Ganar una vida

“Me has dado una vida, Daniel. Gracias”. Cuando el actor Miguel Herrán concluía así su intervención tras recibir el Goya al mejor actor revelación, tuve la sensación de que esa noche iba a ser difícil superar semejante agradecimiento tan profundo, tan definitivo. Desde hace unos pocos años para acá me he aficionado a ver la gala de entrega de los premios del cine español y no recuerdo unas palabras de tanto calado pronunciadas como si emergieran desde una sima.

En ese momento descubrí al joven intérprete de diecinueve años. El director Daniel Guzmán (que recibió el Goya a la mejor dirección novel) lo eligió para que protagonizara su película “A cambio de nada”. Hasta ese momento, Miguel dice que nunca había sido protagonista de nada. Cuando subió al escenario a recoger su estatuilla se expresó con la vivacidad de un muchacho emocionado y la hondura de quien probablemente ha dado un salto de madurez. “Dani: has conseguido que un chaval sin ilusiones, sin ganas de estudiar, sin que le guste nada, descubra un mundo nuevo y quiera estudiar, quiera trabajar y se agarre a esta vida nueva como si no hubiera otra”. El director le escuchaba atento, haciendo verdaderos esfuerzos por mantener a raya la emoción que sin más remedio se desbordó. A mí también me encandiló.

¿Qué historia personal acompaña al mejor actor revelación de este año? ¿Qué es eso tan grande que el cineasta Daniel Guzmán ha hecho por él?

En estos días, unos cuantos periodistas ya están empezando a desvelarnos algunas claves que explican un agradecimiento tan rotundo, tan conmovedor, en la gala de los Goya. He leído que fue un martes a las dos de la madrugada cuando Miguel y Daniel se tropezaron por primera vez. Miguel, litrona en mano, acompañado por “unos colegas”. Daniel en busca de alguien que diera vida a su personaje. El chico cuenta que lo reconocieron por su papel en la serie “Aquí no hay quien viva”, así que se hicieron fotos y pidieron autógrafos, pero no lo tomaron en serio. Es más, creían que el actor-director de cine “iba pedo” y los “estaba vacilando”.

Ni mucho menos. Daniel Guzmán llamó a Miguel e hicieron las primeras pruebas frente a la cámara. No resultó bien, el aspirante a actor no se estudiaba los guiones y la liaba. Así ocurrió varias veces. El director no solo no perdió la paciencia, sino que siguió confiando en las posibilidades del chico que había encontrado en la calle. A la quinta vez que lo convocó, Miguel cambió y cambió su destino.

“Era un tío al que no le hubiera importado nada estar vivo o muerto, no tenía nada que perder.” Es Miguel describiéndose. Lo ha publicado El Español, revelando quién era este chico antes de que Daniel Guzmán apostara por su capacidad. Ahí cuenta que deambulaba sin rumbo fijo. Repetidor de algunos cursos, no se consideraba un “Ni Ni”, sino un “ni ni ni ni ni” y lo aclara: “yo no hacía una puta mierda. Me consideraba el mejor porque sabía no hacer nada de puta madre”. La crudeza de su lenguaje destila ese amargo sufrimiento de quien afirma que “no estaba contento” con su vida y no le gustaba “quién era”.

El director Daniel Guzmán no solo le ha dado la oportunidad de ganar un Goya (que habría llegado o no). Le dio la posibilidad de encontrar un propósito y con ello, encontrarse a sí mismo. Lo que me admira de esta historia formidable que estoy conociendo es la generosa confianza del director en el potencial del prometedor actor. Su empeño en que Miguel llegara a ver lo que él ya estaba viendo: un puñado de talentos. Su empeño en que Miguel ganara una vida y nosotros un actor espléndido.

Encontrar lo que se ama (II)

Michael Phelps, el deportista que tiene veintidós medallas olímpicas -dieciocho de ellas de oro- quiere volver a competir. Tenía entendido que después de los Juegos de Londres de 2012, su intención era dejar la competición. Pero no, se está preparando para lanzarse de nuevo a la piscina. Es el hombre que ha ganado más medallas olímpicas, su botín ya le avala como el mejor nadador de todos los tiempos. ¿Quiere más medallas? Un reputado entrenador norteamericano llamado Jon Urbanchek dice que Phelps todavía puede nadar muy rápido, pero que no necesita más medallas de oro. Que “su motivación es disfrutar del deporte y atraer la atención del público hacia la natación”. Y añade, “se le ve maravillosamente bien en el agua”.

La carrera deportiva de Phelps tiene altibajos que, al tratarse de un nadador tan inmensamente reconocido, adquieren una notoriedad gigantesca. Ahora que he leído que está decidido a participar en los Juegos Olímpicos de Río, he sabido que en el año 2014 fue detenido por conducir al doble de la velocidad permitida y que su tasa de alcohol en la sangre casi duplicaba también la permitida. Total, que Phelps tocó fondo ese año y, al parecer, él mismo anunció en Twitter que se retiraba durante un tiempo para cuidarse a sí mismo. El caso es que la federación estadounidense de natación lo sancionó con seis meses de suspensión y no le permitió participar en los Mundiales de Natación que se celebraron el verano pasado.

“Si tengo que volver, lo tengo que hacer bien. Tengo que conseguir que mi cuerpo vuelva a estar en la mejor condición física”, transcribía una periodista su conversación con Phelps después de que este atravesara el periodo de rehabilitación. Y aunque no le dejaron estar en los Mundiales, sí participó en unos campeonatos americanos que se celebraban al mismo tiempo. Pues fue al mismo tiempo, en ese mismo mes de agosto, cuando consiguió la mejor marca mundial del año. O sea, que nadó más rápido que los que competían en los Mundiales y confirmaba, aun sin estar, que sigue siendo un número uno en la piscina. A la periodista le dijo: “Estoy contento conmigo mismo”.

Cuando en Londres deslumbró al mundo con su poderío de récords, recuerdo algunos reportajes que trataban de desvelar el secreto de la gesta, y uno concretamente que recogía, con cierta poesía, una técnica de entrenamiento: visualizar el estilo ideal de natación antes de irse a la cama. “Un riguroso ejercicio mental en el que se imagina cómo se desliza y se mueve al ritmo de las olas por el agua a tiempo real, brazada a brazada”. “Todas las noches nada en la oscuridad”, contaba la noticia, y al día siguiente “hace lo mismo en la piscina nadando con sus gafas pintadas con rotulador negro”. “Desde luego es un poco raro”, según explicaba Phelps. Lo hacían así “para sentir realmente la brazada”. Ya en aquel tiempo reconocía sus avatares, pero se aferraba a un “confío en mí mismo y estoy feliz”. E insistía: “Llevaba mucho tiempo sin sentirme así. Me siento feliz en el agua”.

Francisco Mora es un catedrático de Fisiología Humana del que conservo algunos artículos. A mí, que de Fisiología Humana no entiendo nada, sus explicaciones científicas acerca de cómo aprendemos en la etapa de la niñez me resultan de lo más convincentes. Así que cuando le oigo decir que solo se puede aprender bien aquello que se ama, tiendo a pensar que ese mismo motor es el que luego, ya adultos, también nos acompaña.

Quizás por eso el nadador renueva una vez más su compromiso, o su esfuerzo, o sus ganas. Quizás no haya más truco que encontrar lo que se ama.

Resilientes

Todavía no había pasado de la página veinte y ya me había parado unas cuantas veces a releer lo que tenía entre manos. Lo que voy leyendo son historias personales, experiencias, acompañadas de un análisis o una explicación técnica, el de la doctora Rafaela Santos, que es la presidenta del Instituto Español de Resiliencia.

La primera vez que oí hablar de resiliencia fue a un entrenador de fútbol llamado Marcelo Bielsa, creo que por aquel entonces entrenaba al Athletic de Bilbao. El hombre no era muy dado a conceder entrevistas. No obstante, sí ofrecía charlas donde exponía su particular manera de entender su oficio. Un periodista se dio el trabajo de sintetizar algunas ideas clave y, entre ellas, subrayó la resiliencia. Según Bielsa, esta es la principal virtud de un deportista. Y lo explicaba diciendo que los grandes deportistas superan inmediatamente el dolor de la derrota o cualquier dolor que se le genere durante el juego.

El libro que he releído sobre la marcha unas cuantas veces lleva la resiliencia en el subtítulo. Por encima asoma: “Levantarse y luchar”. Así se titula. Lo ha escrito la doctora Santos y recibió el Premio Know Square al mejor libro de empresa 2013. Rafaela Santos, que es doctora en Neurociencia, tenía muy claro que los deportistas resilientes debían figurar entre los ejemplos que recoge en su trabajo. Y ahí está el caso, entre otros, de Teresa Silva, esquiadora del deporte adaptado ahora; antes, hace años, miembro de la Selección Española de Parapente. En 1989 estaba entrenándose para el Campeonato del Mundo de Austria y sufrió un accidente grave que le dio un vuelco a su vida. Desde entonces “una paraplejia la unió a la silla de ruedas”.

Así relata Rafaela Santos la experiencia tremenda de esta deportista española. Tras su paso por el hospital le aguardaba una vida muy diferente y extraordinariamente retadora. “Nadie está preparado para esto, de ninguna de las maneras”. En medio de su tormenta de miedo y dolor, la doctora habla del “espíritu deportivo que aún ardía en su interior”. No lo tenía fácil porque España en aquel tiempo “estaba en pañales en cuanto a deporte adaptado”, pero la ayudaron y se dejó ayudar. Unos monitores americanos introdujeron el esquí adaptado en Sierra Nevada y Teresa renace. Después de ocho años sin esquiar, recuperó la libertad. “La primera vez que practiqué esquí adaptado me sentí libre. Ahora soy la Teresa de siempre”, decía. En la actualidad esta deportista, mujer resiliente, dirige la Fundación También, una organización que ofrece deportes y actividades adaptados a discapacitados para conseguir su integración social.

Para estudiar la personalidad resiliente, la doctora Santos entrevistó a personas que sufrieron un trauma que rompió sus vidas, un sufrimiento que hizo desaparecer el mundo bajo sus pies, un tajo repentino (o sostenido en el tiempo) que, sin embargo, no logró desgajarlas por completo. Personas que, lejos de ser aplastadas, se fortalecieron, que “hicieron un balance existencial para adaptarse a la nueva situación y lograron que sus vidas tuvieran sentido, fueran más productivas y les reportaran mayor satisfacción”. Gente que no se considera “víctima de un drama, sino protagonista de un relato épico”. Observo que esta gente dejó de perder el tiempo preguntando “¿por qué a mí?” y comenzó a ganarlo reconstruyéndose de otra forma. Y se aferró a la esperanza como a un clavo ardiendo para reinventarse de nuevo. Personas resilientes que desafiaron a las circunstancias reescribiendo el destino, otra vez. Y resurgieron más valientes, más conscientes, más maduras, más atractivas incluso.

Gente que comprendió que ante la adversidad o la derrota, y su dolor, el lamento es solo un freno. Y que el renacimiento llega en forma de readaptación.

Grandes favores cotidianos

Ángel Turrillo es un taxista de Barcelona que frecuentaba hace algunos años la parada que tiene el hospital Sant Joan de Déu, centro de referencia de enfermedades raras de esa ciudad. Un día de julio de 2013 recogió allí a un matrimonio con un niño pequeño. A otro hijo lo dejaban ingresado con una dolencia grave. En aquel trayecto hasta el domicilio familiar, el taxista recuerda que hablaron de la crisis, que escuchó aquello de “¡vaya momento que estamos pasando!”. Y cuando lo describe dice: “Tú vas tragando y oyendo a esta familia que te cuenta su problema”. Y cuando llega el final de la carrera, que el taxímetro marcaba siete u ocho euros el servicio, la mujer no encuentra el dinero para pagar. Ángel: “Mire señora, no se preocupe, que hoy no se paga”.

Al día siguiente, el taxista se fue derecho al hospital sin saber si existía o no un departamento de voluntarios. Existía. Y lo recibieron como agua de mayo. Allí le comentan que antes de los recortes, los desplazamientos los cubrían las ambulancias; después, esos gastos hay que pagarlos. Escucho con interés en “A vivir que son dos días” de la Cadena Ser cómo empezó esta historia. El taxista comenzó a hacer un par de servicios al día, uno por la mañana y otro por la tarde: recoger en casa, llevar al hospital, y otra vez de vuelta. Gratis. Para familias con apreturas económicas incapaces de afrontar el coste de los traslados de los pacientes. En los días posteriores, compañeros y compañeras de Ángel se apuntan a su iniciativa. Se les ocurrió, además, hacerse unas pegatinas que colocaron en las puertas de sus taxis para que les identificaran bien. Y más taxistas se interesaron y preguntaron. Hoy son cuarenta y cinco prestando este servicio.

Lo que empezó de forma espontánea y anónima, ya es un movimiento conectado con nombre y apellidos, una red de taxistas solidarios, un proyecto de voluntariado en firme llamado “¿Dónde te acompaño?”. En la web de este hospital explican que el equipo de trabajo social es el responsable de valorar y coordinar a las familias con menores enfermos que necesitan apoyo para acudir a las visitas o a los tratamientos. Ponen a estos taxistas por las nubes. El extraordinario beneficio que proporcionan le está dando al centro un valor añadido, lo está “humanizando”, y afirman que los resultados están siendo “fabulosos”.

Por lo que pude escuchar en el reportaje de la radio, los resultados son buenos para una y otra parte: “Tuvimos un niño -cuenta un taxista- que era subir al coche y comenzar a cantar. Te buscaba el dial y venga bachata. Ese te alegraba el día totalmente”. En la revista Muy Interesante leí no hace mucho que “ayudar a los demás sin esperar recibir nada a cambio aporta muchos más beneficios de los que creemos”. En la noticia se hacía referencia a la Fundación para la Salud Mental de Reino Unido, que afirma que “ser voluntarioso con el bien ajeno es bueno para nuestra salud mental y para nuestro bienestar general”.

De todas las muestras de solidaridad que van aflorando y que van tratando de equilibrar los espantos, las que más me impresionan, las que más me emocionan, son las que arrancaron de pronto, de forma improvisada, como cosa natural. Las que alguien, algún día, por su propia cuenta puso en marcha. Las que luego fueron sumando voluntades contagiadas. Las que poco a poco se fueron organizando desde la discreción. Las constantes, las que van más allá de un suspiro y perduran. Esas solidaridades de los pequeños gestos que suponen echar una mano y que son en realidad grandes favores cotidianos.

Inteligencia social

“Los niños aprenden de lo que los rodea”. La frase es de María Montessori, una educadora nacida en 1870 que tuvo mucho que ver en la renovación de los métodos pedagógicos de principios del siglo XX. Investigando para escribir este artículo he descubierto que Montessori fue una humanista italiana, que, además de su vocación por la enseñanza, fue la primera mujer que se graduó en Medicina en Italia. También se desarrolló en la filosofía, la antropología, la biología y en otras áreas que me ahorro para no cansarte. Tiene un perfil muy interesante y hay abundante información en Internet.

De ella me han llegado a través de las redes las recomendaciones que hizo a los padres de familia de su época desarrollando la primera idea: los niños y las niñas aprenden de lo que los rodea. Y así, en una lista, Montessori expone casi una veintena de puntos de los que destaco algunos: “Si elogias al niño, él aprenderá a valorar; si se le muestra hostilidad, aprenderá a pelear; si se es justo con él, aprenderá a ser justo; si crece sintiéndose seguro, aprenderá a confiar en los demás; si se le denigra, desarrollará sentimiento de culpa; si se le alienta, ganará seguridad en sí mismo…”. Según he leído, su aportación revolucionó el sistema educativo de aquel tiempo. Y creo que todavía tenemos que seguir tomando nota.

La interacción social nos conforma como personas desde que somos pequeños. En esa relación con los demás nos modelamos y nos moldeamos. A veces para mejor, a veces para debilitarnos. Pero esa relación social no acaba en la infancia y continúa “haciéndonos” a lo largo de la vida.

Esto me ha recordado a la “inteligencia social” de Goleman. Daniel Goleman fue famoso por publicar “Inteligencia emocional”, que se convirtió en un fenómeno editorial con más de cinco millones de ejemplares vendidos en todo el mundo. Luego se adentró en el terreno de las relaciones interpersonales y escribió otro libro llamado “Inteligencia social”. En esa obra, Goleman habla de un nuevo campo llamado “neurociencia social” y explica que el descubrimiento más importante de esta es que nuestro sistema neuronal está programado para conectar con los demás. Según cuenta, “los circuitos sociales de nuestro cerebro se ponen en marcha en cualquier encuentro, no importa si nos hallamos en el aula, en el dormitorio o en la sala de ventas. Estos circuitos están activos cuando la mirada de los amantes se cruza y se besan por vez primera o en la intensidad de una charla apasionante con un amigo”.

La plasticidad neuronal, dice Goleman, explica el papel que desempeñan las relaciones sociales en la remodelación de nuestro cerebro. Por eso, aclara, “no es de extrañar que sentirnos crónicamente maltratados y enfadados o por el contrario emocionalmente cuidados, acabe remodelando los senderos neuronales de nuestro cerebro”. Estos hallazgos ponen de relieve el impacto sutil y poderoso que sobre nosotros ejercen las relaciones.

La receptividad social del cerebro, añade, “nos obliga a ser sabios y a entender no solo el modo en que los demás influyen y moldean nuestro estado de ánimo y nuestra biología, sino también el modo en que nosotros influimos en ellos”. Aquí radica una de las claves de la inteligencia social, me parece a mí.

La otra clave es que ser inteligente social “sugiere una nueva dimensión de la vida bien vivida: comportarnos de un modo que resulte beneficioso para las personas con las que nos relacionamos”. Por eso, a pesar de la existencia de relaciones negativas con sus negativas consecuencias, tal y como lo expresa Goleman, “el mundo social nos proporciona también, en cualquier momento de nuestra vida, una oportunidad de curación”.

El paradigma del 10

Benjamin Zander es un director de orquesta británico, titular de la Filarmónica de Boston, que tiene una muy peculiar forma de enseñar a sus alumnos, de dirigir a sus músicos y de transmitir la vibración musical hasta conmover a su auditorio, incluso a los más desinteresados por la música clásica. Lo he visto en varias ocasiones a través de la red. La última vez me lo ha recordado un amigo que compartió uno de sus vídeos en Facebook. No sé si habrá cientos o miles de grabaciones circulando en Internet de sus actuaciones-intervenciones cargadas de espectacularidad y que van más allá de su interpretación musical.

Zander explica que a los 45 años y tras veinte conduciendo orquestas, cayó en la cuenta de que el director es el único que no produce sonidos, y que su “poder” depende de su “habilidad para hacer poderosas a otras personas”. Este descubrimiento transformó su vida, porque comprendió que su trabajo consistía en “despertar posibilidades” en los demás.

El primer día de clase en el conservatorio de música, sus alumnos llegan ansiosos, se comparan con sus compañeros y cuando suben al escenario a tocar, Zander dice que observa que aunque parezca que hay una sola persona con su instrumento, en realidad hay “dos”, la persona que toca y la que está a su lado diciendo: “No has practicado lo suficiente…”, “¿sabes cuántos tocan esta pieza mejor que tú…?”, “ese pasaje donde te equivocaste la última vez es el que sigue. Te equivocarás de nuevo…”. Y cuando lo está relatando a su audiencia dice: “Todos saben de lo que hablo”. Sí, desde luego.

Así que para remediar tantos miedos y tantas inseguridades causadas por uno mismo, en ese primer día de clase, Zander concede un 10 a cada uno de sus alumnos y alumnas. Rosamund Stone Zander, que es pionera en el campo del liderazgo empresarial (y también la mujer de Zander), le sugirió esta técnica llamada “todos merecen 10”. Ella explica que el resultado es fabuloso porque logran ver a los músicos que “están allí ocultos”, es decir, lo que estos estudiantes serían si “esas barreras, esos temores, esas voces que les recuerdan lo que no pueden hacer, no existieran”.

Darles un 10 desde el primer momento es un paradigma diferente en el liderazgo y también en la educación, que para mí es, o debería ser, una forma de liderazgo. Ellos hablan del “paradigma de lo posible” con un matiz importante, según creo. Se trata de que los estudiantes de música “entren” en lo que es posible alcanzar, que de alguna forma se den cuenta de sus posibilidades reales y se entreguen a ellas como la manera de desarrollarse como músicos. No habla de un 10 como una norma, como una expectativa ya creada ante la que no se puede fallar y mucho menos como una exigencia.

El 10, tal y como yo lo entiendo, es reconocer de entrada la valía indudable de cada uno, y a partir de ahí tenderles la mano para que puedan descubrirlo. Sería más bien un autodescubrimiento, que a mi modo de ver es el mayor de los descubrimientos y que incluye no solo para lo que valgo, sino también lo que nos está frenando.

El buen liderazgo, este del que se habla tanto a cuenta de la transformación en las organizaciones, consiste en ayudar a sacar lo mejor de las demás personas. De acuerdo, pero no es solo eso. Yo añadiría que la faena es completa cuando se logra que sea la propia persona la que tome consciencia de su talento y su contribución social. Ese, me parece a mí, es el verdadero logro transformador para la vida de cualquiera.

Copiando a los niños

Cuando alguien pregunta en una clase de niños y niñas quiénes saben dibujar, todos se apresuran y levantan la mano. Cuando haces la misma pregunta en un grupo de adultos, solo algunos lo hacen. Así empieza una de sus charlas José Miguel Sánchez. La que yo vi en TDEx la inicia justamente con esta pregunta a los asistentes. Y así es, algunas personas alzan la mano y otras no. ¿Por qué razón adultos que siendo niños se atrevían a dibujar, hoy sin embargo han dejado de ser dibujantes? ¿Por qué a medida que nos hacemos mayores vamos perdiendo capacidades que, sin duda, teníamos?

Sánchez está especializado en Psicología del Trabajo, es máster en Psicología del Deporte y ha escrito un libro titulado “Poderoso como un niño”. No es un ensayo, o no tiene apariencia de ensayo, porque el autor ha preferido escribir un relato que acompaña de “claves” a la conclusión de cada capítulo. Cuenta en este libro la historia de un líder empresarial que lleva dirigiendo una compañía a lo largo de cinco años y lo ha hecho con éxito. Sin embargo, algo ha cambiado y los resultados empiezan a fallar. El entorno además no favorece nada porque el equipo que dirige, incluso él mismo, sufre un desgaste, un desencanto importante. Así que el protagonista se ve abocado a cambiar el modelo de gestión de su organización y a esto le ayuda una antigua amiga profesora de Universidad. No desvelo más de los entresijos.

A partir de aquí gira la propuesta que hace Sánchez y que basa en su propia experiencia trabajando durante más de 22 años como entrenador (“coach”) ejecutivo con directivos y líderes en empresas multinacionales. Esta propuesta la resume con un concepto tomado de la tecnología, que es “resetearse”, y lo aplica en el sentido de “apagar para volver a reconectar”. Según José Miguel Sánchez, “llevado a la fisiología del cerebro, se trata de reconectar los circuitos neuronales que en su momento estuvieron conectados cuando éramos niños”.

He dicho que no revelaré nada más de la trama, pero necesito señalar algo para desarrollar lo que quiero decir. La historia que presenta el libro parte de una conversación que el protagonista mantiene con uno de sus hijos menores de edad, y el niño le sugiere: “Mírame y cópiame cada día”. Entre las muchas claves interesantes que el autor aporta, hay una afirmación definitiva, según creo: “Si nadie se la arrebata, los niños y las niñas tienen confianza en sí mismos desde el principio”. Seguramente por eso todos levantan la mano y se lanzan a dibujar en cuanto se les brinda la ocasión. O se lanzan a lo que sea. Sin miedos. Sin prejuicios. Sin tener en cuenta lo que dirán los demás.

Sin hacer de menos al resto de las “claves” fundamentales que recoge el texto, esta es para mí esencial. Recuerdo cuando el año pasado un jovencísimo futbolista de la cantera del Tenerife llamado Ayoze deslumbraba con su juego resuelto y sus destellos de genialidad. Entonces, algunos periodistas trataban de describirlo afirmando que parecía “jugar en la cancha de su colegio o de su barrio”. El chico se manejaba con esa frescura, esa naturalidad y ese arrojo propio de los niños y de las niñas. Me inclino a pensar que tenía la confianza, la suya propia, intacta.

En la vida que hemos inventado con sus corsés, con sus patrones, sus limitaciones, sus expectativas…, nos vamos dejando jirones de confianza propia. Creo que es ahí cuando empezamos a extraviar parte de ese “poder” infantil que otorga a las criaturas tanta libertad, y que Sánchez propone recuperar en la edad adulta.

Quizás esta propuesta de “resetearnos” sea como nacer de nuevo.

¿Talento o inteligencia?

“¿Qué son más necesarias las personas talentosas o las personas inteligentes?” Y José Antonio Marina responde con seguridad: “las primeras”. La entrevista discurría en el marco de organizaciones empresariales o sociales y su contexto. El talento, o mejor, el concepto de talento, es un valor en alza en el mundo de los recursos humanos que se van adaptando a las exigencias del cambio de era. Cualquiera que preste atención a los discursos que abordan la nueva concepción del trabajo y las organizaciones, se da cuenta de que el talento está en boga.

Marina (no necesita presentación) es una de las grandes referencias en España y fuera de nuestro país en materia de educación. Este filósofo, prolífico escritor, ha dedicado el grueso de su investigación a elaborar una teoría de la inteligencia que comienza con la neurología y termina con la ética. Y no es casualidad que hilvane ambos términos.

Según José Antonio Marina “una cosa es la inteligencia y otra el uso que hagamos de ella”. Cuenta el caso de un muchacho de 17 años, con un altísimo cociente intelectual, muy buen estudiante, al que le gustaba mandar. Se convirtió en el cabecilla de una pandilla. Le encantaba manejar dinero y se fue metiendo en pequeños delitos y en trapicheos de drogas. El chico dejó los estudios y con 23 años ingresó en la cárcel. Al tiempo que escucho a Marina, desfilan ante mis ojos los nombres de no sé cuántos imputados por casos de corrupción que la justicia investiga en España. ¿Gente inteligentísima?

El talento es otra cosa, es mucho más. Más determinante para la existencia personal y, sin duda, para la vida en sociedad. El talento, dice Marina, “nos permite utilizar bien nuestras destrezas y capacidades para dirigir nuestra acción hacia una vida lograda”. Una vida de progreso, de crecimiento, de evolución, según lo entiendo yo. La vida de alguien que contribuye a la vida de otro alguien. El talento no se acaba en sí mismo, sino que se completa en los demás. Me inclino a pensar que sin esa proyección social, sin esa repercusión colectiva, grupal, el talento muere en la orilla y no va a ninguna parte.

La otra gran aportación sobre la inteligencia y el talento es la de Howard Gardner, autor de la teoría de las “inteligencias múltiples” que me despierta mucho interés. Gardner se refiere con el término “inteligencias” precisamente a “talentos, habilidades y capacidades mentales de una persona para resolver problemas o crear productos de necesidad”. Este psicólogo norteamericano describe ocho inteligencias en cada ser humano, en todo ser humano. Y, esta es la parte que más me fascina de su planteamiento, razones biológicas y culturales explican que las personas desarrollemos más unas inteligencias que otras.

La conclusión es que todos somos inteligentes de alguna forma, todos somos buenos en algo, todos servimos para algo, todos podemos ser talentosos. La cuestión es decidir qué hacer con la inteligencia. Y, como dice Marina, cómo usarla, cómo convertir la inteligencia en talento. El desafío, me parece a mí, no es solo del sistema educativo. Aquí hay una competencia social. Si te detienes a pensar, nos retratamos por nuestra forma de actuar.

Personas inteligentes, incluso con altas capacidades, incapaces de vivir o dejar vivir. Incapaces de tolerar, de comprender, de escuchar. Incapaces de colaborar, de compadecer, de amar.

Personas inteligentes volcadas en cooperar. Gente que se autolidera o lidera grupos o familias, conscientes de su propio papel, de su responsabilidad. Capaces de proyectar lo que otros pueden alcanzar. Gente que resuelve o pacifica. Gente con la que se puede contar.

Ser inteligente es fabuloso. Ser talentoso añade un compromiso con uno mismo y con los demás.

El don de la creatividad

Gillian Lynne es una bailarina inglesa, autora de las coreografías de grandes musicales como “Cats” y “El fantasma de la ópera”. En una interesante charla TED impartida por Ken Robinson, he podido escuchar la curiosísima forma en la que sus padres descubrieron su talento. Eran los años treinta. Resulta que Gillian, con ocho años, era un desastre en la escuela y sus padres recibieron una carta en la que expresaban que la niña, probablemente, tenía un trastorno de aprendizaje. No se podía concentrar y se movía de forma nerviosa. Según Robinson, hoy seguramente le habrían diagnosticado un “trastorno por déficit de atención con hiperactividad”.

El caso es que su madre la llevó a un especialista. Cuando estaban en la consulta, sentaron a la niña al fondo de la sala y allí estuvo unos veinte minutos. Según relató la propia Gillian, los adultos comenzaron a hablar de todos los problemas que la cría tenía en el colegio: molestaba a los compañeros, no hacía la tarea a tiempo… En un momento dado, el médico le explicó que tenía que hablar con su madre, fuera, en privado, y le pidió que esperase en la sala. Pero antes de salir, encendió una radio que tenía encima de su mesa. Cuando ambos estuvieron fuera, observaron que la niña empezó a moverse siguiendo la música. Entonces, el doctor se dirigió a la madre y le dijo: “Señora Lynne, Gillian no está enferma. Es bailarina. Llévela a una escuela de danza”.

Ken Robinson es un educador inglés, doctor por la Universidad de Londres, asesor del Gobierno británico y de otros países en materia educativa. Y es un líder internacionalmente reconocido en creatividad, innovación y recursos humanos, en la educación y en los negocios. Su charla TED titulada “Las escuelas matan la creatividad”, ha sido vista más de 31 millones de veces, puedes ver la cifra exacta en la web de TED. Y si te interesa, también está en youtube subtitulado en español.

Robinson cuenta cómo a consecuencia de un “sistema educativo inventado a la medida de las necesidades de la industrialización, las artes quedaron relegadas en el currículum académico y en la cima se colocaron las materias más útiles para el trabajo”. De ahí, explica, que la gente que se inclinaba por la música, la danza o la pintura fue redirigida a las asignaturas tradicionales que aseguraban un empleo. Según dice, “la habilidad académica ha llegado a dominar nuestra visión de la inteligencia”, y la consecuencia es que “muchas personas brillantes y creativas, creen que no lo son, porque en lo que eran buenos en la escuela no fue valorado o fue estigmatizado”. El conferenciante propone un cambio de paradigma educativo en el que “la creatividad sea tan importante como la alfabetización” y cree que hay que concederles “el mismo estatus”. Habla del “don de la creatividad” y nos invita a “ver nuestras capacidades creativas como la riqueza que son”.

Esta propuesta me resulta muy acorde con estos tiempos. La “inflación académica” ya no garantiza un puesto de trabajo, y el concepto tradicional de inteligencia está siendo sustituido por las inteligencias múltiples y las competencias sociales y emocionales, cuya raíz entronca con la fabulosa capacidad de crear.

Gillian Lynne tuvo la suerte de encontrar adultos que no solo no reprimieron su necesidad, su creatividad, sino que la impulsaron y contribuyeron a que pudiera desarrollarla.

Soy de la opinión de que todos, desde que nos pare nuestra madre, somos seres creativos. Y que esa creatividad, que se puede manifestar de formas muy diversas, debemos reclamarla, reivindicarla y reintegrarla, si es que la extraviamos en algún momento.

Cuando no se puede

A cuenta del trabajo, he vuelto a ver las imágenes del Cholo Simeone tras la derrota de su equipo en la final de la Champions el año pasado. El Atlético estuvo por delante prácticamente todo el partido, pero en el minuto 93 el Real Madrid empató, y en la prórroga le ganó. He vuelto a contemplar la cara de jugadores y aficionados tras aquel intenso desgaste físico y el mucho sufrimiento en la grada. Rostros y gestos de una derrota amarga como pocas. Después de tanto intento y tanto esfuerzo, tanta frustración, tanta rabia y tanta pena. Dicen los futboleros que para el Atlético llegar a esa final fue una especie de milagro, y lo tuvieron casi por completo ahí mismo. Y no pudo ser.

Y recuerdo, cuando lo vi en directo, cómo me llamó la atención el gesto del entrenador levantando la cabeza de sus jugadores. Luego, en la rueda de prensa posterior al encuentro, dijo que lo que le daba tranquilidad en la derrota era sentir que habían hecho todo lo posible y que, a partir de ese momento, seguirían preparándose para continuar compitiendo.

Aunque se quiera, y se quiera con toda el alma y se haga todo lo posible, no siempre se puede. No sé cuántas veces habré oído el famoso “si quieres, puedes”. No dudo que cargado de extraordinaria buena intención, pero incompleto. A veces puedes, y a veces no.

Acabo de leer un libro de Alfonso Alcántara titulado #Superprofesional (así, con el “hashtag” delante) que de vez en cuando me dejaba un instante absorta. Buen libro. Una fuente de aprendizaje y por eso lo comparto aquí. Uno de los epígrafes que él titula “Optimismo. Si quieres, puedes. O no” es, desde mi punto de vista, esclarecedor en este sentido. El autor se declara un “crítico del optimismo representado por esta idea: ¿si piensas que te irá bien, te irá bien?”. Para acompañar su reflexión aporta datos estadísticos publicados en El País. “Solo el 7% de las personas criadas en hogares con escasez logra una vida holgada”. “Los hijos de padres con escasa formación tienen doble riesgo de ser pobres, según la Encuesta de Condiciones de Vida que realiza la Unión Europea”.

Lo leí y me sugirió: ¿cuánto pesan en el “quiero” las circunstancias, el respaldo económico, afectivo, social, cultural? ¿Cuánto pesa la salud o el cansancio? ¿Cuánto pesa, incluso diría yo, hasta la propia inteligencia, la capacidad para darse cuenta de cómo son las cosas en realidad y las posibilidades auténticas que están al alcance de cada persona? ¿Cuánto pesa lo bien que “juegan” los demás?

Alcántara afirma que “atribuir a la voluntad individual los éxitos o fracasos propios sin considerar las experiencias y situaciones previas es una práctica que genera expectativas, culpabilidad y frustración”. Qué cierto es que la espantosa crisis refleja como ninguna otra esta verdad. Querer no siempre es poder. A las personas no siempre nos arropan las circunstancias, no siempre el viento sopla a favor.

Querer, tal y como yo lo entiendo, significa seguir en el intento, y para eso, seguir aprendiendo, indagando, rectificando, preguntando, pidiendo ayuda, orientación, consejo. Seguir confiando en lo que uno vale, pero seguir también con el “entrenamiento”. Seguir dando pasos, seguir haciendo, seguir reenfocando, buscando, trabajando.

Algunas veces se cosechan derrotas, o sencillamente no se cosecha nada, porque no ha podido ser. No ha sido por falta de ganas, de empeños, de esfuerzos. Ha sido porque otras variables, que no controlamos, entraron en juego y nos hicieron perder. Con el paso del tiempo voy comprendiendo que “no siempre se puede”, y que aceptar la frustración se acerca más a la madurez.

Encontrar lo que se ama

En la pizarra de una cafetería cercana a mi casa he leído justo debajo del menú del día: “El secreto de la felicidad es simple, averigua qué es lo que te gusta y dirige tus energías en esa dirección”.

“El secreto de la felicidad…”.

Existe un concepto denominado “fluir” que expuso un investigador húngaro, de apellido casi impronunciable para mí, llamado Mihaliy Csikszentmihaly. “Fluir” define aquellas ocasiones en que una persona está tan involucrada en la actividad que le está ocupando y está disfrutando tanto con ella, que parece quedar abstraída y concentrada solo en el esfuerzo, que no es esfuerzo por ser tan placentero. Y esta experiencia en la que la persona decide ponerse manos a la obra voluntariamente, que lo hace porque quiere, este dedicarnos en cuerpo y alma a tal o cual labor se aproxima mucho a la felicidad. Csikszentmihalyi vincula “fluir” a “felicidad” si aquello que tanto nos lleva la vida conduce a un crecimiento personal por encima de otras compensaciones.

“Averigua qué es lo que te gusta…”.

Siempre anda rodando entre mis archivos el discurso de Steve Jobs en Stanford. Aquí subrayo la parte en la que cuenta cómo con 30 años se quedó fuera de la compañía que había fundado. La dirección no le respaldó cuando se plantearon diferentes visiones de futuro y fue despedido de Apple. Lo vivió como un “absoluto fracaso público”. Sentía que “había desaparecido aquello que había sido el centro” de toda su vida adulta, que había “decepcionado”, que “había dejado caer el testigo” cuando se lo estaban pasando. Cuenta que intentó disculparse por “haberlo echado todo a perder tan estrepitosamente” y que durante meses no supo qué hacer. Describe la experiencia como devastadora. No obstante, añade que lentamente comenzó a entender algo: “Todavía amaba lo que hacía”. El revés ocurrido en Apple “no había cambiado eso ni un milímetro”. Lo expresa contundentemente: “Había sido rechazado, pero seguía enamorado. Y decidí empezar de nuevo”. No sé cuántas veces lo habré leído y siempre me conmueve. “En ocasiones, la vida te golpea con un ladrillo en la cabeza. No pierdan la fe”, insistió. “Estoy convencido de que lo único que me permitió seguir fue que yo amaba lo que hacía”. Y entonces se permite aconsejar a los alumnos y alumnas que se graduaban aquel día: “Tienen que encontrar lo que aman. Y eso es tan válido para el trabajo como para el amor”. Lo comparto aquí tal cual.

“Dirige tus energías en esa dirección…”.

Hace algo más de un siglo, en la soledad de un hangar parisino (frío, húmedo o tórrido, según) convertido en un laboratorio, Marie Curie carga su material químico por kilos. Vierte, funde, disuelve, filtra, precipita, recoge, disuelve otra vez, obtiene una solución, la trasvasa, la mide y vuelve a empezar. Perseverancia, decepciones, esfuerzos físicos. Lo explica Françoise Giroud en la biografía que escribió de la científica polaca descubridora del radio y recoge además interesantísimos apuntes de su diario: “En nuestro mísero hangar reinaba una gran tranquilidad… Vivíamos absortos en una preocupación única, como en un sueño… Hay que creer que se está dotado para algo, y ese algo hay que conseguirlo cueste lo que cueste”.

El secreto de la felicidad no sé si es simple, pero parece claro. Averiguar lo que a uno le gusta, encontrar lo que se ama, puede llevar su tiempo y sus desengaños, pero se ve que es necesario. Dirigir las energías en esa dirección a pesar de los pesares requiere poner toda la carne en el asador, pero hay que ponerla con todo el corazón. Toda la fe, todo el esfuerzo, todo el valor.

Nadie llega solo

La primera vez que me publicaron un artículo tenía catorce años y fue en el periódico Jornada. En aquel entonces yo estudiaba en el Hogar Escuela, mi colegio y mi casa también, el colegio que siempre llevaré en mi corazón (y estuve en unos pocos). Tenía un profesor, Julián Escribano, que escribía una columna periódicamente en EL DÍA. Una mañana se acercó hasta mi mesa y me preguntó si me parecía bien que se llevara uno de mis escritos para editarlo en la prensa. Esta naturaleza mía tímida no me permitió hacer aspavientos, pero en realidad me puse loca de contenta y el profesor se llevó mis cuatro letras hilvanadas de aquella manera.

Por lo que recuerdo, contaba una experiencia personal relacionada con una fiesta del colegio, o algo así. Escribía de las cosas que me rodeaban, de lo que me gustaba y de lo que no me gustaba, según. De qué otra cosa podía escribir. A lo que voy no es al contenido de un modestísimo comentario que ahora me resulta anecdótico y entrañable. En lo que me quiero detener es en el gesto de un profesor, que se ofreció a intermediar para que alguien pudiera hacerme un pequeño hueco en el periódico. Y al día siguiente fue publicado.

Cuando echo un vistazo más o menos rápido a mi recorrido no sólo profesional, vamos a decir vital, me doy cuenta de que nunca di un paso en solitario. O mejor dicho, cuando tuve que optar, decidir, emprender…, asumir la responsabilidad de una elección más o menos difícil, en ese instante mismo en el que experimentas una profunda y, a veces, escalofriante soledad, en el que asumes personalmente el riesgo y la consecuencia, en el que bregas con un pensamiento radiante y con otro sofocante, y ahí te debates. En ese instante, nada hubiera podido de haber estado realmente sola.

Puedo identificar momentos clave de crecimiento personal o profesional (aunque seguramente debiera decir personal y profesional, puesto que no concibo personas distintas habitando una misma vida). Retomo la idea. Puedo identificar, decía, momentos en los que experimenté realización, satisfacción y esa sensación casi inexplicable en que enmudeces y que te acompaña después de haber alcanzado un objetivo, de haber llegado a una meta. Y en cada uno de esos momentos puedo reconocer también los ojos que me miraron, los pies que me acompañaron, los brazos que me sujetaron, las voces que me alentaron. Gracias.

Nadie llega solo a ninguna parte.

Mira que atravesamos momentos a solas, y así lo vi durante mucho tiempo. Pero creo que me equivocaba a la hora de enfocar y la gente que estaba, que sí estaba, se quedaba fuera del encuadre. La realidad es que, de alguna u otra manera, siempre hubo alguien para tender una mano, para abrir más de una puerta, a veces de entrada a veces de salida. Alguien para brindar una oportunidad, una ocasión, un proyecto. Alguien para compartir un espacio, un tiempo.

Porque si es verdad que la vida me ha ido llevando, que las circunstancias me fueron empujando y en ese contexto yo fui escogiendo, no es menos verdad que sin respaldo, sin alguien que echara un cabo, nada es lo que hubiera logrado. Por eso, tengo un puñado de nombres guardados.

Me parece a mí que los éxitos nunca son propios o particulares del todo. Sin desmerecer el talento, la constancia y el desgaste individual que son indispensables para cualquier logro, lo que es justo, honesto, objetivo y hasta decente, es reconocer y reconocerse en quienes te acompañaron, o te acompañan durante un tramo vital, para enseñarte lo que es posible alcanzar.

Ensayo y error

Un docente me contó hace unos días que, al prepararse las oposiciones, cayó en la cuenta de que su método de aprendizaje estaba basado en la equivocación. Cuando repasaba los temas estudiados, lograba afianzar mejor la información en la que fallaba la memoria y cometía el error. De manera que cada vez que erraba, cada equivocación le ayudaba a amarrar los conceptos. Hace años que aprobó la oposición y es profesor.

Me acordé de esta conversación cuando leí un titular de la revista Muy Interesante que dice así: “Equivocarse es bueno para la memoria”. La noticia cuenta que un equipo de investigadores de Toronto (Canadá) ha realizado un estudio sobre la conexión entre el aprendizaje, la memoria y el conocimiento, y ha concluido que “cometer errores en el proceso de aprendizaje puede beneficiar a la memoria”. Los científicos explican que “hacer conjeturas al azar no parece beneficiar a la memoria, pero acercarse a la respuesta parece actuar como un trampolín para la recuperación de la información correcta”.

La noticia añade que “el aprendizaje por ensayo y error parece ser la clave para reforzar los conocimientos en curso, si nuestros errores están relacionados con la respuesta correcta”. El texto entra en otros detalles que los entendidos en la materia podrían explicarnos bien.

Yo me quedo, esencialmente, con el titular. El profesor amigo mío lo descubrió. Qué lástima que no nos lo hubieran dicho hace tiempo, cuando todavía andábamos trajinando con el crecimiento y forjándonos como podíamos a nosotros mismos. Incluso, que nos lo hubieran confirmado con investigaciones como esta (desconozco si hay otras). Habría sido un alivio.

Estudios científicos aparte y unos cuantos años vividos, me hacen comprender que equivocarse no solo es bueno, sino necesario. Y además, inevitable. A estas alturas lo he escuchado cientos, miles de veces. Deberíamos entenderlo como algo obvio. Pero semejante afirmación no resultaría novedosa si no fuera porque tengo la sensación de que no terminamos de creérnoslo. Desde un fallo tonto, desde una ridiculez de tropiezo, hasta un fracaso así dicho con todas las letras, cuánto sufrimos con los desaciertos. Y ése es, posiblemente, un error añadido.

Tim Harford es un escritor y economista inglés al que he escuchado con interés en una charla TED (con más de un millón trescientas mil visitas), en la que explica un hallazgo. Harford ha encontrado la existencia de un vínculo en los sistemas exitosos que ha estudiado, y ese denominador común es que esos sistemas “fueron hechos a base de ensayo y error”. Cita algunos ejemplos y demuestra así su conclusión. Y hay algo más. Algo que él llama “el complejo de Dios” para referirse a quienes se creen lejos de la equivocación, y para los que propone la humildad como remedio para superarlo. Casi nada al aparato. Creo que nunca había oído un rapapolvo más revelador para los que huyen del error, y lo expresa con cierta gracia. Tengo que visitar su página y bucear entre sus ideas.

Equivocarse es bueno, no solo para la memoria. Equivocarse es imprescindible para el crecimiento, para el conocimiento. Para el conocimiento científico y tecnológico, para el conocimiento social y cultural, para el conocimiento de las cosas cotidianas de cada día, para el conocimiento de uno mismo. Equivocarse es ineludible. Y sufrir y entristecerse por ello es humano, qué duda cabe, pero seguramente es equivocarse por duplicado.

No hay conocimiento seguro sin experiencia. Y la experiencia es un cúmulo de éxitos y fracasos. Eso engloba una vida entera. Por eso, me parece a mí, que en realidad andamos, o deberíamos andar, como malabaristas procurando equilibrios entre fallos y punterías, entre ignorancias y habilidades. En definitiva, entre aciertos y aprendizajes.

Escuchar y comprender

Soy seguidora del programa “No es un día cualquiera” de Radio Nacional de España, que se emite las mañanas de los fines de semana y que presenta Pepa Fernández. Hace años que empecé a escucharlo con interés, y esta temporada ha vuelto a engancharme. Es un programa sosegado, cargado de contenidos atractivos y con gente de la que aporta cosas sustanciosas. De ese tipo de programas que entretienen y en el que, además, puedes ir aprendiendo cosas nuevas. Siempre me pareció, en este sentido, muy didáctico. Creo que lo concibieron y lo diseñaron con una vocación claramente educativa.

A través de este programa de radio aprendí yo la diferencia entre oír y escuchar. La diferencia entre percibir los sonidos con el oído y prestar atención a lo que se oye. De ahí que los seguidores de “No es un día cualquiera” no seamos oyentes, sino escuchantes.

La comunicación real, para que tenga calidad, tiene que basarse en una disposición de escucha, que a decir verdad no vive, me parece a mí, su mejor momento. Oír no es escuchar. Salvo que exista un problema de salud, todos tenemos la posibilidad de oír, pero desde luego no todos ejercemos la capacidad de escuchar que, además de buen oído, exige otras muchas cosas.

Uno de los orígenes del conflicto en las relaciones sociales tiene que ver con la comunicación. O mejor dicho, con una deficiente comunicación. O, en el peor de los casos, directamente con la incomunicación. Ocurre a todos los niveles, en todos los grupos humanos, en las parejas y en las comunidades, en las familias y en los entornos profesionales.

Cuando dejamos de escuchar y simplemente oímos, se reducen las posibilidades de converger, de hallar un punto en común, de acordar. Y se multiplican, sin embargo, las probabilidades de intoxicar, de confundir, de disgregar.

En una de las sesiones de entrenamiento con un equipo laboral con el que estoy trabajando, uno de los miembros participó para hacer una aportación esencial: “Escuchamos para responder, no para entender”. No puedo estar más de acuerdo. En ese caso, más bien oímos para intervenir en cuanto encontremos el hueco para hacerlo, o en cuanto en la pelea por contestar nos permitan hacerlo. Estamos más pendientes de que el otro termine cuanto antes para exponer nuestro propio punto de vista, nuestro enfoque. Es como que (y sin como) nada importase lo que el otro pueda decir. Qué más da, si finalmente volveremos a colocar nuestro argumento independientemente de los demás.

Escuchar es otra cosa. Escuchar es comprender. Implica voluntad, interés, predisposición. Escuchar es tomarse la molestia de querer descifrar y asimilar lo que nos están diciendo. Escuchar es caer en la cuenta de que el otro puede no tener su día más elocuente, puede expresarse con dificultad o torpemente, y aun así, podemos llegar a entendernos. Escuchar va mucho más allá. Escuchar es estar dispuesto a ser permeable. A interiorizar los argumentos ajenos, a ubicarlos en su contexto, no en el nuestro. Escuchar es darnos la oportunidad de alimentar las neuronas y “estirar” el pensamiento. Incluso salir de nosotros mismos, acaso para reafirmarnos en nuestros criterios, acaso para abandonar los propios razonamientos. En definitiva, estar abiertos.

Escuchar es más propio de quienes apuestan por las mejoras, por los progresos. Escuchar es abrirse generosamente a otras posiciones, a otras experiencias, a otros sentimientos. Y quién sabe si escuchando enteramente podemos lograr descubrir el reverso. Escuchar puede llegar a ser alivio, consuelo, consenso. Si lo que interesa es crear y avanzar, yo diría que el camino pasa por escuchar. Escuchar atentamente, escuchar de verdad. Escuchar comprendiendo que es la mejor forma de escuchar.

Partido a partido

La expresión la ha puesto de moda Diego Simeone, el entrenador del Atlético de Madrid. Aunque mi amiga Maite Castro, veterana del periodismo deportivo, me ha aclarado que no es nueva y que hace años ya la utilizaba, por ejemplo, Rafa Benítez cuando entrenaba al Tenerife. Me gusta la expresión. Es clara, precisa, certera. Me la escribí hace algunos meses en un pósit que coloqué en un lugar visible, para tenerla siempre muy en cuenta. No se puede decir con más sencillez, una verdad más grande.

A José Luis Oltra, entrenador también de fútbol, también del Tenerife, y con aportaciones brillantes, le escuché una vez decir: “A veces avanzamos un pasito, otras una zancada, pero siempre vamos poco a poco”. Magníficamente expresado, de otra manera.

“Poco a poco”, “partido a partido”. Progreso, en definitiva. Un esfuerzo constante, que no sobresfuerzo. Sin apáticas pausas, sin asfixiantes prisas.

Sigo de cerca las declaraciones de algunos entrenadores de fútbol. Su visión del juego, el planteamiento de cada partido, el conocimiento de las fortalezas y debilidades de sus equipos, el estudio de los rivales, cómo afrontar las derrotas… Ellos y los análisis de algunos comentaristas deportivos son una fuente de conocimiento aplicable a cualquier organización social, empresarial o institucional. Muy a menudo elijo ejemplos del deporte, a veces de equipo, a veces individual, para trabajar con grupos de personas. Hacemos entrenamientos para promover cambios y mejoras colectivas. Y, por mi experiencia, puedo decir que es una forma estupenda para caer en la cuenta de las dinámicas sociales que envuelven a los integrantes de estos equipos laborales.

Somos una cultura impaciente. Nos desenvolvemos en la celeridad como autómatas, pero no con naturalidad. Si fuera natural, no sufriríamos las consecuencias del estrés. Queremos lo mejor y lo queremos ya. El “poco a poco” nos desespera. Y la presión por la cuenta de resultados, además, nos tensa, vayamos por libre o formemos parte de un equipo de trabajo. Situamos la mirada en una meta o en un objetivo trazado, pero perdemos de vista lo que toca en este momento, cada acción, cada paso que vamos dando. Y como queremos abarcar tanto, es fácil que surjan inseguridades, miedos o resistencias que nos la jueguen y entorpezcan la marcha normal del proyecto que tengamos entre manos.

En la cultura japonesa hay una expresión verbal que recoge el sentido de lo que estoy contando: “kaizen”. Se traduce como “progreso continuo”, o “mejora continua”. Hace referencia a una estrategia para alcanzar la mejor calidad posible en la empresa, tratando de que cada día se experimente una pequeña mejora. Digamos que una suma de mejoras alcanzables conduce a la calidad. Es ese “partido a partido” del que hablamos, y que yo entiendo mejor, así expresado.

Estar embarcados en un proyecto personal, o empresarial, o de equipo requiere, entre otras cosas, tesón y calma. Diseñar un plan de “mejora continua”. ¿Cuál es el más pequeño paso que puedo dar para acercarme a mi objetivo? Ese es el que hoy puedo dar. Y mañana, el siguiente paso. Y luego, se verá. Concentrar la atención en la labor que sé que puedo realizar, que no me resulta un imposible, que no me desborda. Y solo mirar la meta como fuente de aliento para seguir entusiasmados, para no desorientarnos, para permanecer inspirados.

Ir “partido a partido” es una fórmula extraordinaria para sosegarse. Para no dejarse envolver por los agobios (que venir, ya vendrán solos). Para centrar la atención de forma plena en lo que toca, y en nada más. Para ir consiguiendo pequeños logros. Para no distraerse con lo innecesario. Incluso, para darnos alguna oportunidad de disfrutar con nuestro trabajo.