, que acabo de consultar en Internet, ha sido vista trece millones y medio de veces. Y en algún sitio he leído que es una de las favoritas de Bill Gates, el otro gigante de la revolución digital. Pues bien, esta abogada defiende espacios de introspección para que no se pierda el talento de los introvertidos, la gente a la que le cuesta más “responder a la estimulación social”. “Tenemos la creencia -dice- de que toda creatividad y productividad proviene de un lugar extrañamente sociable”. No obstante, “la soledad a menudo es un ingrediente crucial de la creatividad”. De manera que la clave, según Cain, es “estar en la zona de estimulación más adecuada para cada uno”. Yo añadiría, en el momento oportuno para cada uno. A veces, en equipo. A veces, en soledad.

Me parece que la soledad importa tanto como importan los demás. Para que en el intercambio posterior -o quizás simultáneo- haya algo que intercambiar, algo que donar. No hay trabajo en equipo si no hay trabajo personal.

Gracias a Susan Cain he sabido que Apple, promotor del trabajo en equipo, dio su primer golpe de timón gracias al trabajo personal. Steve Wozniak, cofundador de la compañía y reconocido como un genio de la ingeniería, inventó el primer ordenador personal “encerrado en su cubículo de Hewlett Packard, donde trabajaba”, y lo hizo en soledad. Luego, lo compartió con los demás.

El talentismo

“Ha llegado la hora de la solidaridad en el mundo de la empresa”. La afirmación es rompedora y la pronuncia con convicción Juan Carlos Cubeiro, que es uno de los expertos españoles en liderazgo y gestión de los recursos humanos con mayor proyección internacional. Cubeiro es de los que aseguran que la crisis y los cambios a que nos obligan estos tiempos no son pasajeros, que estamos ante un cambio de era y eso supone transformaciones de calado profundo.

En un libro que escribió en 2012 ya hablaba del nacimiento de un inédito orden económico y social sustentado en el valor del talento, y que anuncia la evolución hacia un nuevo orden de cosas. “Del capitalismo al talentismo” lo tituló, para evidenciar ese progreso que observa tan claramente. Me llama la atención cómo se apoya en La Gioconda, el célebre cuadro, para buscar la analogía con este casi renacimiento de nuestra cultura (o sin casi). En una entrevista que publicó El País, el responsable del departamento de pintura italiana del XVI en el Museo del Louvre de París, Vincent Delieuvin, comentaba que La Gioconda parecía “una muerta” y que la pintura “está desapareciendo poco a poco”. “Si no se hace algo -decía el técnico- la enferma empeorará”. El caso es que la imagen “es gris, sin color”, con “síntomas de fatiga”, añadía. Al parecer, el retrato más famoso del mundo, obra de Leonardo da Vinci, ha ido acumulando porquería con el paso del tiempo y está afectado por la suciedad, por eso, ya no vemos los colores originales. Y por eso, también explica, “cuando la gente ve La Gioconda del Prado, tan limpia (tan luminosa) no se lo pueden creer”.

De esta metáfora se sirve Juan Carlos Cubeiro para explicar cómo “va muriendo lo viejo y va naciendo lo nuevo”, y cómo se hace necesario intervenir para sobrevivir. Eso nuevo es “la era del talentismo”. Un mundo protagonizado por un desarrollo tecnológico sin precedentes y una globalización acelerada en el que, insiste este profesor de escuela de negocio, “el valor más importante ya no está en el capital, sino en el talento individual y el talento colectivo”. Esa es, dice, “la nueva riqueza de las naciones”. Lo sorprendente para mí ha sido descubrir la cualidad que Cubeiro apareja al talentismo: la solidaridad. Lo explica refiriéndose a los blogueros más famosos en internet, gente que aporta, que ayuda, personas generosas compartiendo lo que saben. Y cita el ejemplo de Google entre las compañías que logran triunfar con modelos de negocio gratuitos que al mismo tiempo son muy rentables. No es fácil, reconoce. Este modelo solidario está conviviendo con otro “más avaro, más mezquino”, pero asegura con sólida rotundidad que “quienes se llevarán el gato al agua serán las personas generosas y las empresas solidarias”.

A cuenta de este planteamiento, he vuelto a localizar las declaraciones de un científico alemán llamado Gerald Hüther, que ya en su momento retumbaron en mi cabeza. Según Hüther, neurobiólogo de la Universidad de Gotinga, en Alemania, “la competencia y la guerra han impulsado grandes innovaciones. Sin embargo, lo que nos mantiene unidos a la naturaleza y a los demás es el amor, pese a la competencia”. Este investigador afirma que “estamos a punto de agotar nuestros propios recursos naturales” y la única perspectiva de supervivencia es “el compromiso en equipo y la creatividad participativa”. La conversación con la periodista está recogida en la web de SINC, una agencia pública especializada en información sobre ciencia, tecnología e innovación en español.

Cubeiro habla de la evolución del talento, la generosidad y la solidaridad. Hüther, directamente del amor. Un especialista en “management” y un científico apuntando en la misma dirección. Para tomar nota, ¿no?

A qué esperar

Detecto un empecinamiento por el logro. Por conseguir el objetivo trazado, la meta marcada. Hay como una proliferación de gente empeñada en ayudarnos a conseguir, sí o sí, lo que nos propongamos. El “tú puedes” ese, insistente, que pone más el acento en obtener lo que sea que en aceptar con deportividad que no siempre se puede. Ese mensaje obstinado en hacer depender de las propias fuerzas o de las ganas propias la consecución del resultado esperado. Como si pudiéramos echarnos sobre nuestra espalda semejante anhelo, sin considerar otros factores, otros elementos. Inconvenientes y tropiezos que forman parte del juego y que no manejamos, mucho menos controlamos. Pero que determinan la partida.

Me resisto a pensar que no hay un paso intermedio entre pelear un destino mejor y celebrar lo que ya se tiene, entre un “a por más” y un “es suficiente”, entre la ambición y la aceptación. Entre la satisfacción de conseguirlo o la consolación de haberlo intentado. Y que en ese recorrido, mientras tanto, podamos ir valorando sin estar esperando.

Hay un cortometraje canario que no me canso de compartir, interpretado por las actrices canarias Nieves Betancort y Marga Torres, dirigido por Ismael Curbelo. Se titula “Las Esperas”. Fue el ganador de la primera mención de la I edición de Canarias Rueda en Lanzarote en 2003 y lo puedes encontrar fácilmente en Internet. La cinta apenas dura tres minutos. La escena discurre en un cementerio de la isla donde predominan las palmeras y la blancura de las sepulturas sobre la negra tierra volcánica. Abuela y nieta, que visitan juntas la tumba del abuelo fallecido Antonio, mantienen una interesante conversación sobre “las esperas”.

Voy a reproducir parte del diálogo, que es riquísimo. No obstante, es mucho mejor que busques el vídeo y veas la interpretación completa. Sara, la nieta, se interesa por la vida de sus abuelos y la abuela responde con inconfundible acento canario: “Ay, mi niña, hubo de todo, pero sobre todo mucha espera”. “¿Qué quieres decir con mucha espera?”, pregunta Sara. “Pues que desde pequeños nos convencemos a nosotros mismos de que la vida después será mejor”. Y la abuela lo explica: “Tú crees que cuando termines tu carrera y encuentres un trabajo serás más feliz que ahora, ¿verdad? (…). Yo me casé convencida de que por fin iba a encontrar la felicidad, pero luego decidí esperar hasta tener mi propia casa. Luego, hasta tener mis hijos. Y luego hasta que mis hijos fuesen mayores. Y luego hasta que me jubilara. Convencida de que cada uno de esos deseos era lo único que me faltaba para ser feliz. Y de esta forma la vida pasa ante tus ojos esperando el tren de la felicidad que nunca llega”.

La nieta concluye: “Entonces no fuiste feliz”. “¡Claro que sí, mi niña!”, responde la abuela. “Hubo momentos de felicidad, pero me perdí otros muchos por no saber reconocerlos. ¿Sabes lo que he aprendido después de todos estos años? Que la felicidad no llega cuando conseguimos lo que deseamos, sino cuando sabemos disfrutar de lo que tenemos. Sara, atesora cada momento de tu vida y recuerda que el tiempo no espera por nadie. No hay mejor momento para la felicidad que justamente este. Si no es ahora, ¿cuándo, mi niña?”.

Esta es la complejidad de la vida. Incertidumbres, desasosiegos, reveses desafiándonos. Y deseos no siempre cumplidos y compensaciones no siempre justas. Y ahí andamos como esclavizados, esperando, a ver si se cumplen los sueños, si lo logramos. Por eso, seguir alimentando el resultado por el resultado me parece un buen abono para el fiasco o el desengaño. Personalmente prefiero subrayar el valor del intento sin regatear el esfuerzo para, quién sabe, lograrlo o no lograrlo.

Inteligencia mética

Messi es un genio. Escucho hablar a los futboleros, que no escatiman en las etiquetas: es un mago, un artista. Incluso los que están en las antípodas del Barça, incluso los más críticos, los que sienten un completo desafecto por el equipo catalán -incluso estos-, dicen que Messi es una especie de extraterrestre en lo suyo. Y en el intercambio de opiniones, una periodista afirma con rotundidad: “La carrera deportiva de Messi acabará no cuando pierda la fuerza, sino cuando pierda la imaginación”.

Leyendo el último libro de Daniel Solana, “Desorden”, he descubierto una explicación a esto que los entendidos en fútbol ya no saben ni cómo calificar, de tan extraordinario que es el juego del argentino. Solana es un creativo publicitario. Dicen de él que es una de las figuras más relevantes de la nueva comunicación publicitaria. En 2004, la agencia que dirige desde hace casi veinte años recibió el máximo galardón digital que otorga el Festival Internacional de Creatividad de Cannes. Este escritor, especialista en el mundo del márketing, ha elaborado un libro preñado de conceptos y autores. Lo ha escrito a base de “capas”, no de capítulos. Ya por esto llama la atención. Y desde el título desafía a los lectores afirmando que “el éxito no obedece a un plan”.

“Nos proponemos planes. Nos enseñan a planificar objetivos y la vida misma”, explica. Sin embargo, “la vida está salpicada de oportunidades y circunstancias sobre las que no tenemos ningún control”. Y muchas veces -y aquí viene lo interesante- “se trata de no perseguir obsesivamente esos objetivos, sino dejarnos llevar, saber aprovechar cada una de las oportunidades que nos vamos a encontrar”. Por eso, dice Solana, el desorden (la incertidumbre, como en el juego) es un entorno capaz de sacar de nosotros habilidades y capacidades que tienen que ver con la exploración: el ingenio, la creatividad, la sagacidad, la flexibilidad, el acecho, la intuición, el sentido de la oportunidad. Y todas estas competencias se ponen en marcha cuando utilizamos la inteligencia mética.

Leyendo a Daniel Solana he sabido que la mética es una inteligencia que utilizaron los antiguos griegos, al menos durante cuatro o cinco siglos, y que les permitía tomar decisiones acertadas en entornos imprevisibles. La metis “no es una forma de inteligencia racional, pero sí es una forma de inteligencia más compleja que nos permite abordar multitud de situaciones”. La inteligencia lógica nos sirve para entornos más previsibles. La mética, para la incertidumbre.

El futbolista Leo Messi destaca por su enorme inteligencia mética. Según Solana, el jugador “toma decisiones instantáneas guiado por su olfato, su intuición creativa y su experiencia. Sus decisiones en el juego son sumamente inteligentes, pero en ellas no emplea su racionalidad lógica. Si hace una jugada genial y se le pregunta cómo y por qué la hizo, no lo sabrá explicar”. Con muy poca información toma la decisión correcta, utiliza su inteligencia instintiva a través de un juego imprevisible. Cuánta razón tenía la periodista. Messi no es un atleta fuerte, ni falta que le hace porque es el dueño de su creatividad.

En algún momento de nuestra historia dejamos aparcada la inteligencia mética y decidimos apostarlo todo a la razón. A la vista está que en ese instante perdimos una de nuestras mejores bazas. Usamos la cabeza fría y la elevamos a la categoría de la lógica pretendiendo un control, a veces, escurridizo.

La buena noticia, según cuenta Solana, es que permanece ahí, intacta. Todos somos méticos, todos tenemos esa parte más intuitiva. Proponer desde la intuición no es de las cosas mejor vistas y, sin embargo, en ella pueden estar las jugadas geniales. En tiempos inciertos siempre nos quedará nuestro olfato inspirador. El mismo que tiene Messi para el gol.

La excelencia

Ha llegado a mi correo un post en el que el autor reclama una “segunda alfabetización”. Lo firma un profesor de Secundaria y Bachillerato llamado Francisco Riquelme. En su artículo, el docente expone que los profesores sienten la “necesidad sincera” de reciclarse, que “hace falta formación”, pero que “sobre todo hace falta un reciclaje como personas”. “Y eso -explica- es otro nivel de formación”. En el artículo publicado en INED21, que es un portal digital de educación y aprendizaje, este profesor afirma que “con frecuencia caemos en una carrera formativa, que a veces es incluso neurótica, por saber más y más”. Habla de “furor formativo que aumenta el estrés por ser mejores profesionales”. No obstante, y esto es en lo que yo me detengo, asegura que para afrontar los conflictos en el aula y mejorar como docentes necesitan “algo diferente”. Y ese algo diferente -señala- tiene que ver con que logren “sentir que encajan en el aula y en la vida”.

En el artículo publicado en INED21, que es un portal digital de educación y aprendizaje, este profesor afirma que “con frecuencia caemos en una carrera formativa, que a veces es incluso neurótica, por saber más y más”. Habla de “furor formativo que aumenta el estrés por ser mejores profesionales”. No obstante, y esto es en lo que yo me detengo, asegura que para afrontar los conflictos en el aula y mejorar como docentes necesitan “algo diferente”. Y ese algo diferente -señala- tiene que ver con que logren “sentir que encajan en el aula y en la vida”.

En los siguientes párrafos hace afirmaciones tales como que “mientras perseguimos más saber externo, lo que necesitamos es saber interno”, o que “nunca antes la humanidad había atesorado tanto conocimiento” y que, sin embargo, “para resolver los grandes problemas del mundo no necesitamos más matemáticas, lengua, física…”, sino “desarrollar la empatía” o “aprender a cooperar”. Habla de “tender puentes entre la mente y el corazón”. A mí se me antoja que la reflexión del docente podría alcanzarnos a cualquiera en cualquier oficio.

Daniel Goleman, el autor del bestseller “Inteligencia emocional”, publicó unos años después “La práctica de la inteligencia emocional”. Otro libro del que se esperaba que también revolucionara el universo empresarial y profesional, porque Goleman redefinía el criterio del éxito en el trabajo y las prioridades esenciales de las empresas. En esta obra, el autor refleja el resultado de numerosos estudios sobre organizaciones y la información que obtuvo de sus conversaciones con directores empresariales de todo el mundo. Ese resultado no fue otro que desvelar “las aptitudes que definen a los profesionales más competentes”. Y todo para concluir que “desde los puestos de trabajo más modestos hasta los cargos directivos”, el factor determinante para la excelencia profesional “no es ni el cociente intelectual, ni los diplomas universitarios, ni la pericia técnica. Es la inteligencia emocional”.

A lo largo de esas páginas, el periodista norteamericano va haciendo un recorrido por las competencias de lo que llama “trabajadores estrella”. Es sorprendente cuando explica que las pruebas de admisión a la universidad subrayan la importancia del coeficiente intelectual, pero que, “por sí solo, difícilmente puede dar cuenta del éxito o fracaso en la vida” de una persona. Según Goleman, “aunque la pericia, la experiencia y el coeficiente intelectual tengan su importancia, son otros factores los que determinan la excelencia” en un oficio. Y aquí entra en un terreno íntimo del individuo: su nivel de conciencia de las propias emociones, o su capacidad para motivarse, para ponerse en el lugar de los demás o sencillamente para saber relacionarse con otros.

Tal importancia le concede a estas capacidades que asegura que “las emociones descontroladas pueden convertir en estúpida a la gente más inteligente”. El abanico de profesiones que abarca su teoría llega incluso a sectores científicos y tecnológicos donde parecería que lo primordial es un buen cerebro.

Lo que para Goleman está muy claro es que “por sí sola, la brillantez intelectual no conlleva al triunfo”. Una nota o un título son solo una parte. “Lo que marca la diferencia no es la potencia intelectual”. La excelencia en cualquier oficio está en “saber escuchar, colaborar, motivar a los demás o saber trabajar en equipo”. La misma diferencia, según creo, que nos ha revelado el profesor del artículo.